El circuito de entrenamiento de Red Bull rugía bajo el sol de media mañana. El olor a caucho quemado y gasolina se mezclaba con el aire seco. Los motores vibraban en la pista, listos para rugir. Armin llegó puntual. Vestido con su traje de piloto, el casco en la mano, la mandíbula apretada. Pero no era el mismo de siempre. No el tipo frío, calculador, con la mirada cortando el asfalto desde antes de subirse al coche. Este Armin tenía los ojos más suaves, la expresión más distraída. Y lo peor: una sonrisa que le aparecía en la cara cuando no se daba cuenta. El entrenador lo vio venir y levantó una ceja. —Stein —gruñó desde la línea de boxes—. Llegaste a tiempo… milagro. —No me acostumbres —respondió Armin, pasándose una mano por el cabello desordenado. —¿Estás bien? —Estoy cans

