Voltar y Árides

1900 Palabras
Voltar no había esperado que Jagger saliera de la habitación para levantarse. Se bajó del estrado enojado y se dirigió a la puerta que estaba justo detrás. Al cruzarla, se abrió ante él un gigantesco y largo pasillo de piedra que daba inicio a un gran laberinto de corredores y habitaciones. El lugar tenía varios orificios en el techo que permitían que la luz del Angmar de Irganoth se filtrara dentro del recinto, haciendo que estuviera lo suficientemente iluminado para desplazarse sin problema. Voltar caminó sin pausa por los corredores de piedra mientras pensaba a toda máquina y procuraba calmarse. —No pierdas la compostura, amor mío —dijo una voz detrás de él. Árides lo había seguido sin hacer ruido y ahora caminaba casi a su lado. Su esbelta figura se movía con la autoridad de una reina y sus ojos, a pesar de que le profesaban cierta compasión, denotaban una severidad prominente. —No la he perdido todavía —respondió Voltar orgulloso—. «El tratado pende de un hilo», dice el idiota… Pocos Caídos han sido tan estúpidos y altaneros como él. —Y ninguno tan poderoso, no lo olvides —respondió Árides esta vez hablando con más seriedad. —¿De qué le servirá ese poder en un par de meses? —espetó Voltar—. Además, si hay algo que hemos aprendido a lo largo de los siglos es que la fuerza bruta sirve de poco. Jagger es poderoso, pero no sabio. —Tú tampoco si lo subestimas —contestó Árides—. Nunca habíamos estado tan cerca de lograrlo, y no quiero que tu orgullo lo desbarate todo —la última oración tuvo un tono mucho más despiadado y Voltar supo que Árides estaba empezando a molestarse. Eso, lejos de calmarlo, lo estresó más. Voltar se detuvo de golpe y miró a Árides con fiereza en los ojos. La reina no relajó su mirada ni se intimidó, pero esperó a que hablara. —No me trates como si no lo supiera, y mucho menos pretendas que soy un estúpido que arruinará las cosas en cualquier instante. Tú sabes quién soy y sabes por qué hago esto. Antes de que Árides consiguiera responder, Morgana apareció de la nada con una sonrisa. Su vestido n***o flotaba fantasmalmente a su alrededor y se veía a leguas que estaba contenta por algo. A su lado, el necrótalo Ruruoni la seguía con una sonrisa y la boca babeando. —No discutan, mis señores —dijo Morgana con una voz juguetona y maquiavélica—. Las emociones son poderosas, pero les impiden ver más allá. Tan rápido saliste de la habitación, Voltar, que no te diste cuenta de la sonrisa de Jagger. —¿Y qué con eso? —preguntó enojado. Morgana se rio con cinismo. —Un hombre sin emociones no sonríe —respondió ella. Voltar y Árides se sorprendieron. Sabían lo que eso significaba. —¿Las está recuperando? —preguntó Árides. —Puede ser. De acuerdo con la criatura —dijo señalando con un gesto a Ruruoni—, ha mostrado cierto interés por una mujer humana. —¿Eso de qué sirve? —preguntó Voltar con impaciencia—. El interés de alguien sin emociones no significa nada. Sabes que no podemos manipularlo para que haga algo ilógico. De hecho, incluso si pudiera sentir, Jagger no caería en ese juego. —Quizás —dijo Morgana—, pero el fuego puede surgir de las llamas más pequeñas. Jagger jamás había pensado en alguien aparte de él desde el… incidente. —De todas formas, ya es tarde. No necesitamos que recupere sus emociones, lo mataremos incluso si no lo hace —dijo Voltar dándose la vuelta y siguiendo su caminata. Sin embargo, una garra oscura salió del suelo y sujetó su pierna, impidiéndole avanzar. Morgana sonreía y quedaba claro que quería decir algo más. Ruruoni dejó de sonreír y empezó a respirar nerviosamente, aunque su lengua se mantenía fuera de su boca llena de baba. —¡Ah, mi querido Voltar! Pero lo divertido no es derrotarlo, sino destrozarlo en mil pedazos —dijo Morgana y su semblante se oscureció, aunque la sonrisa no desapareció. —¡¿Divertido?! —repitió Voltar enojándose. Su cuerpo se cubrió de unas llamas rojas y violentas, y el pasillo empezó a calentarse. Voltar hizo un ademán para girarse, pero Árides lo detuvo y le puso las manos en las mejillas. Un aire gélido salió de sus dedos y la temperatura volvió a bajar. —¿Cuántos milenios llevamos preparando este momento? Todo lo que pueda garantizar nuestra victoria es necesario. Tú lo sabes. Voltar no respondió, pero el frío contacto de las manos de su esposa lo calmó y le hizo recapacitar. Él sabía muy bien que ninguno de sus propósitos podía llegar a ser mientras existiera el Caído. Suspiró y se dirigió a Morgana. —Suéltame —dijo con calma. La garra que sujetaba su pie lo soltó y se convirtió en una sombra que paseaba por el suelo lentamente, retrayéndose hacia Morgana. —Mi señora, puedo… —dijo Ruruoni tomando del vestido a Morgana y haciéndole un gesto suplicante. —Toma los c*******s que quieras —dijo ella con su particular sonrisa. Ruruoni sonrió y empezó a babear antes de desaparecer con un chasquido. El sonido hizo eco en el pasillo de piedra y por un segundo los Señores del Submundo se quedaron callados. —Dante no tomará el contenedor del Angmar de los farcrams, lo haré yo —dijo Voltar de repente. Árides, sorprendida, pareció querer discutir, pero Morgana le hizo un gesto con la mano y negó con la cabeza sin perder su sonrisa. —Hazlo —le dijo a Voltar, quien todavía le daba la espalda—. Dante se asegurará entonces de que los farcrams encuentren