El amanecer se colaba por las cortinas translúcidas, tiñendo la habitación de tonos dorados y ámbar. El mar susurraba suave desde la orilla, y la brisa cálida movía apenas las sábanas que cubrían los cuerpos entrelazados en la cama. Armin dormía boca arriba, una mano sobre el muslo desnudo de Maroon, la otra entrelazada con la suya. Su respiración era tranquila, su pecho subía y bajaba al ritmo del oleaje. Maroon estaba acurrucada contra él, una pierna sobre sus caderas, el rostro hundido en su cuello, como si el mundo fuera demasiado frío lejos de su piel. Ninguno de los dos hablaba. No había necesidad. En ese momento, el tiempo no existía. Solo el calor compartido. El cansancio dulce del deseo. La certeza silenciosa de haber encontrado un lugar seguro en brazos del otro. Un ra

