Jagger contempló desde el árbol cómo Juliet sonreía mientras dormía profundamente.
Su mirada era severa desde que había salido de la librería y así se mantuvo hasta el momento en que la volvió a ver. Algo extraño sucedía con esa chica, pero no podía identificar qué era.
Cerró los ojos para pensar con más detenimiento, pero la sensación de compañía lo atrapó sin aviso.
—¿Ya es hora? —preguntó Jagger sin voltear.
Una figura salió de las sombras que producían los edificios cercanos y mostró una expresión facial que aún denotaba su sorpresa al ser descubierta.
—Así es, Caído —contestó—. El Consejo quiere hablar contigo.
Jagger volteó y fulminó con la mirada al visitante.
Era un eifro, una criatura de las profundidades de la tierra. Solo dos tipos de eifros venían a la Superficie: los que trabajaban para el Consejo y los criminales que secuestraban humanos para venderlos como esclavos en el Submundo.
El que se encontraba frente a Jagger tenía la piel pálida y lisa, unos cabellos negros, un rostro joven y un cuerpo delgado y de complexión débil. Al igual que el resto de los eifros, era muy parecido a un ser humano, a excepción de sus ojos rojos que brillaban en la oscuridad.
—Entonces, mejor no los hagamos esperar —contestó Jagger recuperando su mirada severa.
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La luna menguante se alzaba apaciblemente sobre las nubes pálidas del cielo y se asemejaba a una hoz cortando la amplitud celestial. Las afueras de la ciudad de Newston se encontraban sumergidas en un silencio intermitente a causa del alboroto provocado por la actividad nocturna de las calles. Los árboles del bosque, situados apenas a unos doscientos metros de la ciudad, producían ruidos tenebrosos al permitir la danza de sus hojas con el movimiento casual del viento.
Jagger seguía al eifro caminando con sus manos en los bolsillos. Pudo observar que la criatura se encontraba un poco intimidada con su presencia, lo cual le agradó, aunque no mostró ningún tipo de emoción en su rostro.
Caminaron durante unos diez minutos hasta que el eifro se detuvo entre dos inmensos y gastados árboles, se agachó y empezó a tantear el terreno hasta que sus manos encontraron un asa de acero oculta entre el pasto y la tierra del suelo. La jaló y una trampilla se levantó dejando al descubierto unas escaleras de piedra que se extendían hacia un largo corredor apenas iluminado por el fuego de las antorchas alineadas en las paredes. El eifro lo invitó a pasar con un gesto de su mano y Jagger empezó a caminar.
A medida que avanzaban, la oscuridad del corredor disminuía hasta que la luz de las antorchas era prácticamente innecesaria. Después de un par de horas de caminata, Jagger vio que el camino terminaba en una gran pared blanca que tenía un círculo enochiano dibujado sobre ella.
—Por favor, Elamar —pidió el eifro a la vez que hacia una leve reverencia y señalaba el círculo enochiano.
Jagger extendió su mano y tocó el círculo. Una luz lo envolvió momentáneamente y le obligó a cerrar los ojos. En el momento en que consiguió aclarar su mirada, pudo observar el gran salón que detestaba.
Era rectangular y en el fondo se encontraba un inmenso estrado que medía cerca de cuatro metros de alto por cuatro y medio de ancho, en sus costados se apreciaban unas gradas de madera que subían a medida que se alejaban del centro de la sala. Todos los asientos estaban ocupados por una gran cantidad de criaturas que intentaban ocultar su presencia del mundo humano. Eifros, vampiros, demonios, farcros, mordares y otros más que Jagger no se molestó en identificar.
El eifro que acompañaba a Jagger se apresuró a sentarse en un puesto cercano a la entrada sin decir nada más.
Un silencio tenso recorrió la sala a medida que Jagger caminaba con sus manos en los bolsillos. Podía sentir cómo las miradas se clavaban en él y percibió el escalofrío que recorrió a las criaturas presentes.
Jagger se detuvo a unos diez metros del estrado y un eifro vestido de n***o habló con fuerza para que toda la sala lo escuchara.
—Elamar, el Caído, se reporta al Consejo Daeces —cuando mencionó el nombre, el estrado comenzó a disminuir de tamaño, como si su plataforma fuera un gran ascensor que se desplazaba hacia abajo. Cuando la altura de la tarima estaba a un par de metros con respecto a la cabeza de Jagger, detuvo su descenso.
Ahora, Jagger podía observar con claridad a los cuatro integrantes del Consejo Daeces. Las únicas criaturas que podían ser capaces de destruirlo.
El Consejo se encargaba de administrar, organizar y regir todo lo relacionado con el Submundo: la Tierra de las Profundidades, el Mundo que Yace, Gefordah.
