Armin caminó despacio hacia donde Maroon ajustaba su bicicleta, los focos del set comenzaban a apagarse, indicando una pausa.
Se detuvo a un par de pasos, los brazos cruzados, el ceño levemente fruncido, como si lo hubieran obligado a estar ahí.
Maroon, sin levantar la mirada, sonrió como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.
—Vaya, ¿a qué debo el honor de tu presencia, señor Armin Stein? —dijo con una voz ligera y burlona.
Armin bufó, fingiendo indiferencia.
—¿No deberías estar preparándote para no partirte la cara en la siguiente toma?
Maroon soltó una pequeña risa y se puso de pie, girando la bicicleta con una mano.
—¿Y tú no deberías estar consolando a tu linda novia antes de que haga un drama en i********:?
La frase cayó como un golpe seco.
Armin arqueó una ceja, su expresión endureciéndose por un momento... pero no dijo nada.
Solo la miró, esa mirada de hielo azul que normalmente congelaba a cualquiera.
Pero Maroon ni se inmutó.
Sonrió aún más, como desafiándolo.
—Tranquilo, campeón —dijo encogiéndose de hombros—. No juzgo. Cada quien lleva sus trofeos como quiere.
Armin entrecerró los ojos.
—¿Te crees muy graciosa, no?
—No. Solo soy mejor cayendo de pie —respondió, lanzándole una sonrisa descarada.
Se subió a la bici de nuevo, pedaleó despacio, dejando a Armin ahí, solo, con las palabras atoradas en la garganta.
Mientras la veía alejarse, no pudo evitar pensar:
"Esta chica no es como las demás."
Y por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de él —muy en el fondo— se estremeció.
El set comenzaba a desmontarse poco a poco.
Algunos atletas revisaban sus tomas en tablets, otros ya se marchaban entre carcajadas.
Armin se había refugiado en una de las mesas alejadas, sentado con una botella de agua en una mano y el ceño permanentemente fruncido.
La paz le duró exactamente treinta segundos.
Maroon apareció caminando hacia él, la bici rodando a su lado como una extensión de su cuerpo.
—¿Te molesta si me siento? —preguntó sin esperar respuesta.
Armin alzó una ceja, pero no dijo que no.
Maroon se dejó caer en la silla frente a él, dejando la bicicleta apoyada contra la mesa.
Sacó una barrita energética del bolsillo de su pantalón y la abrió con los dientes.
—No sé cómo aguantas tantos flashes y cámaras —dijo mientras masticaba—. A mí ya me tienen harta.
Armin soltó una risa seca.
—No los aguanto. Solo finjo no querer prenderles fuego.
Maroon se rió de verdad, echándose hacia atrás en la silla.
—¿Así que el gran Armin Stein también odia ser el centro de atención? Estoy empezando a pensar que eres humano.
Armin giró la botella de agua entre las manos.
—Soy humano. Solo soy alérgico a la estupidez.
—¿Incluyendo a tus fans?
Armin pensó por un momento.
—No. Ellos al menos tienen una excusa: no me conocen.
Maroon lo miró de manera diferente entonces. Más allá del sarcasmo, como si realmente lo viera.
—¿Siempre estás así? ¿A la defensiva?
Armin entrecerró los ojos, analizando si la pregunta era una provocación o algo genuino.
—¿Y tú siempre eres así? ¿Molestando a la gente hasta que baja la guardia?
Maroon sonrió de medio lado, juguetona.
—Solo a los que valen la pena.
El silencio se instaló entre ellos, cómodo, sin necesidad de rellenarlo.
Por primera vez en mucho tiempo, Armin no sintió la urgencia de irse.
No sintió que debía huir.
Se apoyó contra el respaldo de la silla, dejando que sus hombros se relajaran apenas un poco.
Maroon terminó su barrita y se levantó de un salto, montándose de nuevo en su bici.
—Nos vemos en la próxima toma, campeón existencial —dijo, lanzándole una sonrisa fresca y auténtica antes de rodar de regreso a las rampas.
Armin la siguió con la mirada, la sombra de una sonrisa cruzando fugazmente su rostro.
Por primera vez en mucho tiempo, el mundo no le pesaba tanto.
Las cámaras estaban listas.
Drones sobrevolaban el circuito improvisado mientras los directores ajustaban los últimos detalles.
El monoplaza de Red Bull, impecablemente brillante bajo la luz, rugía esperando la orden.
Armin se ajustó el casco, sintiendo el conocido cosquilleo en las yemas de los dedos.
Esta no era una carrera real, pero su cuerpo reaccionaba como si lo fuera: corazón acelerado, músculos tensos, mente en blanco, puro instinto.