al Rebelde. Ruruoni se encargará de Jagger y la chica. —Tomaré el Énix y partiré a Ronoh cuando sea el momento indicado. No se hablará más al respecto —dijo Voltar de manera definitiva y continuó su caminata con Árides siguiéndole muy de cerca. —Iré contigo a Ronoh —dijo ella cuando Morgana estaba ya muy lejos. —¿No confías en mí? —No seas ridículo —respondió ella con desgana—. Simplemente no quiero estar sola con mis pensamientos por ahora —agregó con la cabeza un poco baja y la mirada perdida. Voltar se sorprendió un poco, pero no porque no entendiera a qué se refería Árides; de hecho, la entendía a la perfección. Lo que le sorprendió fue que incluso ella, que siempre había tenido una fortaleza interna inexpugnable, estaba bajo el asedio de sus propios recuerdos. Voltar empezó a divagar y su mente se vio poblada de varias imágenes. Visiones que arrastraban sentimientos insoportables de un pasado tan antiguo, que ni siquiera él sabía cuántos años habían transcurrido desde entonces.                         __________________________Miles de Años atrás..._______________________________ La ventisca golpeaba con fuerza fuera de la caverna, lo cual no era más que la prueba de que los poderes de Árides estaban haciendo su trabajo a la perfección, aunque esta todavía no era capaz de controlarlos del todo. Voltar estaba sentado sobre el tronco de un árbol que él mismo había cortado y se inclinaba sobre una fogata mientras devoraba con placer un gigantesco pedazo de carne. No había terminado de tragar cuando vio que, desde la entrada de la cueva, se alargaban dos pequeñas sombras que daban a entender que había personas asomándose desde ahí. Voltar ni siquiera les prestó atención. Árides las había detectado primero que él y era una cuestión de tiempo que ella las congelara o ahuyentara como siempre. Sin embargo, pasaron varios segundos y Árides permanecía quieta. Voltar la miró y frunció el entrecejo al ver que el rostro de su amada estaba lleno de incredulidad, y miraba la entrada de la caverna como si estuviera clavada en medio de un trance. Se dio la vuelta y contempló dos pequeñas figuras que los miraban: una niña pequeña y un niño un poco más grande. Solo bastó esa mirada para que Voltar entendiera la expresión de Árides. Ambos niños estaban cubiertos de nieve y tenían los cabellos congelados. Portaban unos andrajos de piel de animal sucios y viejos, y unos gorros y unas botas demasiado grandes para ellos. Tenían cortadas en sus cuerpecitos y las narices rojas y rodeadas de mocos a causa del frío. Sin embargo, nada de esto era lo sorprendente. Lo más extraño de todo eran sus facciones. El niño, que parecía no ser mayor de ocho años, tenía un rostro afilado y fiero, su cabello era de un color rojo intenso y sus ojos verdes los miraban con severidad. La niña, por su parte, tenía unos cabellos dorados y hermosos que se asomaban por debajo del gorro y sus ojos azules los contemplaban con cierto nerviosismo. A ninguno de los presentes se les había pasado por alto el parecido descomunal que había entre el niño y Voltar, y Árides y la niña. Los pequeños parecían representaciones exactas de la juventud de ambos. Voltar se levantó sin saber qué decir, demasiado anonadado para soltar una palabra, pero en cuanto lo hizo, el niño se desplomó sobre la piedra cubierta de nieve de la caverna y la niña lo miró con preocupación. Sin saber bien qué lo movía, Voltar se acercó a los niños y levantó al mayor sobre sus hombros. Árides se concentró para disminuir la ventisca que azotaba la zona mientras su esposo utilizaba su calor corporal para ayudar al niño a mejorarse. —¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí? —preguntó Voltar a la niña con un gesto paternal. Árides lo miró extrañada. Jamás, en la cantidad inmemorial de tiempo que llevaban juntos, había visto esa expresión en él. La niña lo miró desconcertada y le sonrió inocentemente. —Venimos por ustedes —respondió como si la respuesta fuera obvia. Árides y Voltar se miraron confundidos. Los humanos, cuando no los evitaban, intentaban matarlos. Había toda clase de historias sobre ellos y sabían muy bien que nadie se atrevería a visitarlos por su cuenta. Estaba claro que la niña pensaba que estaba diciendo la verdad, pero lo que decía no tenía sentido. Tendrían que esperar a que el niño más grande despertara para ver si les ayudaba a entender la situación. En ese momento, ni Voltar ni Árides se dieron cuenta de que estaban considerando cuidar a unos humanos en vez de deshacerse de ellos. Jamás habían recibido otra cosa de esa r**a que no fuera odio y violencia, pero algo embriagador se había apoderado de ellos al ver el semblante familiar de los niños y haberlos tomado bajo su manto. Voltar, instintivamente, colocó su mano sobre la cabeza de la niña y sonrió. —Entonces, ya consiguieron lo que buscaban. Pero no me has dicho sus nombres —insistió. —Mi nombre es Ebet… y ella es Mabet —dijo una voz desde los brazos de Voltar. El niño había despertado y hablaba con dificultad. Voltar vio en su rostro sus anhelos y sus miedos, y en ese instante supo que el niño veía los suyos. Un lazo se había forjado entre los dos que no se podía explicar con palabras. —Ebet, mi nombre es Voltar y ella es mi esposa, Árides. Quédense el tiempo que quieran.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR