Las vueltas se sucedían como latidos desbocados.
El circuito hervía bajo el sol abrasador, y los neumáticos de Armin empezaban a sufrir.
La radio chisporroteó en su oído:
—Box this lap, box this lap —ordenó su ingeniero de pista.
Armin apretó los dientes.
—Scheiße... ("Mierda...") —murmuró, sabiendo que cada segundo perdido en boxes podría costarle la victoria.
Se acercó a la entrada del pit lane, frenando justo al límite permitido. El monoplaza vibraba al reducir la velocidad.
Las líneas rojas del suelo pasaban como latigazos bajo sus ruedas.
¡Parada perfecta o la carrera se va al carajo!
Entró en su box.
Los mecánicos se lanzaron sobre su coche como una coreografía ensayada:
ruedas fuera, ruedas nuevas, combustible exacto.
Armin apenas respiraba.
En 2.3 segundos, volvió a la pista como un demonio liberado.
—Gute Arbeit, verdammt! ("¡Buen trabajo, maldición!") —gruñó satisfecho al equipo, pisando el acelerador a fondo.
Salió justo detrás del segundo lugar.
Quedaban cinco vueltas.
Cinco vueltas para cazarlo.
Cada curva era una guerra.
Cada metro, un campo de batalla.
Armin rugía dentro del casco, devorando la distancia que lo separaba del líder.
Los neumáticos nuevos respondían con fiereza, el monoplaza vibraba como una extensión de su propio cuerpo.
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó.
Última vuelta.
La bandera blanca ondeaba en lo alto.
La distancia era mínima ahora. Solo quedaba un movimiento. Una oportunidad.
La recta principal se acercaba.
Armin aprovechó el rebufo del líder, pegándose como una sombra asesina.
Aceleró hasta el límite. El motor gritó de dolor, la pista se volvió un borrón alrededor suyo.
A un suspiro de la línea de meta, Armin giró el volante, se lanzó por el exterior, rozando el césped con las ruedas...
—JETZT ODER NIE! ("¡AHORA O NUNCA!") —gritó con toda su alma.
Con un rugido de motor, lo rebasó.
El monoplaza tembló, el mundo se estrechó, y la línea de meta apareció frente a él como una explosión de luz blanca.
¡Cruzó primero!
El pit wall explotó en vítores. Su equipo brincaba, ondeando banderas, gritando su nombre.
Armin soltó un grito dentro del casco, golpeando el volante con el puño cerrado.
—ICH BIN DER KÖNIG! ("¡SOY EL REY!") —rugió.
Levantó el puño en alto mientras desaceleraba en la vuelta de honor, sintiendo cómo el mundo entero rugía con él.
La victoria sabía a metal caliente, a neumático quemado, a gloria pura.
Armin era invencible.
Los himnos resonaban en el podio, mientras las cámaras explotaban en destellos cegadores.
Armin, en el escalón más alto, sostenía su trofeo dorado con una sonrisa ladeada, arrogante, como si ganar fuera lo más natural del mundo.
El sol de Australia brillaba sobre su casco levantado en triunfo.
El público rugía su nombre, pero él apenas lo registraba. Para Armin, la verdadera batalla ya había sido ganada en la pista.
El resto era sólo protocolo.
Al terminar la ceremonia, le pusieron en las manos la clásica botella de champán.
—Vamos, nena —murmuró con una sonrisa salvaje.
Sacudió la botella y descorchó de un golpe, bañando a los otros dos pilotos en el podio con una lluvia fría y pegajosa.
Los otros se rieron.
Armin apenas curvó los labios en una mueca divertida antes de bajar del podio de un salto ágil.
En cuanto pisó tierra firme, una manada de periodistas se lanzó sobre él, micrófonos y cámaras en alto.
—¡Armin! ¿Cómo te sientes tras esta victoria?!
—¡Armin, unas palabras para la prensa internacional!
—¡¿Armin, a quién le dedicas este triunfo?!
Armin soltó un bufido de fastidio.
—Scheiße... ("Mierda...") —masculló entre dientes, sin detenerse.
Hundió las manos en los bolsillos de su traje y esquivó a los reporteros como quien esquiva cucarachas, caminando rápido hacia los boxes.
Uno de los periodistas más insistentes intentó seguirlo.
—¡Armin, solo una pregunta más!
Armin se giró apenas, con una sonrisa fría.
—Sí. Mi única respuesta es: Ich fahre. Ich siege. Ich rede nicht. ("Yo corro. Yo gano. No hablo.") —y sin más, siguió caminando.
Dejó atrás el bullicio y el acoso de las cámaras, cruzando el paddock como un fantasma decidido.
Cuando llegó a su box, su equipo lo recibió como un héroe.
Banderas ondeaban, palmadas en la espalda, abrazos sinceros, botellas de champán reventando en el aire.
—¡ARMIN! ¡ERES UNA BESTIA, JODER! —gritaba su jefe de mecánicos.
Armin sonrió de verdad por primera vez en todo el día.