—¡En tres, dos, uno... acción! —gritó el director por el intercomunicador.
El motor rugió con un bramido grave y salvaje.
Armin pisó el acelerador, el auto saltó hacia adelante como un animal liberado.
La cámara externa captó la imagen:
el monoplaza avanzando a toda velocidad, el cuerpo de Armin apenas visible entre el casco y los destellos de luz.
El dron bajó en picada, acercándose al auto, recorriendo el costado como si volara pegado al chasis.
La imagen se estrechaba, vibraba con la velocidad, transmitiendo la brutalidad de la máquina.
Curva cerrada en tres segundos.
Armin no pensaba. Solo reaccionaba.
Giró el volante con un movimiento preciso y agresivo.
El auto se inclinó violentamente, los neumáticos chillaron contra el asfalto, y la cámara —pegada a la carrocería— captó la entrada brusca en la curva.
La perspectiva cambió.
Ahora la toma era desde dentro, como si el espectador fuera Armin:
el zumbido del motor vibrando en el pecho, el volante firme bajo las manos enguantadas, el mundo exterior desdibujado en un borrón de colores.
Se veía el movimiento brusco del volante, la fuerza brutal empujando el cuerpo hacia un lado, el sonido crudo de la máquina exigiendo más de sí misma.
Adrenalina pura.
Armin apretó el acelerador en la salida de la curva, sintiendo el auto querer perder la cola, corrigiendo al milímetro, domándolo como si fuera una extensión de su voluntad.
La imagen mostró la recta siguiente como un túnel de velocidad absoluta.
—¡Corte! ¡Perfecto, increíble! —gritaron por el intercomunicador.
Armin soltó el volante con un pequeño resoplido.
No había fingido. No podía fingir lo que sentía cada vez que estaba en un monoplaza.
Ahí era real.
Afuera, los técnicos aplaudían y revisaban las tomas en las pantallas.
Maroon, apoyada sobre su bicicleta, observaba la pista, con una pequeña sonrisa de respeto verdadero.
Porque solo alguien como ella —que vivía para la adrenalina— podía entender esa mirada en los ojos de Armin:
la de alguien que sólo se sentía vivo a 300 km por hora.
Armin apagó el motor y se quitó el casco, dejando que el aire frío le golpeara la cara sudada.
El monoplaza todavía vibraba bajo él, como si compartiera la adrenalina que le corría por las venas.
Se bajó del auto con movimientos mecánicos, como si lo hubiera hecho mil veces... porque lo había hecho mil veces.
Pero aún así, su respiración era profunda, pesada.
La curva cerrada, la aceleración... todo seguía latiendo en sus músculos.
Fue entonces que la vio acercarse.
Maroon, caminando con su bici de un lado, la sonrisa amplia, los ojos verdes brillando de emoción verdadera.
—¡Wow, eso estuvo chingón! —dijo soltando una risa auténtica—. De verdad eres bueno, cabrón.
Armin alzó una ceja, sorprendido por el comentario directo y el tono tan informal.
Casi todos los que se acercaban a él hablaban con un respeto incómodo, o con adulaciones vacías.
Pero ella no.
Ella simplemente lo decía como era.
—¿Así hablas siempre o solo cuando te emocionas? —preguntó Armin, sacándose los guantes y guardándolos en el bolsillo de su traje.
Maroon se encogió de hombros, divertida.
—Así hablo siempre. ¿Molesta tu pureza alemana?
Armin dejó escapar una pequeña carcajada nasal.
Algo raro, algo real.
—Nada me molesta si es sincero —admitió, medio en broma, medio en serio.
Maroon apoyó su bici y se sentó en el borde de un muro de contención cercano, mirándolo con esa mezcla de admiración y desafío que ya parecía natural en ella.
—Pues fue brutal —dijo—. No solo sabes correr. Sabes volar en las curvas. Eso no se enseña.
Armin se encogió de hombros con falsa modestia.
—O naces con eso... o te estrellas intentando.
Maroon rió otra vez, genuina, mientras giraba una llanta de su bici distraídamente.
—Vas a tener que enseñarme un par de trucos, piloto. Yo vuelo en bici... pero a esa velocidad, seguro me parto la madre.
Armin la miró un segundo más de la cuenta.
Y no fue su físico. No fue la sonrisa.
Fue esa chispa viva, desafiante y auténtica que rara vez encontraba en alguien.
—Tal vez. —dijo finalmente—. Si no te matas antes en una rampa.
Maroon levantó la lata de Red Bull en un brindis improvisado.
—Desafío aceptado.