El aire era más ligero cuando Eryndor dejó atrás el Lago Sombrío, pero su mente seguía cargada con el peso del fragmento oscuro que había recogido. Cada paso lo acercaba a un destino incierto, y aunque el primer obstáculo había sido superado, sabía que los peligros solo aumentarían. Mientras avanzaba, las palabras del guardián resonaban en su mente, advirtiéndole que los otros fragmentos estarían aún más protegidos y que el camino sería cada vez más peligroso.
El terreno rocoso se transformó lentamente en colinas onduladas, y luego en bosques espesos. Eryndor sabía que debía dirigirse hacia el norte, donde, según el mapa que le había dado Lyara, se encontraba el siguiente fragmento. Pero mientras avanzaba, una inquietud creciente se apoderaba de él. Aunque el guardián había desaparecido, la presencia oscura del fragmento no lo había abandonado. Sentía que algo lo acechaba, como una sombra que se mantenía justo fuera de su vista.
Al caer la noche, Eryndor decidió acampar en un claro del bosque. Encendió una pequeña hoguera y se acomodó junto a ella, observando cómo las llamas danzaban en la oscuridad. A su alrededor, los sonidos del bosque parecían más lejanos de lo normal, como si las criaturas nocturnas estuvieran evitando el lugar donde él se encontraba.
Sacó el fragmento de su bolsa y lo sostuvo frente al fuego. La luz de las llamas se reflejaba en su superficie negra y pulida, pero no lograba penetrar en su oscuridad. Era como si el fragmento absorbiera toda la luz, volviéndola nada. Eryndor sintió un escalofrío recorriendo su columna. Este pequeño trozo de maldad contenía un poder inimaginable, y estaba seguro de que no estaba destinado a permanecer en manos humanas.
Mientras lo examinaba, comenzó a oír un susurro. Al principio pensó que era el viento entre los árboles, pero pronto se dio cuenta de que el sonido venía del fragmento. Era un murmullo bajo y constante, como una voz que trataba de comunicarse desde las profundidades de la oscuridad. Eryndor acercó el fragmento a su oído, tratando de entender lo que decía.
Las palabras eran difíciles de descifrar, pero después de un momento, comenzó a comprenderlas: “Eryndor… Eryndor… devuélveme…”.
El joven guerrero retrocedió de golpe, dejando caer el fragmento al suelo. El susurro cesó de inmediato, y el fragmento quedó inerte una vez más. Su corazón latía con fuerza en su pecho, y el sudor frío perlaba su frente. Sabía que el fragmento estaba vinculado al Tejedor, pero no esperaba que intentara comunicarse con él de esa manera.
“Debo mantenerme firme”, se dijo a sí mismo, tomando el fragmento con cautela y guardándolo nuevamente en su bolsa. No podía permitir que la oscuridad lo corrompiera. Sabía que el Tejedor intentaría cualquier cosa para recuperar sus fragmentos y que solo con fuerza de voluntad podría resistir.
Decidió descansar, aunque no esperaba poder dormir mucho. Apagó el fuego y se envolvió en su capa, recostándose sobre la suave hierba. Cerró los ojos, pero mantuvo sus sentidos alerta. Sabía que, en cualquier momento, podría ser atacado.
No fue hasta bien entrada la noche cuando algo lo despertó. Un ruido sutil, como un crujido de ramas, lo sacó de su ligero sueño. Eryndor abrió los ojos de inmediato, su mano yendo instintivamente al amuleto que Lyara le había dado. El colgante estaba caliente, lo que indicaba que algo oscuro se acercaba.
Se puso de pie en silencio, desenvainando su espada mientras escaneaba el entorno. El bosque estaba sumido en la penumbra, pero había una sensación opresiva en el aire, como si algo estuviera envolviendo el claro. La niebla comenzó a levantarse del suelo, y de ella emergieron formas sombrías que se deslizaban entre los árboles.
Eryndor observó con horror cómo las sombras tomaban forma, materializándose en figuras humanoides de ojos vacíos y cuerpos envueltos en oscuridad. Eran criaturas del Tejedor, espectros que habían sido enviados para recuperar el fragmento.
—¡Muéstrense! —gritó, apuntando su espada hacia ellos—. No me esconderé de ustedes.
Las sombras se detuvieron por un momento, como si evaluaran la fuerza de Eryndor. Luego, avanzaron en silencio, rodeándolo en un círculo. Eryndor giró sobre sus talones, asegurándose de mantener a todas las criaturas a la vista. Sabía que no tenía ninguna posibilidad de escapar; tendría que luchar.
El primer espectro atacó, lanzándose hacia Eryndor con una velocidad sobrehumana. Eryndor apenas tuvo tiempo de levantar su espada y bloquear el golpe. La fuerza del impacto lo sorprendió, casi haciéndolo caer, pero logró mantener el equilibrio y devolver el golpe, cortando la sombra en dos. Sin embargo, en lugar de desaparecer, la sombra se deshizo en una nube de humo que rápidamente se reformó, lista para a****r de nuevo.
—No puedo vencerlos de esta manera —murmuró Eryndor, retrocediendo lentamente.
Las sombras lo atacaron en rápida sucesión, cada una más feroz que la anterior. Eryndor luchó con todo lo que tenía, sus movimientos precisos y calculados, pero por cada espectro que derribaba, otros dos surgían de la niebla. Estaba claro que las criaturas no eran mortales; eran manifestaciones de la oscuridad del Tejedor, alimentadas por el poder del fragmento que llevaba consigo.
Justo cuando Eryndor comenzaba a sentir que no podría resistir mucho más, el amuleto alrededor de su cuello comenzó a brillar con una luz intensa. La luz se expandió en todas direcciones, envolviendo el claro y tocando a las sombras. Las criaturas comenzaron a retroceder, emitiendo chillidos agudos al contacto con la luz.
Aprovechando la oportunidad, Eryndor concentró toda su energía en el amuleto, canalizando su voluntad a través de él. La luz se intensificó, brillando con la fuerza del sol naciente. Las sombras se disolvieron, incapaces de soportar la pureza de la luz, y el claro quedó en silencio una vez más.
Eryndor se quedó inmóvil, respirando con dificultad mientras la luz del amuleto se desvanecía gradualmente. El poder del colgante le había salvado la vida, pero también lo había dejado exhausto. Sabía que tendría que estar más preparado la próxima vez, porque estaba seguro de que el Tejedor no se rendiría tan fácilmente.
Guardó su espada y se dejó caer sobre la hierba, mirando hacia el cielo nocturno. Las estrellas brillaban arriba, indiferentes a la lucha que acababa de tener lugar. Eryndor cerró los ojos, permitiéndose un breve momento de descanso.
Sabía que el camino hacia el próximo fragmento sería aún más difícil, pero también sabía que no podía detenerse ahora. El destino del mundo dependía de que lograra destruir el poder del Tejedor antes de que fuera demasiado tarde.
Al amanecer, Eryndor se levantó, su determinación renovada. Con el fragmento del Lago Sombrío en su posesión y el amuleto de Lyara protegiéndolo, continuó su viaje hacia el norte, hacia el próximo desafío que lo esperaba.