El primer rayo de sol apenas comenzaba a colarse por la ventana del hospital cuando Armin abrió los ojos al escuchar una voz demasiado animada para la hora que era. —¡Arriba, campeón! Hoy empieza el infierno, y adivina quién es tu demonio personal —canturreó Maroon mientras se acercaba con una taza de café humeante—. Spoiler: soy yo. Armin gruñó y se tapó con la manta hasta la cabeza. —Lárgate —murmuró con voz ronca—. Estoy muerto. —Pues resucita, que ya mandé imprimir tu camiseta: “Bebé quejumbroso en rehabilitación”. —Maroon le tiró la manta—. Y no me obligues a ponértela. Armin se incorporó a regañadientes, despeinado, malhumorado y con cara de pocos amigos. Maroon lo observó, cruzada de brazos. —Vaya, hasta sin recuerdos sigues luciendo como un cabrón arrogante. Qué tranquilizado

