Afuera del claro todo se sentía diferente. Los colores, los olores, la vida; todo se volvía más… pesado. Era como volver a la realidad a la que siempre nos hemos estado enfrentando y haber estado tanto tiempo ahí encerradas nos hizo estar tan en calma.
Pero en cuanto pusimos un pie por fuera de la casa, nuestros cuerpos volvieron a tensarse, nuestros músculos a estar lo más apretados posibles y todos los sentidos lo más alerta posible.
Volvíamos a la vida de antes, a la oscura y cruel realidad; donde estábamos en desventajas con los hombres y ellos solo buscaban aprovecharse de nosotras y sacar beneficio con nuestro cuerpo.
Por un momento pensé en quedarnos para siempre dentro de la casa, podíamos formar un jardín con la comida que necesitáramos y nunca más tendríamos esta sensación de miedo y peligro nunca más en nuestros cuerpos.
Sin embargo, no era una idea tan esplendorosa como parecía. Quizás a los pocos meses, sino al año; los problemas por la convivencia se harían notables, viéndonos las caras todos los días sin tener otro lugar al cual recurrir, eso las hará irritar, eso siempre ha sido una falsa paz.
Muchas de nosotras agradecemos esa falsa paz por ahora, no obstante, debe acabar.
El clima dentro de la casa a comparación de fuera se sentía completamente diferente. Para nosotras, la nieve simplemente aparecía en el suelo, como una gruesa capa de suelo y poco tiempo después es derretida por el inmensurable sol que siempre brilla en las tardes, mientras tanto, en las afueras es diferente, las nubes son quienes proporcionan los copos de nieve que van cayendo hasta el suelo y poco a poco se va formando un camino blanco el cual se vuelve más denso de recorrer.
El frío se calaba por nuestros huesos y las ráfagas de aire helado nos detenía el paso, no éramos tímpanos de hielo para soportar este clima.
EN este pueblo, el invierno siempre había sido exagerado y nadie, ni siquiera la propia Alice entendía el por qué. Esto está desde hace mucho antes que llegara el primer hombre.
- Es sorprendente el cambio que se produce cuando estamos en la casa –anoto Dorotea acongojada del frio.
- Bastante, pero debemos seguir avanzando, no podemos desperdiciar tiempo.
- Lo bueno es que ya estamos cerca de la cabaña, ¿no es así, Saray? –pregunto Dalia.
- Creí que ya te habías aprendido el camino de memoria.
- Ciertamente es algo difícil de recordar cuando no eres tú quien puede activar la ubicación.
- ¿Entonces como lo encontraste la vez que escapamos?
- Estuvimos dando vueltas por un largo –confeso Dalia.
(En el momento del escape)
- ¿por dónde rayos fue que tomo Saray para llegar?
Dalia guio a las chicas incontables veces por el camino incorrecto. Recorrieron el bosque completo, o lo que creían que serían sus límites pues no se permitían ir mucho más allá cuando sentían que estaban demasiado alejadas.
Las chicas con los instintos más desarrollados cayeron en cuenta que Dalia estaba llevándolas por el mismo sitio una y otra vez, hasta que se le acerco Dorotea para hablarle y no escandalizar a las demás.
- No tienes ni la menor idea de donde estamos, ¿verdad?
- Me temo que no, pero ya voy recordando las ubicaciones.
- La niña es, Artemiss, ¿no conoce la ubicación del lugar?
- Me temo que no, es la primera vez que viene para acá también.
Con la ayuda de Dorotea y sus indicaciones por los lugares donde ya habían pasado y los pocos instantes que recordaba Dalia donde se suponía que debía ser, llegaron al lugar que creían ellas, el predilecto donde se encontrarían con Saray y las dos chicas demás.
(De regreso al presente)
- Fue un golpe de suerte más que cualquier otra cosa.
- Si lo quieres mirar de ese modo… -bromeo Dalia-. Pero sabía que si no nos veías ahí, saldrías a buscarnos.
- Es cierto eso, pero tampoco puedo hacerlo todo yo sola, recuérdalo.
- Eso lo sé, Saray.
- Bien, hemos llegado.
Los árboles seguían exactamente iguales, nada había cambiado a excepción de un olor nauseabundo muy leve.
Saray podía percibir el olor… era estramonio…
- ¡Aléjense todas de las cortezas de los árboles!
- Tienen estramonio, ¿verdad? –apunto Dalia con severidad.
- Así es.
- ¡Ya sabían que vendríamos! –anoto Dorotea.
- Hermanas gemelas, estén preparadas. Puede que sí nos estén esperando ahí adentro, como puede que no.
Solo basto una pequeña gota de mi sangre para revelar de inmediato el barranco donde, en lo más profundo de todo, se encontraba la cabaña. Pero había algo mal…
- ¡Todas!, al suelo…
En cuanto nuestros cuerpos tocaron el suelo, unas púas con un fuerte olor a amoniaco salieron disparas de la cabaña.
De la copa de los arboles saltaron unos cazadores, dispuestos a acabar con nuestra vida.
- ¡Ahora!
