Carmen miró el teléfono durante casi cinco minutos antes de decidirse a llamar. No porque dudara de Ella. Sino porque decirlo en voz alta lo haría real. Cuando finalmente marcó, sintió el pulso en la garganta. —¿Hola? —la voz de Ella sonó cálida, tranquila. Carmen respiró hondo. —Necesito contarte algo… y no quiero que me interrumpas hasta que termine. Hubo un pequeño silencio al otro lado. —Está bien —respondió Ella—. Te escucho. Carmen caminó hasta la ventana de su habitación. Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente. Adentro, ella estaba hecha un nudo. —Javier me dejó una llave en el carro ayer. Silencio. —¿Una llave? —preguntó Ella con cautela. —La del departamento que compró cuando nos íbamos a casar. Ella no habló. Pero Carmen sabía que entendía el peso de eso. —L
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