Pasó junto a él rumbo a la escalera. Alejandro se quedó quieto, tenso, conteniéndose como quien lucha contra su propio cuerpo. Subió detrás de ella sin tocarla, con la certeza brutal de que cualquier roce rompería algo. En la habitación, Ella dejó la puerta abierta. Un gesto mínimo. Una rendija. —Voy a ducharme —dijo—. Necesito pensar. Alejandro se sentó en la cama. Se pasó las manos por el rostro. El deseo le latía bajo la piel, vivo, urgente, pero también algo más: culpa, confusión, una ternura que no esperaba. Cuando ella salió, el cabello húmedo, la piel aún tibia por el vapor, lo miró sin defensas. —No me mires así —murmuró. —No sé mirarte de otra forma —respondió él. Ella se acercó. Esta vez no hubo discursos. Se sentó a su lado. No lo tocó, pero su cercanía fue suficiente par