Las gemelas reaccionaron de una manera tan rápida que ni si quiera el cazador más experimentado podía haber esquivado aquello.
Sus manos estaban astilladas, por lo que podían manejar las ramas de los árboles y rápidamente se las clavaron a los cazadores que estaban en cayendo desde lo más alto.
- Dorotea!
La muchacha descendió por la colina y atrapo la atención de varios cazadores aproximándose hacía ella, pero no requirió nada de magia para esquivar todos sus ataques, solo le bastaron sus pulidos sentidos para escapar de ellos.
Antes de que Dorotea creara una neblina con su magia, las gemelas salieron disparadas hacía direcciones diferentes para ocupar la atención de los demás cazadores.
Con la neblina, podríamos movernos con más facilidad, aunque estaremos igual de cegados que ellos, pero no por mucho tiempo. Si utilizabas la sangre como una especie de gotas, podrías ver como si tuvieras una visión infrarroja, por lo que veríamos sus cuerpos calientes moverse.
Dalia y yo teníamos que entrar a la cabaña antes que los cazadores nos atraparan. Pero había un inconveniente, regaron cada rincón del lugar con estramonio y entrar ahí implicaría la muerte segura.
- Yo entrare ahí –propuso Dalia.
- ¡Ni loca!, encontraremos otra forma de entrar.
Todavía no estábamos derrotadas del todo, las chicas aún podrían dar bastante pelea, la suficiente para sacar de la cabaña lo que necesitábamos y salir de ahí con vida.
Rodeamos el lugar, pero cada rincón, cada parte, estaba marcado con la presencia de estramonio. Completamente imposible entrar.
- En la luna creciente de una menguante cóncava, que sea tu luz la que forme una barrera entre mí y los cazadores que empuñan una espada.
Susurre lo más bajo posible, pero ninguna barrera se formó alrededor nuestra y la espada casi traviesa el cuerpo de Dalia, de no ser por los reflejos de Dorotea y su hechizo, probablemente mi compañera ya estaría muerta.
Me había equivocado con la fase de la luna y era cierto, nos encontrábamos de día, peleábamos con mucha desventaja.
El cazador pensaba rematar a Dalia, que se hallaba en el aire después del pequeño empujo que le dio Dorotea, pero rápidamente muerdo mi lengua para formar un pequeño espíritu de sangre que se transformaría en una daga y apuñalaría su yugular con ella.
Al recibir más sangre, en vez de desintegrarse, pudo mantener su forma por un poco más de tiempo, la cual utilice para lanzarla hacía otro cazador…
Pero se movía de manera distinta a las demás…
- ¡Un cazador de élite!
Y en cuanto escucharon mis palabras, la retirada comenzó.
La neblina ya iba disipándose, por lo que todo el escenario se podía ver con claridad. Sin embargo, no podía marcharme de ahí con las manos vacías.
- Dalia.
- ¿Qué sucede?
- Tengo una idea para entrar a la cabaña, tendré que hacerlo lo más rápido posible, pero necesito que cubras mi cuerpo.
- ¡Déjamelo a mí!
Entre más fuerte apriete mi garganta, más rápido voy a caer inconsciente.
- Entre la vida y la muerte, mi alma prefiere seguir deambulando en los alrededores.
Mi cuerpo cayó como un costal de papas, sin embargo, mi alma seguía en pie. Era consciente y todos podían verme.
- Ese… ¡¿Ese es el poder de una bruja bajo la bendición de un eclipse?! -EL asombro de Dalia era incalculable, pero más lo fue cuando pude responderle.
- Cuida mi cuerpo.
Mi cuerpo en este estado era mucho más rápido y ágil. Todavía desconocía si podían tocarme o hacerme alguna especie de daño, tampoco estaba segura si el estramonio en este estado tendría algún efecto sobre mí, pero debía de intentarlo.
Los cazadores no pudieron notar mi presencia cuando pase al lado de ellos, sin embargo, al cazador más experimentado que se hallaba con ellos si era visible ante sus ojos, por lo que siguió mis pasos sin muchas complicaciones.
En repetidas ocasiones lanzo sus púas de estramonio, pero para mí, esta vez era mucho más fácil esquivarlas… ahora bien, adentro de la cabaña había dos cosas que necesitaba, ¿cómo le hago para verificar que no me matara?
Mi mano temblaba al solo pensar que podría morir si esto no resultaba, por mi cuenta no era capaz de hacerlo… hasta que una mano a mis espaldas me empujo hacía dentro de la cabaña.
Traspase las paredes como sin nada y cuanto me apoye sobre la madera… no rechino, pero yo tampoco me vi afectada por la presencia de estramonio en el suelo.
Una espada volaba directamente a mí cabeza, pero mis reflejos eran mucho más rápidos que aquello, era otro cazador experimentado, todos sus cortes podía esquivarlos con una gran facilidad, pero algo me decía que el metal igualmente me traspasaría, por lo que deje de darle importancia al esquivarlo.
Por lo que decidí dejarlo de lado rápidamente y buscar la habitación que necesitaba. Rápidamente me di de cuenta que hasta las espadas de los cazadores me traspasaban el cuerpo y solo esperaba que todo esto no me pasase factura.
