Día 5: La noche de las brujas

3527 Palabras
La aguja traspasaba nuestra piel como si no conociera de ataduras ni tabúes. Una nueva generación estaba naciendo de las manos Dalia, sin que ninguna de las tres se llegara a dar cuenta alguna. Sus cuerpos ahora tenían otra apariencia, eran estrellas fugaces al caminar y unas incandescentes mujeres que deseaban marcar una diferencia. Y después de todo, con las nuevas perforaciones, el vestido seguía brillando igual sobre ellas. Nunca me imaginé tener un pircieng en mi ombligo o en mi labio y ya es muy loco para mí observar mis senos con dos perforaciones. Frente al espejo no dejaba de observarme minuciosamente cada rincón de mi cuerpo. Las cicatrices que se había llevado el tiempo seguían teniendo memoria en cada parte de mí, era imposible poderme ver sin empezar a temblar de la ira. Ira que esta noche será desatada por ambas partes. -          Como te ves de preciosa –observo don gato. -          Mejor cállate. -          Estas bastante decidida esta noche. -          Y espero que no me falles. -          ¿Cuándo lo he hecho? -          Deséame suerte. -          Suerte. Las chicas estaban esperándome en el marco de la puerta. Saldremos todas juntas y regresaremos todas juntas. O eso esperaban ellas. La realidad podría llegar a ser otra y por primera vez en mi vida ansió poder estar completamente equivocada. Para nuestra sorpresa o disgusto más bien, se tomaron el tiempo; más para ellos que para nosotras, de crearnos un camino con pétalos de rosas, como quien dice pasen por aquí. Amelie nos estuvo enseñando a como manejar tacones durante toda la semana justo para este momento y para ser de las primeras veces que manejo una prenda de estas, siento que estoy manejándola bastante bien. Fue un camino donde las rosas se convirtieron en espinas y el sendero se tornaba rojo sangre, tanto así, que ni siquiera la luna había asomado para darnos su bendición. Estábamos nosotras cuatro frente a esos monstruos, frente a lo que todos normalizamos llamar “humanos” -          Wow. -          Magnífico. -          Son tan hermosas. -          ¿Cuánto tiempo ha pasado sin poderlas ver sin ese vestido? -          Oh su cuerpo. -          Bendecidos seamos por la nueva cosecha. ¡Demos las gracias! -          ¡Gracias! -          ¡Gracias! -          ¡Gracias! Eran aplausos sin cesar, ovaciones eufóricas, sonrisas de agradecimiento. Todo hacía ellos, obviamente. Y sus ojos, bueno, ni se diga de los deleitados que se encuentran en estos momentos. Y llegamos frente a ellos. Era cuatro al igual que nosotras, jóvenes con unos trajes inmaculados y una paciencia que se agotaba cada vez más y sus ansias más visibles se hacían. Todos ellos no hacen parte de los grandes privilegiados, tan solo uno de ellos y era quien se hallaba frente a mí. Un viejo… de la época de mi madre quizás, fue quien llevaba las riendas de la situación. Claramente me llevaba la mirada de todos esos viejos, más que por mi apariencia, es porque reconocen mi nombre, mi apellido y mis facciones. Es ella, dirán, pero hoy acabaran con su familia, pensaran.    -          Han pasado dieciocho años.  –Empezó el viejo. A pesar de la edad, mantenía un tono firme en su voz-.  Desde la última vez que logramos celebrar este festival. ¡Todo fue por culpa de esa bruja!, pero hoy, hoy por fin ha llegado el final de la maldición que nos lanzó esa vez. -          ¿Una bruja? –inquirió preocupante Artemiss. Pase con trabajo saliva mientras veía las miradas preocupantes entre Artemiss y Ameli, mientras escuchaba los gritos de festejo de fondo de toda la multitud, pero ya no me quedan dudas que Dalia conoce mi historia, quien soy y quien era mi madre. Y no sé si aterrarme o tranquilizarme por eso. -          Hoy por fin te pondremos fin, pequeña bruja-.  El viejo se había agachado hasta mí para solo decirme esas palabras. Que desagradable-.  