El vaso ya estaba vacío. Solo quedaban los restos dorados del whisky en el fondo del cristal y un eco amargo en la garganta.
Armin lo giró en la mano una última vez antes de dejarlo sobre la barra, con un leve clac.
Observó la fiesta desde su esquina oscura:
Modelos bailando como si la pista fuera una pasarela. Patrocinadores hablando de cifras que no les importaban.
Compañeros de escudería borrachos que fingían que todo era amistad.
Un idiota en traje intentaba subir al escenario con un micrófono.
—A este paso va a cantar —murmuró Armin con desdén, levantándose.
Ajustó la chaqueta sobre sus hombros, tomó el celular y caminó hacia la salida como un espectro entre el humo y las luces.
—¡Armin! ¡Armin, ven a brindar con nosotros! —le gritó uno de sus mecánicos desde una mesa.
Armin levantó el pulgar sin mirar atrás. Un gesto vacío, automático.
Ya en el pasillo del bar, donde la música era solo un rumor apagado, exhaló profundamente y se pasó una mano por el rostro.
—Demasiado para una noche —murmuró.
Llamó al elevador.
Miró su reflejo en las puertas metálicas: el campeón del mundo, solo, serio, cansado.
Y libre.
Subió a su piso en silencio.
Al llegar a su suite, deslizó la tarjeta, empujó la puerta... y volvió a la única compañía que no le pedía fotos ni palabras: el silencio.
Dejó la chaqueta sobre el sillón, encendió una luz tenue y caminó hasta el ventanal.
Desde ahí, la ciudad australiana se extendía como un mar de luces bajo sus pies.
—¿Victoria? Sí. ¿Felicidad? Nah...
Esto es solo un circuito más.
Y con eso, Armin se dejó caer en la cama sin quitarse los zapatos.
Apagó el celular.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en el día, pudo respirar.
El despertador vibró como una maldita alarma de guerra en la mesita de noche.
Armin gruñó, enterrando la cara en la almohada.
Su cuerpo protestaba en cada músculo: el cansancio de la carrera, el whisky de la noche anterior, la tensión de ser el campeón.
Alzó una mano a ciegas y apagó el despertador de un manotazo.
—Otra puta rueda de prensa... maravilloso —murmuró con sarcasmo, la voz ronca de sueño.
Se levantó de la cama arrastrando los pies.
Fue directo a la regadera, dejando caer la ropa en el camino como si cada prenda pesara una tonelada.
El agua fría le pegó como una cachetada, obligándolo a volver en sí.
—Vamos, Stein... sobrevive esta mierda y después puedes desaparecer otra vez —se dijo mientras se pasaba las manos por el rostro.
Salió de la ducha, se vistió con ropa formal: pantalón oscuro, camisa blanca, chaqueta entallada.
Nada exagerado. Nada para agradar. Solo lo suficiente para no darle excusas a los patrocinadores para chillar.
Se miró en el espejo mientras abrochaba el último botón de la camisa.
Ojos azules apagados, cabello n***o revuelto, mandíbula tensa.
—Pareces un maldito prisionero —se dijo, sonriendo de lado.
Tomó sus gafas de sol —su armadura contra las cámaras—, su teléfono, y la credencial de acceso.
Antes de salir, se detuvo un segundo en la puerta de la suite.
Inspiró hondo.
—Sonríe, campeón... o al menos finge que no quieres matarlos a todos —murmuró para sí mismo.
Y con paso firme y rostro de piedra, Armin Stein bajó al infierno de la rueda de prensa.
La sala de conferencias estaba atiborrada de cámaras, focos y periodistas ansiosos como hienas oliendo sangre.
Armin entró con las manos en los bolsillos, las gafas oscuras ocultándole la mirada, la chaqueta abierta, caminando con una calma irritante.
Se sentó en su lugar asignado, junto al segundo y tercer lugar del podio, que sonreían como buenos chicos de portada.
Él, en cambio, se encorvó ligeramente en su silla, cruzó los brazos y soltó un largo suspiro audible.
El moderador carraspeó nerviosamente.
—Bienvenidos a la rueda de prensa post-carrera. Felicitaciones a nuestros tres pilotos en el podio. Vamos a iniciar las preguntas para el ganador, Armin Stein de Red Bull Racing.
Los micrófonos se alzaron como lanzas.
Una periodista de deportes tomó la palabra primero:
—Armin, ¿qué sentiste al cruzar la meta sabiendo que habías ganado este Gran Premio?
Armin ladeó la cabeza, como si le costara mucho esfuerzo pensar en una respuesta.
—Velocidad —dijo simplemente.
La periodista parpadeó, esperando algo más.
Armin solo la miró como si fuera obvia la respuesta.
Otro reportero se adelantó:
—Armin, algunos dicen que tu estilo agresivo es imprudente y pone en riesgo a otros pilotos. ¿Qué opinas de esas críticas?
Armin esbozó una sonrisa torcida.
—Que manejen más rápido —contestó, encogiéndose de hombros.
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala.
Otro periodista, uno de los más sensacionalistas, se lanzó directo a provocar:
—Armin, ¿no crees que tu arrogancia y falta de respeto afectan la imagen de la Fórmula 1?
Armin quitó lentamente las gafas, dejando que sus ojos azul pálido —fríos como el hielo— perforaran al idiota.
—¿Mi imagen? —repitió despacio, como si la palabra le diera risa—. Mi imagen es esta: yo corro, yo gano, ustedes hablan mierda. Cada quien a lo suyo.
La sala estalló en murmullos.
El moderador intentó calmar el ambiente.
—Eh... sigamos, por favor...
Un último periodista, más serio, preguntó:
—¿Cuál fue la parte más difícil de la carrera, Armin?
Armin se encogió de hombros otra vez.
—No dormirme al volante de lo aburridos que eran los de adelante —respondió seco.
Algunos rieron nerviosamente.
El moderador, sudando frío, cerró la conferencia apresuradamente.
—Gracias, pilotos. Eso es todo por hoy.
Armin se levantó sin esperar indicaciones, se colocó las gafas otra vez, se ajustó la chaqueta y caminó hacia la salida con la misma calma insolente con la que había llegado.
Cuando cruzó la puerta y dejó atrás el bullicio, soltó un gruñido satisfecho.
—Otra maldita rueda de prensa sobrevivida —se dijo—. Ahora a hacer algo más importante. Como... no sé, respirar.
Y desapareció en los pasillos del circuito, dejando a todos preguntándose cómo demonios alguien podía ser tan arrogante... y al mismo tiempo, tan malditamente brillante.