Este mundo estaba directamente conectado a Jagger, tanto o más que la Superficie, pero sin duda era un sitio que resguardaba demasiados misterios. Lo había visitado incontables veces, siempre por culpa de un percance distinto o una aventura traicionera. Y ahí, mirándolo, estaba la razón por la cual el Submundo era de esa manera: los Señores del Submundo. Estos estaban sentados uno al lado del otro. Jagger observó sus rostros con tranquilidad, empezando de izquierda a derecha.
Voltar, Morgana, Árides y Dante. Todos eran seres inmortales, únicos en su especie, con un poder que solo era sobrepasado, a duras penas, por Jagger. Su aspecto era humano, por lo que podían pasar desapercibidos en la Superficie.
Voltar era pelirrojo, un poco más alto que Jagger, de tez clara y ojos verdes, su mirada estaba cargada de severidad y su rostro era atractivo pero fiero; Morgana, la criatura a quién Jagger más odiaba, poseía un rostro hermoso e inocente que siempre mostraba una sonrisa extrañamente intimidante, su cabellera negra y lisa reflejaba la luz en el salón con un dejo de misterio, y sus ojos, de un verde cálido, eran acompañados por una piel blanca y delicada; Árides, la esposa de Voltar, observaba al recién llegado con sus fríos y calculadores ojos de un azul intenso, su piel parecía casi tan pálida como la de Morgana aunque quizás esto era una ilusión visual, causada por su cabello rubio como el sol, y por último estaba Dante, el único que estaba relajado y mantenía apoyada la cabeza sobre su mano izquierda mientras observaba distraídamente el salón con sus ojos de un azul tan claro que parecía gris, casi tan gris como su cabello liso.
—Jagger, te hemos llamado para que cumplas con tu parte de nuestro pacto, y nos ayudes —dijo Árides con un tono frío y severo, provocando que el silencio de la sala volviera súbitamente.
—¿De qué se trata? — dijo Jagger con calma sin sacar sus manos de los bolsillos.
—Necesitamos que investigues la ciudad de Newston —ahora era Voltar quién hablaba. Su voz estricta y poderosa resonó en el salón—. Nos han llegado rumores de una invasión de farcrams a la Superficie.
Todas las criaturas que se encontraban en las gradas profirieron gritos ahogados de sorpresa y la sala se llenó de murmullos.
Morgana levantó la mano y las criaturas se callaron de inmediato.
—Como lo prometimos, hemos estado disminuyendo el tráfico de gefordianos a la Superficie —dijo Morgana con un tono juguetón y una sonrisa enigmática—, pero, como sabes, los farcrams siempre han sido una r**a indomable. Lograron evadirnos y están rondando la Superficie por alguna razón.
—Dado que nuestra parte del trato nos impide ir nosotros mismos a la Superficie —dijo Voltar visiblemente enojado—, necesitamos que te encargues.
—Me ocuparé de eso, pero antes quisiera hablar de otro grupo que logró «evadirlos» —respondió Jagger con un tono amenazador, aunque calmado.
—Nosotros seguimos en pie con el tratado… —aseguró Voltar con violencia.
—Ayer por la noche tuve que salvar a una mujer de tres eifros —respondió con tranquilidad Jagger, alegrándose de la ira y sorpresa que se apoderó, por un instante, del rostro de Voltar.
—Nos encargaremos de ellos —dijo Árides mientras hacía un gesto para calmar a Voltar.
—No es necesario —dijo Jagger, con un tono tajante—, yo ya lo hice —agregó con calma haciendo que un escalofrío recorriera el cuerpo de las criaturas del Submundo.
—Estamos haciendo nuestra parte, pero no podemos evitar que todos pasen —dijo Morgana, evaluando la expresión calmada del aludido, pero utilizando un tono sarcástico y manteniendo su descarada sonrisa.
—No es suficiente —respondió Jagger.
—¿Es eso una amenaza, Caído? —dijo Voltar.
—Es una obviedad.
La sala se llenó de una tensión tan densa, que casi se podía ver flotar en el aire. Las criaturas estaban aterradas.
—Bueno, supongo que investigaré lo que pueda en Newston —dijo a la vez que se volteaba—, pero este tratado pende de un hilo y ustedes lo saben mejor que yo —agregó mientras colocaba sus manos en los bolsillos y salía del salón con una sonrisa, dejando tras de sí una ola de miradas de miedo y dos de ira sobre su espalda.
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Jagger observó que el sol empezaba a salir y calculó que eran las siete de la mañana. Suspiró y tomó impulso para no llegar tarde a su cita con Juliet.
Mientras corría, se sorprendió al darse cuenta de que ya había sonreído dos veces desde el día que conoció a la chica.