El día de mi cumpleaños número diecinueve una misteriosa persona vestida de n***o se paró frente a la ventana de mi cuarto. No se movía, tampoco podía ver su rostro, de hecho, iba vestida con una gran túnica negra que cubría por completo su cuerpo.
Tenía mis leves sospechas sobre quien sería, pero había algo que me hacía dudar.
En la hora del desayuno volvía asomarme por la ventana y seguía ahí, sin realizar ningún tipo de movimiento, ¿estaría respirando?, lo dudo.
De todas formas, ¿Qué hace frente a mi casa?
La sensación del pasto sobre mis pies es algo que ahora me desagrada, son recuerdos dolorosos que tienen sensaciones y olores, si tan solo me hubiese puesto unas sandalias no tendría que estar recordando esto.
¿Por qué tienes que alejarte cada vez que estoy tan cerca de ti?
Pero cada vez los pasos que daba eran mucho más largos, algo extremadamente extraño, no es como debería de moverse una persona. Creía que serían Artemiss o Dalia jugándome una broma por mi cumpleaños, pero veo que es algo más.
Al final mis sospechas terminaran siendo ciertas, pero es algo que quiero ignorar por el momento, no es algo a lo que quiera hacerme cargo en estos momentos.
El sol seguía con su trayecto y esa misteriosa persona continuaba bajo esos rayos de luz brillantes. Me preguntaba si sudaría, si se cansaría, si se le entumecería las piernas.
Pero que bobadas estoy diciendo, si sé perfectamente lo que es. Tan solo me estoy haciendo la loca. No obstante, me irrita que siga ahí porque siento su mirada tan pesada sobre mis hombros.
El reloj ya marcaba la hora para empezar nuestra reunión que se había vuelto habitual entre nosotras. Día de por medio nos encontrábamos en el refugio para dar información de todo lo que nos enfrentábamos o como iban avanzando nuestras ideas.
Como fue lo estipulado “normal” en este pueblo y como era de esperarse, ninguna de nosotras tenía cierto vínculo con la escuela y es por eso que ahora que somos más hemos decidido comenzar con la restauración del refugio que una vez mi madre inicio.
Me cuesta creer que hayas llegado a ser una buena madre, pero como mujer, sobresaliste en todos los ámbitos, madre.
Y quiero seguir tu ejemplo, pero hacer las cosas de una manera que te sobrepasen.
Desde ese día no hemos vuelto a ver a Ameli, su declaración de odio ahora repercute fuertemente en nuestros corazones; más que todo sobre Artemiss que veía eran bastantes amigas.
Espero que algún día me puedas perdonar por haberla usado a ella. No tenía más opción. Pero hasta que ninguna de las dos se dé cuenta, no tendré que contarles porque fue ella y en menor medida fuimos nosotras.
Pensaba que sería alguien que podrá soportar todo el daño causado, pero verla así de afligida también me influye. ¿Por qué sucede esto?
Mientras Artemiss decide inspeccionar por enésima vez el refugio, me llevo a Dalia hasta una esquina para que no pueda escuchar nuestra conversación.
- Me ha visitado esta mañana.
- ¡¿Qué?! –menciona Dalia sobresaltada.
- Y probablemente siga ahí frente a la ventana ahora que regrese
- No pensaba que fuera a llegar tan pronto… -revela Dalia.
- Hoy es mi cumpleaños.
- ¡¿Qué?!, ¡¿hoy es tu cumpleaños?! -Dalia grita lo suficientemente fuerte como para llamar la atención de Artemiss y hacer que recorra toda la biblioteca tan rápido como pueda para unirse a la conversación.
- ¡¿Cómo así que hoy es tu cumpleaños?! –pregunta indignada Artemiss-. ¡¿por qué no me habías dicho nada?!
- Pues…
- ¡somos tus amigas! –rechista Artmiss enfadada.
- Nunca he tenido amigas a quien comentarles este tipo de cosas.
- ¡Eso es lo que hacen las amigas!, parece que voy a tener que darte lecciones de amistad.
Tan simplemente me rio con los comentarios inofensivos de Artemiss. Sin importar que tan crítica este la situación en momentos como estos, ella sigue pareciendo muy inocente con todo esto.
En los reflejos de los cristales del refugio podía seguir viendo a esta sombra, o persona, o cosa indescriptible que no logro observar, tan solo una capa.
Pero frente al gran espejo que había en el comedor quien portaba esa capa negra que te cubre de pies a cabeza soy yo. No veo ni siquiera mis ojos a través del cristal, pero si puedo verlo todo claramente.
¿Qué?
No, no, no, no.
