Montreal, Canadá – Circuit Gilles Villeneuve, día de clasificación. Armin estaba concentrado. La pista húmeda. El cielo amenazando tormenta. Técnicos corriendo, radios explotando de datos y él… clavado en su casco, en su rutina. Pero por dentro… vacío. La noche anterior, Maroon no respondió a sus mensajes. Nada. Ni un emoji. Ni un audio. Silencio total. Él pensó que quizá seguía enferma, o cansada. Tal vez se hartó. Pero no tenía tiempo para pensar. —Vamos, Stein —dijo su ingeniero—. Te necesito con la cabeza aquí. Armin asintió. Entró al paddock. Cruzó por el pasillo de boxes sin mirar a nadie, directo a su monoplaza. Pero entonces… escuchó una vocecita familiar. —*“¡PAAAAAAPÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ El paddock zumbaba de actividad. Los mecá