Pero antes de llegar hasta la habitación que necesitaba, un cazador me tomo por sorpresa, sujetándome con fuerza del cuello.
- Eres bastante astuta.
Esa voz nunca se me iba a olvidar, así no la escuchara por mil años. Ese ser tan repulsivo.
- Sam.
- Eres bastante audaz, pero esto termina aquí, Saray.
Su mano, ruda y fuerte, apretaba mi garganta con bastante fuerza. Pero le terminaría resultando contraproducente si pensaba asesinarme de esa forma, pues con lo que estaba haciendo, mi cuerpo despertaría y mi alma regresaría.
- Ve a preparar lo que planeamos –ordeno al otro cazador con severidad.
Y volvíamos a quedarnos solos, él y yo…
A pesar de estar en un estado que no podía hacer nada conmigo, me aterraba la idea de tenerlo cerco, sujetándome del cuello, pero poco a poco fue mermando la fuerza.
- Sé que de esta forma regresaras a tu cuerpo, conozco algunos de tus trucos, Saray.
- ¿Quién eres?
- Un gran fanático tuyo. Se podría decir, que tu gran amor, pero eso no es lo que importa ahora.
- Eres tan repulsivo.
- Dejemos los insultos para después, tengo una información que podría beneficiarte y a ti y en parte, también a mí.
- ¿de qué estás hablando?
- No tenemos mucho tiempo antes de que regrese mi compañero con todo listo.
- Habla.
- No, no, no.
Como odiaba que me tocara he, incluso así, se atrevía a poner sus dedos sobre mi boca.
- Conozco la identidad de la primogénita de Alice –susurro-. Tanto Johann como tú la están buscando, ¿no es así?
No tenía ni siquiera palabras para poder responderle. ¿Cómo podía conocer la identidad de Alice?, ¿cómo sabía de su paradero?
Este hombre… sinceramente no sabía si podría confiar en él, pero me tenía contra las cuerdas. No podía hacer nada más que aceptar, si quiera, ya mismo me hubiera matado a mí y a mis compañeras.
No quería matarme, pero tampoco tenía más opción que aceptar.
- Pero, nuestro tiempo aquí a terminado –susurraba a mi oído de una forma que me producía una sensación de agobio-. Mi compañero está por llegar, pero si quieres saber la propuesta que tengo para ti, ven a visitarme al gran edificio. Habitación… 369. Te espero ahí.
- Eres un maldito…
- Ahora, despídete de este lugar.
Mis ojos se abrieron de par en par, que tenía pensado hacerle a la cabaña, no, ¡no!, es el único lugar donde puedo obtener respuestas, ¡no lo puedes destruir de esta manera!
Hasta que no había dicho sus palabras, no sentía el olor de los explosivos. Era demasiado tarde. Tan solo apreté los ojos.
- No te rindas tan fácil, querida, que si no, esto no es muy divertido.
Y apretó sus manos contra mi garganta, podía sentir su fuerza agarrando mi cuerpo, hasta tal punto que lo último que pude ver fue su desagradable sonrisa.
Al momento que mi alma perdió el conocimiento, regrese a mi cuerpo, de un salto, despertando de inmediato y casi sin aire, la neblina había desaparecido por completo y podía ver como las demás chicas combatían contra los cazadores.
Hasta que vislumbre la cabaña… tenía mis manos vacías, todavía no tenía las respuestas que necesitaba y en un solo parpadeo, una explosión conmociono nuestros cuerpos.
La cabaña había volado por miles de pedazos. La madera se desintegraba en el aire, con el fuego, ya no quedaba más…
Una voz les dio la señal a los cazadores de retirarse. No había visto salir a Sam, pero sin duda era su voz.
Nosotras instintivamente hicimos lo mismo. Me puse de pie de inmediato, sabía que ya no podría rescatar nada de la cabaña, hasta que pude ver un pedazo de madera, que, a pesar de estar incendiándose, podíamos rescatarlo.
Las gemelas hicieron su truco y esparcieron el fuego con suma delicadeza. Si funcionaba como tenía previsto, aún podríamos obtener alguna respuesta.
Dalia fue la encargada de tomarlo, pues no sabía si a las demás le surtiría el mismo efecto que a Alice y a mí.
Teníamos un pequeño pedazo de madera, no en el mejor estado, pero si en el más optimista de los casos, nos funcionaría para darnos respuestas.
Pero tenía mis bolsillos vacíos… a excepción de una pequeña molestia que sentía en mi abrigo.
Partimos el viaje de regreso y lo que sentía en mi abrigo continuaba molestándome, pensé que sería algo de las chicas, pero en cuanto esculque, sentía un objeto duro y bastante grande. En cuanto lo saque del bolsillo…
Era el libro que fui a buscar con una pequeña nota pegada.
“Tómalo como un pequeño obsequio de nuestra futura alianza”
Sam hablaba en serio cuando me lo propuso… en un primer instante no quería caer en sus palabras embusteras y engañosas, pero ahora con este libro…