Los días pasaban normales, tranquilos, días así le permitían pensar en todo lo vivido, esos días le parecían los peores porque el recuerdo de él no la dejaba en paz, se preguntaba una y otra vez si acaso esto sí pudo ser, pero pronto volvía a la realidad, claro que no, y debía dejar de engañarse, lo que debía hacer era concentrarse en el estudio y la preparación de los remedios.
Estabilizar a su gente le había costado bastante tiempo, a ese punto estaba desesperado por arreglar todo y poder ir a verla, al menos eso le quedaba, ¿eran amigos? Quería creer que sí, ese pensamiento le hacía querer levantarse cada mañana, pero la extrañaba, a ella y a la rutina que había manejado cerca de 5 meses, en ese tiempo había aprendido muchas cosas de él, había sanado, incluso ya no le odiaba, se sentía feliz por ellos, algo que jamás creyó sentir.
- Al fin el último ladrón fue aprehendido –dice Elek como cada mañana, por mi parte, me quedaba en el palacio intentando crear propuestas para los comerciantes, también ideas para mejoras en los edificios del pueblo, hacia falta un doctor, al pensar en eso al instante saltó ella a mi mente, golpeo la mesa, estaba harto, iría ahí, le diría como me sentía y si me rechazaba, estaría bien, pero no seguiría cargando con esto.
- Encárgate de todo, vuelvo en unas horas –digo serio mientras me pongo de pie, salgo de mi despacho y después de la mansión, pienso en aquel lugar y me sorprendo cuando aparezco ahí.
- Sí señor –escucho que dice mientras salgo de mi despacho, después de la mansión, pienso en aquel lugar y me sorprendo cuando aparezco ahí. Me olvido de eso y comienzo a buscarla, no estaba por ningún lado y nadie sabía decirme dónde podía estar. En el camino me los había topado, había saludado de manera cortés y preguntado por ella, pero tampoco sabían nada, así que me alejé de ahí. Una idea pasa por mi cabeza, corro a la pequeña colina y a lo lejos la veo, observaba la puesta de sol, me acerco a ella sigiloso, no quería que huyera.
- Es la mejor vista de todas –la veo dar un respingo, se gira a verme sorprendida.
- Han vuelto –dice volviendo su vista al frente, ¿había podido detectar amargura en su voz ante aquello?
- Lo sé, me los he topado antes –me siento a su lado, ella se queda quieta, cual estatua–, no sabían dónde estabas –mira hacia otro lado, me estaba fastidiando esto.
- Seguro te hizo feliz verla y enojado verlo –dice con fría calma.
- No, ni siquiera me ha importado –ella se gira a verme como si le hubiese contado que maté a alguien–, porque a quién he venido a buscar, es a ti –sus ojos se abren por la sorpresa–, pensé que era agradecimiento pero no es así, me gustas Sky, y si no te gustó de esa manera, lo entenderé, me iré y no volveré a molestarte jamás –digo solemne, ella abre y cierra la boca, seguro no encontraba las palabras para rechazarme–, esta bien, no necesitas decir nada, ya entendí, lo lamento –comienzo a ponerme de pie, ella jala mi manga y niega, la veo llorar.
- Dioses –dice limpiando su rostro–, había estado sufriendo tanto pensando que esto era unilateral, teniendo miedo de lo estar cerca de ti implica –dice de manera atropellada, niega riendo, me hinco y sostengo su rostro suave.
- Eres la mujer más hermosa que he conocido jamás, y estoy seguro que esta es la razón de que no muriera –ella alza la vista, el sol daba de lleno a sus ojos, unos preciosos ojos azules como el cielo sin nubes y en total calma, pero también tenía vestigios de verde, un color lleno de vida, pero también de bravura como el mar.
El sol consiguió un efecto único, unir ambos colores, logrando un efecto dorado, fue en ese momento de calma, en esa claridad color ámbar, que por fin la encontré, al fin, tenía mi redención.