Yo todavía no he aceptado esto y aún no ha llegado el final del día como para que tenga que tomar una decisión.
Con el resto de las cenizas de las personas que han perecido a lo largo de la existencia de este pueblo, se escribió sobre el espejo un mensaje que me helo la sangre.
“Entre tu pequeña amiguita y tú, fuiste la elegida para llevar este y los siguientes trabajos”
¿y los siguientes trabajos?
¡No intentes aprovecharte de nosotras!, tan solo te hemos invocado para una sola vez.
“En los juegos de la vida; es la muerte quien pone las reglas”
Y luego de borrar las cenizas sobre el espejo, una corriente helada toca mi cuerpo y el de Dalia, haciendo congelar nuestras miradas de preocupación la una frente a la otra.
- Ya ha elegido a una de las dos, ¿verdad? -pregunto Dalia cuando llego hasta mí, con su piel completamente erizada.
- No será una sola persona.
- ¿Qué quieres decir con eso? –cuestiono Dalia, extrañada.
- Él ha sido quien ha puesto las reglas.
- Entonces no tenemos más opción que obedecerle –zanja Dalia al ver que Artemiss va acercándose a nosotras.
Artemiss nunca ha escatimado en detalles cuando le surge una idea y el plan de reconstruir este refugio para que vuelva a tomar la vida de una biblioteca oculta ha quedado a su cargo, mientras que Dalia es la encargada de reunir a las demás chicas del pueblo, o las que aún sobreviven; mientras que yo reúno la información necesaria para descubrir como era este lugar en el pasado.
Y debemos andar con cuidado, porque a pesar de que siempre vean a Dalia dirigirse a este lugar y es en parte por esto el gran odio que le tiene, si descubren que más chicas han comenzado a visitar este sitio, nos darán caza a nosotras tres.
Ya todo el pueblo nos conoce e identifica a nosotras y puede que estemos tan cerca del fuego, como lejos de las sogas, pero lo que tenemos fijo por estas personas son unas calabazas.
Al terminar nuestra reunión, Artemiss no dejaba de presionar para que fuéramos a comprar un helado por motivo de mi cumpleaños.
- Sabes muy bien que no podemos hacer eso.
- ¡Yo me ofrezco! - seguía rechistando Artemiss-. Es por tu cumpleaños y eso solo pasa una vez al año.
- ¡Que no!, ya te lo he dicho, nuestros cuerpos en estos momentos no están para soportar otra más de sus atrocidades.
Parecía una niña pequeña cuando se le negaba algo. Su cara de pucheros, a pesar de ser tierna n lograría convencernos a ninguna de las dos.
Pero, en fin.
Una vez dejamos a Artemiss en su casa; Dalia y yo nos dirigimos hasta el cultivo de calabazas.
Por el momento se veía un campo desértico. Apenas si estaban brotando los primeros tallos que portaría las flores de la víspera de un nuevo cultivo.
Por ahora en el momento del ocaso, se veía un verde marcado por la violencia y donde en sus tierras se sembraba el mal.
Tuvimos que esperar hasta media noche, cuando ya ninguno de los privilegiados iba a dar una ronda de cuidado al campo para así excavar en el suelo y desenterrar la bola de pelos de Don Gato.
- ¿a quién escogió? –pregunto Dalia con un semblante firme.
Luego de un largo suspiro, decido confesárselo.
- A mí…
- Supongo que te vio como la más cualificada en este trabajo –zanjo Dalia-. Si así es como lo decidió al final, puedes hacerlo.
- Nos veremos en un buen tiempo, aunque para ti solo serán unos minutos.
Dalia permanecía en silencio mientras me comía a mordiscos gigantes la bola de pelo. Mi cuerpo comenzaba con convulsiones pequeñas hasta llegar a quedar completamente paralizada.
- Cuida de mi cuerpo.
Y en segundos mi visión quedo completamente sesgada.
…
“Nuestras pisadas son efímeras… al final del día las huellas que dejamos en el camino son borradas por el viento feroz de la humanidad y contra eso no podemos hacer nada”
- ¡Ven a cenar! –gritaba la mamá desde el interior de la casa.
Era una casa grande para tan solo dos personas. En sus tiempos de antaño debió haber sido un hogar muy colorido y una vivienda bastante hermosa.
Ahora sus tablas de madera con la que fue construida se han ido deteriorando con el tiempo y se ha vuelto la comida favorita de los gorgojos.
- Ya voy mamá –respondió la niña quien jugueteaba entre las hojas.
“otoño. La época del año donde los días son más cortos; como la vida y las noches tan largas, como la muerte”
Esa es la única condición para que pueda existir la vida, muerte tras muerte. Al final esto termina siendo una divina tragedia.
