La carretera quedó atrás. El Audi se detuvo en lo alto de un mirador con vista al mar. Las luces lejanas parpadeaban como testigos cómplices. El aire olía a sal, motor y electricidad. Maroon bajó con la botella en la mano. Líquido dorado. Boca roja. Risa afilada. Armin la siguió. El viento le revolvía el cabello, pero lo único que veía era a ella. Esa mujer de labios carmesí y mirada de tormenta. —¿Qué hacemos aquí? —preguntó él, sabiendo la respuesta. —Quiero ver si los autos saben guardar secretos. Dio un sorbo. Y lo besó. Fuerte. Profundo. Crudo. El alcohol se mezcló en sus bocas. La lengua de Maroon buscó la suya como si la conociera desde siempre. Y lo empujó, sonriendo, hasta abrir la puerta trasera del Audi. —Entra. —¿Me estás dando órdenes? —Estoy dándote una

