La mañana siguió avanzando lenta, pesada, con el aroma a café flotando entre ellos y la luz suave acariciando las paredes del penthouse. Ninguno dijo mucho después de la segunda taza. Solo compartieron miradas cortas, gestos pequeños... y ese silencio incómodo que se forma cuando sabes que algo cambió, pero no tienes el valor de nombrarlo. Maroon, envuelta en la manta como si fuera su última armadura, dejó la taza vacía en la barra de la cocina. Armin la observó, apoyado contra la encimera, su propio café frío en la mano. Ella se acercó a la puerta. —Bueno... —dijo en voz baja, su energía usual amortiguada, como si todavía le doliera la cabeza o... algo más. Armin apretó los labios, queriendo decir algo, cualquier cosa. Pero no salió nada. No intercambiaron teléfonos. No hicieron

