⸻ El fin de semana llegó sin avisar, como una tregua silenciosa. Ella no salió de casa. Canceló planes, ignoró el teléfono y se quedó ahí, con él. Preparándole té, cambiándole la toalla fría, sentándose a su lado mientras Alejandro dormía a ratos y despertaba otros, aún débil, aún caliente. A Alejandro le gustaba. Le gustaba demasiado. No solo porque lo cuidara, sino porque se quedaba. Porque no preguntaba, no exigía respuestas, no reclamaba nada. Solo estaba. Y eso lo desarmaba más que cualquier discusión. Cada vez que abría los ojos y la veía ahí —con el cabello recogido, ropa sencilla, sin maquillaje— sentía algo peligroso crecerle en el pecho. —No tenías que quedarte todo el día —murmuró en algún momento. Ella sonrió apenas. —Sí tenía —respondió—. Eres mi esposo. Esa palabra.

