Los días en Lirwen pasaban con una normalidad engañosa mientras Eryndor se preparaba para emprender su viaje. Aunque sus manos seguían trabajando en los campos y sus palabras intercambiaban cortesías con los aldeanos, su mente estaba centrada en la misión que tenía por delante. El peso del libro que Maeron le había entregado y las palabras de Lyara no lo abandonaban, como una sombra constante que lo acechaba incluso en sus sueños.
La noche antes de su partida, Eryndor se despidió del pueblo con una cena en la casa de su madre. Era una mujer de pocas palabras, pero su mirada lo decía todo. Había visto la inquietud en los ojos de su hijo desde hacía tiempo, y aunque no comprendía por completo lo que lo llevaba a partir, sabía que no podía retenerlo.
—Ten cuidado, Eryndor —fue todo lo que dijo, colocando una mano sobre la suya mientras comían en silencio.
Eryndor asintió, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía que la posibilidad de no volver era real, pero no podía permitirse pensar en eso. Su madre lo había criado para ser fuerte, para enfrentar los desafíos que la vida le lanzara, y este era uno que no podía ignorar.
Al amanecer, se despidió de su madre y dejó la cabaña con su mochila al hombro, el libro de Maeron guardado cuidadosamente en su interior. El sol apenas había comenzado a asomarse por el horizonte cuando llegó al bosque de Eldros, donde Lyara lo esperaba al borde del sendero.
—Estás listo —dijo ella, más como una afirmación que una pregunta.
Eryndor asintió. —Tanto como puedo estarlo.
Lyara lo miró con intensidad, como si estuviera evaluando su determinación. Luego, asintió y le entregó un pequeño amuleto, un colgante de plata con una piedra azul en el centro.
—Este amuleto te protegerá de las influencias oscuras del Tejedor —explicó—. No es una garantía, pero te ayudará a mantener tu mente clara cuando más lo necesites.
Eryndor tomó el amuleto y lo colgó alrededor de su cuello, sintiendo una leve calidez emanando de la piedra. Agradeció a Lyara con una inclinación de cabeza, consciente de que no habría podido dar este primer paso sin su guía.
—¿Dónde está el primer fragmento? —preguntó, deseoso de empezar su búsqueda.
Lyara sacó el antiguo pergamino que le había mostrado días antes