La niña salía de entre las hojas, tambaleándose por el mareo que le había causado levantarse tan rápido y entro a la casa a trompicones, pero apenas abrió la puerta; un olor suave a estofado inundo sus fosas nasales haciéndole recobrar la estabilidad rápidamente.
Tomo la cuchara con firmeza en cuanto su madre puso el planto sobre la mesa y con una delgada, pero cariñosa sonrisa, le daba las gracias a su madre. Se veía cansada, no solo por el paso de los años, sino por los cautelosos cuidados que ha debido de tener con su hija.
- Ya sabes que si vas a estar afuera, rápidamente debes de tomar tus medicinas al volver a casa o podrías enfermar gravemente.
- Lo sé, mamá –respondió la joven niña más concentrada en la comida que en las palabras de su propia madre.
- Voy a traerte las pastas para que te las tomes en cuanto acabes de comer.
La explosión de sabores revoloteaba en la boca de la chica, su cuerpo se sentía nuevamente caliente y recargado con la energía suficiente para poder tomarse una ducha.
Sus pasos eran firmes, aunque vacilaban de vez en cuando entre escalón y escalón. Su cuerpo no tenía mucha resistencia física, por lo que llegar hasta la bañera que quedaba en el segundo piso significo una tortura.
Pero una vez el agua caliente acariciaba con suave ternura el cuerpo de la joven chica sentía como que todo hubiera valido la pena, aquel líquido climatizado calmaba todas sus dolencias, pero al mismo tiempo le recordaba que su vida ardía de la misma forma.
Su cuerpo desprotegido ante el frío del otoño le hizo vivir un ataque de tos que poco a poco iba dejándola sin poder moverse, sus pulmones iban estropeándose y su estabilidad iba decayendo poco a poco hasta caer al suelo, inmóvil y sin ninguna posibilidad de pedir ayuda.
La madera rechinaba como si alguien estuviese desesperada y un sonido interrumpió en la ducha.
- ¡Cariño!
En sus ojos se revelaba la preocupación hacía su hija y su impotencia por ver su estado y por lo que tiene que luchar día tras día.
- Es por esto que te digo que no tienes que salir y sobre todo en esta época.
Su madre la envolvía en toallas de baño para devolverle el calor que su cuerpo buscaba con ansias hasta mermar los ataques de tos.
Su vida era un pequeño cristal, tan debilitado y con miles de grietas que me ha sorprendido como no ha llegado a romperse todavía.
Los brazos protectores de la madre llevaron a su indefensa hija hasta su habitación, en cada pisada la madera rechinante reflejaba el dolor la cansada mamá.
- Quédate descansando.
Hubiese sonado como una orden, pero la verdad es que en el estado de su hija era imposible que llegara a moverse. Ese espasmo había llegado a debilitar todo su cuerpo.
Ya era la hora.
La luna en lo más alto.
Las hojas volando lejos.
Y la oscuridad acechando.
Lanzaba unas pequeñas rocas hacía la ventana para llamar su atención. Sabía que estaba despierta y su instinto respondería a mi llamado.
Para este entonces, el señor que le vende los medicamentos debe estar dentro de su habitación.
Y ahí estaba ella, asomando su cabeza en la ventana. Sin mucho esfuerzo quito el seguro que la detenía y la abrió; para que sus cabellos dulcemente trenzados y arreglados por la madre para su visita se mecieran en el cielo.
- Oye tú, deja de tirarle piedras a mi ventana, quiero dormir.
- Sígueme.
- ¿Quién eres? –su voz sonaba afligida.
- Vamos a explorar el bosque.
- Pero no puedo bajar…
- Solo tírate. He preparado tu caída aquí abajo.
Y simplemente salto, cual pájaro que busca la libertad.
Me comenzó a seguir sin rechistar y sin realizar demás preguntas, como si fuese la guía que siempre había estado esperando.
Las hojas crujían bajos sus pisadas y eso parecía hacerla feliz. Por primera vez en su vida sentía que podía moverse con tanta facilidad; como los otros niños.
Pero sus piernas rápidamente empezaron a debilitarse, no habíamos siquiera llegado hasta el lugar predilecto cuando tropezó y sus huesos eran incapaz de sostenerla.
- No puedo levantarme –confeso la chica.
- Entonces hasta aquí llega nuestro viaje el día de hoy.
La chica fue arropada por las hojas otoñales que volaban por en conjunto con el viento de la noche, hasta que amaneció y su cuerpo se sentía tan cansado por la travesía de anoche.
La puerta de la habitación de la chica se movía con sumo cuidado, una madre que no deseaba despertar a su hija tras la larga velada que había tenido.