Como sabrán, estas cuatro hermosas mujeres se ofrecieron para ser las inauguradoras del festival después de tanto tiempo y es por eso que hoy nos acompañan estos cuatro jóvenes, descendientes de los primeros linajes familiares que pisaron estas tierras. En su sonrisa se puede ver toda la maldad que su familia y sus reencarnaciones han implantado en ellos. EL más poderoso de todo, el que sin duda me corresponde a mí, ha empezado a desabrocharse la camisa sin ningún tipo de tapujo. Todos lo miran con desaprobación, pero no pueden decirle nada, está en los altos rangos. -          Por favor mujeres, acuéstense sobre la tierra y abran sus calabazas –ordeno con ímpetu el viejo. Todas nos miramos con caras de desasosiego, haciéndonos a la idea que el eminente final estaba cerca. Hicimos caso sin rechistar, nos acostamos sobre el frío pasto del jardín de calabazas y nuestras miradas quedaron frente a un cielo oscuro y nublado por los pensamientos de los hombres aquí presentes. No demoraron en tirarse encima de nosotras, parecían no haberse percatado hasta que desgarraron ferozmente nuestros vestidos y todo quedó al descubierto. Los abucheos por parte de los más viejos no se hicieron de esperar, sin embargo, a los más jóvenes parecían restarle importancia. No, espera… ¡¿Qué planea hacer?! ¡No puede hacer eso! ¡Dalia! ¡NO! Maldición, donde este don gato, ¡apresúrate!, maldición, maldición, maldición. Nuestros ojos salieron de órbita al ver el gran alicate que traía el hombre que iba a comer a Dalia. Todos los demás jóvenes quedaron como piedra al verlo. Se tiro encima de ella y metió su pie en la boca de Dalia sin desprecio alguno y apretó el frío alicate contra los pezones de ella. El gélido metal desprendió todo el dolor sobre el cuerpo de Dalia. Su cuerpo se iba erizando, se veía paralizado. Los dedos del pie del joven iban cada vez más profundos en la boca de Dalia para ahogar sus gritos de dolor, hasta que da la primera vuelta con el alicate y su pie llega hasta la garganta de nuestra amiga. A nosotras nos han agarrado con una fuerza de diez mil hombres, cerdos, nos tenían inmóvil, estaban empezando a desgarrar las calabazas de las demás cuando el joven tira del alicate y el pezón de Dalia se desprende de su seno dejándola en shock. -          ¡Eso es lo que te pasa, maldita perra!, para que no vuelvas hacerte esta mierda. Los demás parecían seguir el ejemplo de su compañero, cuando quien estaba encima de Ameli saca un cuchillo de su bolsillo y toma su mano izquierda uno de los senos de ella para rebanarlo, como si fuese el carnicero de la carnicería, tajada por tajada, rebanada por rebanada hasta dejarla sin nada. Y por si fuera poco, el cuchillo… ¡Basta! ¡Basta por favor! Mi cuerpo se quedó inmóvil cuando se encimo sobre mí y lo sentí tan adentro, que lo único que quería hacer era vomitar. -          Tranquilízate, contigo seré gentil por el momento. -          ¡aaaahhhhh! ¿Qué es ese pedazo de carne que tiene entre sus dientes? Los gritos de las demás quedaron opacadas por las plegarias de dolor de Artemiss al haberle arrancado su clítoris. Los cerdos estaban comiendo. Se les veía satisfechos y a los espectadores con sed y hambre, querían comer igual que ellos. Hasta que un destello logre vislumbrar a mi lado. Don gato por fin había llegado y tenía en su hocico los dos pezones de Dalia y sobre su lomo los senos rebanados de Ameli. Parecían llegar al final pronto, después de unos minutos el primer disparo iba a llegar para dejarnos a nosotros como la mayor cena, como si nunca hubiesen comido, lo dejaron salir todo. En varias partes. En repetidas ocasiones. Y todo lo vertía en el recipiente. Cual serpiente que se enrosca en el árbol para atrapar a su presa. Como las aves de carroña que descienden del cielo para alimentarse de la carne muerta. Siendo así el río que se seca. Y los cielos que se nublan. Como las cabezas rodando tiempos atrás. Con el fuego quemando sus cuerpos. Y las rocas apaleando sus órganos. Sin empatía, con desprecio, con miseria. Con la cara de odio. Con desprecio. ¿Por qué tenía que ser así? La luna debería de estar ya en la punta más alta del cielo cuando los cerdos se satisficieron hasta quedar saciados. Don gato se acercó hasta mi sutilmente, sin que nadie se diese cuenta, pues mi cuerpo se hallaba tendiendo en el suelo incapaz de poder moverse. Tomé la tela del vestido que rasgaba se encontraba por ahí y la envolví en el cuello de don gato, segundos después su respiración había quedado cortada.  