Se quitó el casco, lo alzó en el aire, y entre el rugido de su equipo, pensó:
"Aquí es donde pertenezco. Aquí, entre máquinas, aceite, y locos como yo."
Brindó con ellos, dejando que por fin, sólo por un rato, la dureza de su máscara se deshiciera en carcajadas roncas, botellas chocando, y olor a victoria.
Hoy Armin no era sólo un piloto. Era un puto rey.
Las puertas del hotel se cerraron tras él con un suave clic.
El murmullo del circuito, los flashes, los gritos... todo quedó atrás.
El silencio del pasillo alfombrado era casi sagrado.
Armin caminó sin prisa, con el casco en una mano y la chaqueta colgando del hombro. El trofeo ya lo había enviado al cuarto; no le gustaba cargar con cosas que no fueran útiles.
Abrió la puerta de su suite.
Oscura, silenciosa, lujosa.
Cerró con seguro, dejó caer el casco sobre la mesa y se desabrochó el traje de carreras con un suspiro áspero.
—Puta madre... qué día —murmuró, frotándose el cuello adolorido.
Caminó hacia el baño.
Se desnudó en silencio y entró a la regadera. El agua caliente cayó sobre él como un bálsamo. Cerró los ojos, dejando que el vapor le nublara la mente.
Durante unos minutos no era el campeón, ni el piloto estrella, ni el alemán que gritaba en la pista.
Era solo un hombre.
Cansado.
Lleno de gasolina, presión y soledad.
Apoyó una mano en la pared de mármol y suspiró.
—Odio las putas fiestas... —murmuró, abriendo los ojos.
Salió de la ducha y se envolvió en una toalla. Frente al espejo, se observó: cabello n***o goteando, barba apenas marcada, ojeras de no dormir.
Y aún así, se veía como un maldito dios nórdico.
—Uf... qué desgracia de genética —dijo sarcástico, revolviéndose el cabello.
Se vistió con algo informal pero elegante: camisa negra entallada, pantalones oscuros, botas limpias. Nada de trajes. No era un político, era un piloto.
Mientras se echaba colonia, revisó el celular.
30 llamadas perdidas. 15 mensajes de su novia. 50 del equipo.
Lo ignoró todo, excepto uno:
"Te esperamos en el SkyBar del hotel a las 9. No llegues tarde, cabrón. Es TU fiesta. —Equipe Red Bull"
Armin bufó.
—Sí, sí... maldita sea. Ni que me gustara celebrar.
Se metió un chicle de menta a la boca, se puso una chaqueta ligera, y salió de la habitación.
Antes de cerrar la puerta, se giró para echar un último vistazo a la suite.
Vacía. Silenciosa.
Su tipo de lugar.
—Nos vemos luego... si sobrevivo a los borrachos —masculló.
Y cerró la puerta.
El SkyBar del hotel estaba a reventar.
Luces cálidas, música electrónica de fondo, copas brillando en manos de empresarios, influencers, modelos, patrocinadores.
Todos fingían sonrisas. Todos querían una parte de su fama.
Armin odiaba cada segundo.
Entró sin decir palabra, ignorando los aplausos fingidos de los que lo vieron llegar.
Ni saludó al anfitrión. Solo caminó directo hacia la barra, con paso firme y mirada fría.
Se sentó en un banco de cuero y levantó dos dedos al barman.
—Whisky doble. Sin hielo —gruñó.
El barman asintió rápido. Nadie se atrevía a cuestionar a Armin Stein.
Mientras servían su bebida, Armin se quitó la chaqueta, la colgó del respaldo y dejó que el bajo de la música le golpeara el pecho.
A su alrededor, la gente hablaba de él como si no estuviera ahí. Como si fuera una estatua viva.
—¿Ese es Armin? Dicen que nunca da entrevistas...
—Es un maldito genio, pero un arrogante de mierda.
—Yo lo vi manejar en Mónaco... es una bestia.
—¡Deberíamos tomarnos una selfie con él!
Armin giró la cabeza lentamente, dejando claro con una sola mirada que no estaba de humor para nada.
—Putos lameculos —susurró, tomando su whisky del cristal grueso—.
Todo el mundo quiere una foto, nadie quiere saber quién soy realmente.
Bebió un trago largo, sintiendo el ardor cálido bajarle por la garganta. Cerró los ojos por un segundo.
En su mente, todavía escuchaba el motor de su monoplaza.
El único sonido que de verdad amaba.
Uno de los organizadores se acercó con una sonrisa falsa y una copa en la mano.
—¡Armin, amigo! ¡Felicidades por la victoria! ¿Una palabra para el livestream del evento?
Armin lo miró sin moverse, solo arqueó una ceja.
—Sí. Lárgate.
El tipo rió, incómodo, creyendo que era una broma... hasta que Armin volvió la mirada al frente, ignorándolo por completo.
La fiesta seguía. Risas falsas, aplausos fingidos.
Pero para Armin, todo eso era ruido.
Solo su vaso de whisky, la barra, y el silencio dentro de su cabeza le daban paz.
—Esto es para sobrevivir, no para celebrar —murmuró para sí, bebiendo otro trago.