La brisa nocturna acariciaba la azotea. La ciudad abajo seguía brillando, indiferente al pequeño caos que ocurría en el piso más alto. Maroon yacía boca arriba en el césped artificial, los ojos cerrados, una sonrisa tonta en los labios. Armin, apenas unos metros más allá, intentaba calcular seriamente si tenía la fuerza suficiente para ponerse de pie. —Mierda... creo que perdí sensibilidad en todo el cuerpo —murmuró, su voz rasposa de tanto reírse. Maroon se rió apenas, un sonido suave, adormilado. —Tú eres el grande y musculoso. Cárgame —balbuceó en broma, sin abrir los ojos. Armin giró la cabeza hacia ella. La vio ahí, empapada, despeinada, con el maquillaje corrido y la felicidad pintada en cada línea de su rostro. Tan imperfecta, tan viva. Suspiró hondo. —Puta madre... —gruñ

