Armin se quedó sentado en la cama de la suite, mirando el reloj una vez más. La habitación era elegante, sobria, con luz cálida y un silencio que se sentía demasiado fuerte. Una botella de vino sin abrir esperaba en la mesa. La ciudad allá abajo brillaba como un mar de luces. Tocaron la puerta. Armin se levantó de golpe, el corazón latiendo con una fuerza que ni en la pista sentía. Abrió. Y ahí estaba. Maroon. De pie, con su chaqueta de cuero, el casco bajo el brazo y el cabello recogido en una coleta desordenada. Armin la miró como si no pudiera creerlo. Y sin pensar, la jaló hacia adentro y la besó. Fuerte. Apasionado. Desesperado. Como quien quiere reparar lo roto con la boca. Pero Maroon lo detuvo. Con las dos manos en su pecho. Firme. Dolida. Con los ojos abiertos.