- ¿ya estas despierta? –preguntaba la madre con una mirada de consuelo. Más para ella que para su propia hija.
- Creo que sí, madre –respondió su hija confundida.
- Hoy volverá el señor de la medicina –anuncio.
- ¿Otra vez?
- Dijo que nos daría una promoción mejor si… bueno… sabes que estamos cortas de dinero.
- Está bien –zanjo la hija cansada.
Los deseos se vislumbraban en el reflejo de la ventana donde pasaba sentada la gran parte del día sin poder moverse. Cualquier movimiento la debilitaría para la noche y era un lujo que no podían darse justo ahora que estaban cortas de dinero.
La noche volvía aparecer y junto a ella aparecía de nuevo frente a la chica. Desde la noche anterior vengo sintiendo que su rosto se me hace ligeramente familiar, pero total no puedo empatizar con la persona.
En vez de aterrarla con mi presencial, al parecer le causaba cierta curiosidad descubrir que soy.
Frente a su ventana no se veía más que una sombra negra, ella me veía como su propio reflejo traslucido, a través de mí era capaz de ver lo que había detrás y en sus ojos brillaba la curiosidad.
- Salta.
- ¿no me haré daño?
- Solo salta de una vez.
Sus pies desnudos se apoyaron en el marco de la ventana y pronto se encontraron en el aire hasta que su cuerpo cayó sobre una gran montaña de hojas carmesí.
La serenidad del bosque levanto el cabello de la chica, por primera vez en su vida sentía esa tranquilidad sobre su cuerpo. Me quede observándola por un momento, mientras ella parecía disfrutar de lo que acababa de pasar.
- Sígueme.
Siendo sincera, no sabía hacía donde me estaba dirigiendo. Me estaba dejando guiar, ¿por ella?, quizás. Seguía corriendo esquivando los árboles y los troncos caídos. Era el pueblo, sin lugar a dudas lo era, puedo reconocer este tipo de vegetación.
Pero, ¿quién es esa chica?
No, no.
No porque haya sido la elegida tiene que significar que esta chica tenga que estar relacionada conmigo.
Sin embargo… me esperaba una reacción diferente sobre ella. Todas las personas saben lo que soy cuando llego de esta forma.
Pero quizás algunas personas están preparadas.
La chica frenaba en seco para tumbarse sobre una pila de hojas carmesí. Esta vez había aguantado más que la noche anterior.
Ya se va haciendo a la idea.
Ojalá que sí. Quiero regresar lo más pronto posible. ¿Cuánto tiempo habrá pasado ya?
- Sí te toco… -menciono la chica de repente-. ¿Mi mano seguirá de largo?
- Tócame.
La chica alzaba su brazo nerviosamente para posarlo sobre mi abdomen y para su sorpresa, su mano quedo en mi abdomen. Tanto ella como yo quedamos atónitas, no me imaginaba que llegara a ser capaz de sentirme.
- ¿eres de verdad? –cuestiono la chica.
- Solo si así lo deseas. Puedo estar como no estarlo.
Fue lo único que se me ocurrió decirle, no obstante, pareció funcionar y creer en mis palabras.
La chica era capaz de seguirme el paso, veloz, decidida y disfrutando de la brisa junto con las hojas color carmesí que caían de los árboles.
Hasta que…
- Auch
- ¿qué pasa?
- Siento un dolor en lo más bajo de mi abdomen.
El dolor repentino que sintió la chica la tumbo de rodillas al suelo.
No llegue a imaginarme que esto sería capaz de suceder.
- ¿puedes pararte?
- Creo que sí… -titubeo la chica mientras trataba de levantarse.
Continuamos el paso a través del bosque a un paso aminorado, pero el dolor volvió a invadir la parte baja del abdomen de la chica, obligándola a arrodillarse nuevamente.
- El dolor… -La chica parecía estar asfixiándose, pasaba desesperadamente sus manos por la garganta, para quitarse lo que fuera que la estuviese atrapando, pero no había nada en su cuello-. El dolor se está intensificando y… me estoy… ahogando… me estoy ahogando…
Esta debe ser la parte más desesperante de ti, ¿no es cierto?, ver como la persona esta sufriendo, pero aun así no poderte involucrar, te quedas ahí viendo fríamente mientras la otra persona se retuerce en su agonía. Debes de sentirse impotente con este tipo de escenas.
¿no es así?
Porque yo me siento así ahora mismo…
- Tss.
La sangre brotaba de entre las piernas de la chica y en su cuello se estaban marcando una mano robusta.
- Será mejor que continuemos otro día.
Ha sido todo por hoy.
Continuará…