Con el mismo cuchillo que utilizaron con Ameli, lo emplee para abrir el estómago de Don gato. De sus vísceras brotaba un olor muy poco agradable, pero sin llegar a ser susceptible por los demás y ahí mismo introduje todas las partes de mis amigas. Todo empezaba a echar una especie de espumas que si las llegabas a tocar podrían causarte una gran quemadura, se tornaba de todos los colores más repulsivos existentes en este pueblo; un verde como la sustancia de esos hombres, un café como sus corbatas, un n***o como sus zapatos. El cuerpo de Don gato iba quemándose por este líquido, pero ya estaba, solo faltaba una única parte. Tome de mi propia sangre que esparcida había quedado por el suelo por actos tan violentos y atroces para beberla, con tierra, con hojas, con gusanos, con huesos, pero debía hacerlo. Hasta no aguantar más, todo lo escupí en las vísceras de Don gato y comenzaron a formarse unas burbujas que no tardaban en explotar. Plup. Plup. Y el líquido se esparcía por los confines de la tierra, hasta sus raíces, pero quien necesita llegar hasta sus raíces verdaderamente soy yo. Y hasta ahora no tengo muy claro como voy a conseguirlo, sin embargo, debo de intentarlo. El líquido comenzara a hacer efecto pronto, por lo que ya puedo dar el siguiente paso. Después de haber recobrado la fuerza en mis rodillas y apoyándome sobre las demás, logro ponerme de pie a trompicones. No podré mantenerme por mucho tiempo de pie, por lo que debo darme prisa. Una postura erguida, debo demostrar convicción y determinación. -          Señor Sam. Su postura se erguía de inmediato al escuchar mi voz. A pesar de siempre demostrar que no soy una amenaza para él, ciertamente me tiene miedo y sí que debería de tenerlo. -          ¿Qué haces refiriéndote a mí? –Su eminente cólera estaba en creses. -          ¿Acaso no te ha gustado el festival? Vamos, apúrate, mis piernas ya han comenzado a flaquear. No obtuve respuesta alguna. -          Muchacha.  –Era el viejo, su mirada podía ser capaz de arrasar con todo a su paso si pudiera-.  Está prohibido que ustedes hablen. Las primeras raíces ya empezaban a florecer bajo los pies de todos estos hombres. Me empino hacía él para llegar hasta su oreja. -          ¿Acaso no quieren que yo sirva la comida en sus próximas reuniones?   Podía ver como su cuerpo había quedado paralizado ante tal proposición. Todo parecía comenzar a picarle, las palmas de las manos no dejaban de sudarle y no paraba de tragar saliva con dificultad. -          Eres una maldita bruja –susurro-. Será mejor mantenerte cerca ahora. Esperaras alguna llamada de nuestra gente. En cuanto se alejó de mí, Artemiss tomo mi mano para que me agachara. Sus piernas si quedaron completamente rotas, a comparación de las mías y solo podía mover de la cintura para arriba. -          No lo hagas, por favor.  –En el tono de su voz podía escuchar sus llantos ahogados-.  No lo hagas, por favor… estar en eso es un sufrimiento horrible. El viejo anfitrión volvió a llamarnos la atención, quizás por esta vez que el festival volvió a ponerse en marcha que nos trataba con cierta cortesía. -          Luego lo hablaremos. -          Si que es que hay un mañana después de este día –confeso. -          Muy bien. Aunque no está la luna, sabemos que nos esta bendiciendo directamente con su luz esta noche –comenzó a narrar el viejo-.  La apertura de este festival traerá nuevamente la prosperidad a estas tierras. Los gritos eufóricos empezaban a elevarse entre la muchedumbre. Sus voces de victoria se ahogaban entre ellos, eran algo que llevaban aguardando desde hace mucho tiempo. Cuanto tiempo llevaremos nosotras. Y antes de mi madre, ¿Cuántas no lo desearon? Hoy las sacrifique a ellas, así como una vez mi madre tuvo que hacerlo con sus amigas para poder ver un futuro brillante. Pero míranos ahora, madre, ese futuro que ansiabas nunca llego, mucho menos ahora que tus esfuerzos comienzan a desvanecerse. ¿fue por esto que me trajiste a este lado? -          Y como dicta la tradición. ¿A cuál de estas cuatro muchachas desean dejar por toda la noche? El silencio se sembró entre nosotras como un miedo palpitante. Una opción que ninguna de nosotros llega a tener en cuenta y que a mí, en lo particular, se me había olvidado por completo.   -          No veo la necesidad de propasarnos en este primer festival –intervino Sam. ¿propasarse? Trataba de no caer en un colapso de miedo, pero fue inevitable cuando desde la oscuridad se veían todas esas sonrisas satisfechas por la noche y todas aquellas las que deseaban quedar igual de complacidas. Unas noches que ninguna de nosotras desea repetir. Sin embargo… ¿no van v a propasarse esta noche? ¿y qué será de las siguientes? Todo mi cuerpo se llenaba de escalofríos, no podía controlar mis temblores, hasta nauseas llegaron a darme y no pude resistirme. Todo ese pasto quedo recubierto por mi vómito y el cadáver de don gato se arrastraba por debajo de todas las telas rasgabas para beberlo. Sus pasos se dirigían hacia mí con una sonrisa complaciente, la mirada de alguien que está consiguiendo todo lo que ha deseado y nada se escapa de sus manos. Cuando llego hasta mí, paso s lengua por mi oreja. Sabía que, en aquel momento, ya no iba a soportar cualquier otra cosa, por lo que se limitó a decir. -          ¿si ves como te cuido? Al borde de la locura o la desesperación, como fuera, ya no soportaba otro segundo más ahí expuesta frente a todos hasta que mis ojos se llenaron de ansiedad y las lágrimas no las podía contener ya. -          Te quiero sola para mí y aunque quiero repetir lo que acabo de hacerte, sé que si digo tu nombre, tendré que compartirte con esos muertos de hambre. Así que no. Cuando se separó de mí, volví a tomar aire, volvía a respirar; muy entrecortadamente, pero sentía que podía hacerlo. -          Entonces, por esta noche; ¡damos por concluido este hermoso festival! Los hombres no paraban de alabar y ovacionar a quienes estuvieron frente a ellos todo el tiempo, pidiendo en plegarias poder ser los siguientes elegidos. Su carne se desboronaba de su cuerpo y las ansias se alimentaban cada vez más de sus deseos. Más animales, más hostiles, más primitivos. Su pizca de humanidad se había desaparecido. ¿Humanidad? Y eso desde cuando ha significado algo bueno. El anciano silencio todos los gritos de emoción con solo levantar su mano y apretar el puño. Todos prestaron atención al anuncio que estaba por entregar. -          Como se hacía en las antiguas tradiciones, los primeros en irse serán los espectadores, luego los comensales y por ultimo las chicas. ¡Y no se preocupen!, para cuando las calabazas vuelvan a dar sus frutos, les anunciaremos quienes serán los afortunados de poder estar acá al frente. Todos aplaudieron ante el anuncio del anciano y volvieron a quedarse callados rápidamente para irse retirando uno a uno, como en una esquela jerárquica, de menos poder hasta quien lo controla todo en la palma de sus manos. No sin antes irse, volvió a mirarme para regocijarse entre sus deseos. Su lengua empapaba todos sus labios y sus manos se movían escrupulosamente haciendo los mismos movimientos de hace unas horas. Y nos quedamos en un silencio que marcaba una paz y una soledad solemne. Nunca habíamos estado tan agradecidas por estar solas. Don gato no había demorado en aparecer de nuevo, pero esta vez traía consigo unas vendas para aplicarles a las muchachas los primeros auxilios. De algo que nunca se percataron fue de la brujería para que no llegaran a morir desangradas. No pensaba que llegaran a ser tan animales. Me precipite ante ellos. Pero al menos están vivas. Lo están y gracias por haber soportado tanto. Pero no pueden enterarse por nada de quien soy o que soy. Por primera vez en toda mi vida no quiero perder a alguien. Comencé vendando las partes del cuerpo de Ameli, quien era la que más lastimada estaba de todas nosotras. No entendía el odio que tuvieron hacía ella para rebanarle los senos de esa forma tan endemoniada. Para cuando termine de vendar cada una de las partes de su cuerpo, tan solo se limitó a darme las gracias, mientras su mirada estaba absorta en lo más profundo de un cielo aterrador. -          Escuche de lo que estaban hablando –menciono Artemiss una vez comencé a vendar sus piernas-.  Y por favor no vayas hacerlo, yo ya lo he vivido… y es mucho peor que esto. -          No tengo otra opción. -          ¡Podemos encontrar otra opción!, pero por favor no vayas.  –Sus lágrimas brotaban desesperadamente de sus ojos. -          La encontraremos, pero estaré bien, no tienes de que preocuparte. Termine de vendar todo su cuerpo y más que con palabras, me agradeció con una mirada llena de empatía. ¿mi madre me habrá llegado a ver alguna vez así? -          Lamento lo de tus pirciengs. -          Al menos ahora ya no tengo ninguna sensibilidad en esa zona. Vendaba sus senos con cuidado, a pesar de habérselos arrancado con tanta violencia del cuerpo, seguía siendo una zona que estaba con sensible. -          ¡Todo esto es culpa de ustedes dos! –grito Ameli para nosotras.  –¡Si no les hubiera hecho caso yo seguiría teniendo mis senos! -          Oye, tranquilízate –intervino Artemiss-.  Si no hubiéramos hecho esto, lo más probable es que nos hubiese ido peor. -          ¡Pero por qué a mí! –Su colapso era entendible, fue quien más sufrió de todas nosotras-.  Si a quien más odiaban era a Dalia, no a mí, ¡no a mí! -          Pero lo que dice Artemiss es verdad –decidió hablar Dalia-. Si no hubiéramos hecho esto, nos habría ido peor. -          Eso lo dices porque no te han hecho lo mismo que a mí -repuso Ameli con furia. -          Si yo hubiera podido tomar tu lugar, lo habría hecho –confeso Dalia. -          ¡Deja de decir mentiras! Con las fuerzas que había recuperado de estar acostada y después de que la vendara, se levantó temblorosamente, con un miedo en todo su cuerpo, pero la ira era la que lograba mantenerla de pie. -          Yo me largo. No quiero volver a verlas a ustedes –expreso Ameli. Y sin darnos tiempo para poder rechistar se fue alejando de nosotros, entre la neblina y el frio de la noche, su silueta se borró con unos cuantos pasos. -          Camina despacio, no quiero que se te vayan a caer los vendajes. Don gato llego hasta mí para soltar una bola de pelos. Me miró fijamente, como con esa mirada de complicidad con la que cargamos nosotros dos. -          Tengo que pedirte algo. -          ¿qué brujería estás haciendo? –cuestiono ella sin inmutar su rostro. -          Supongo que tu abuela debió de haberte contado todo acerca de mi madre y de mí. -          Yo también sé de brujería –confeso Dalia. -          Lo supuse, es por esto que tú debes de hacer esto. -          ¿me pides que sea yo quien lo haga? –pregunto con cierto miedo Dalia. -          Yo también llevo carga con todo esto. -          Muy bien –accedió, nuevamente sin cambiar sus facciones. -          Toma esto también. Había guardado sus pelos dentro de mi boca cuando estuvo en mi cara. -          Es lo único que tengo de la clase alta. -          Ahora tenemos muchas cosas de ellos. -          Mejor cállate. Dalia planto la bola de pelos bajo una de las calabazas más grandes que habían nacido para esta temporada y con este hechizo es cuando por fin podré comenzar a moldear un final para esta era. Entre las dos logramos levantar a Artemiss, sus piernas no tomaron mucho en sanar, pero por medio de eso descubrirá quien soy y no sé como llegará a reaccionar. La sostuvimos con nuestros hombros y pasos lentos fuimos llegando hasta mi casa. Artemiss no hablo durante todo el camino mientras que Dalia me compartía anécdotas de su abuela y su madre. Cuando traspasamos el marco de la puerta, todas nos dejamos caer al suelo, las lágrimas inundaban nuestros ojos más que un río con una corriente violenta, cuando Artemiss decidió hablar. -          Lo hemos conseguido chicas. Hemos regresado con vida.                      
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