Parte 2: la invitación

4057 Palabras
El día prometía ser frío. El otoño había llegado con mucha más fuerza que con anterioridad. La madre abrazaba a su pequeña hija con gran fuerza, un abrazo que se hallaba cargado de amor. Un nuevo ataque de tos invadió el cuerpo de la chica, quizás por la pequeña escapada de anoche. Pero solo basto con un episodio de tos para dejarla completamente postrada en la cama. -          ¿Soy una carga para ti? –pronuncio con gran esfuerzo la chica. Sus ojos estaban empañados de lágrimas. -          Claro que no lo eres.  –Las palabras de la madre iban cargadas de una ternura inmensurable, mientras que limpiaba los empañados ojos de su apreciada hija. Las hojas caían con el transcurrir de las horas y no hacía más que jugar con ellas mientras llegaba la noche y nuevamente la conduciría por ese camino lleno de espinas.   -          Ya estuviste tirada en tu cama todo el día. Ahora ven conmigo.   La enferma chica negaba sutilmente con su cabeza. -          Por salir anoche, hoy mi madre no pudo disfrutar del día porque tuvo que estar pendientemente de mí. -          Ven conmigo. Te mostraré algo acerca de tu madre. Mis palabras atraparon el interés de la chica. Se notaba que le tenía un gran aprecio a su madre y no deseaba seguir siendo una carga para ella. Hizo un gran esfuerzo por salir de la cama, pero en cuanto sus pies tocaron el suelo su cuerpo se volvió ligero como una pluma. Una vez más sus pies encontraron el frescor del aire y su cuerpo fue recibido por la montaña de hojas que forme durante toda la mañana. -          ¿A dónde iremos hoy? –pregunto curiosa la joven. Empecé a caminar y sin titubear la chica comenzó a seguirme, como si ya se le hubiera hecho habitual esta situación. Sin darme cuenta, inconscientemente le habíamos dado la vuelta a la casa y nos encontrábamos frente a la puerta principal. -          ¿preparada? Tan solo dejaba que mi intuición me guiara. -          ¿qué hacemos frente a la puerta de mi casa? Un impulso me guío para abrir la puerta. Fue cuestión de segundos, contados, como si hubieran durado minutos, los que pasaron para abrir completamente la puerta. Sabía lo que estaría sucediendo en su habitación, por lo que decido llevarla hasta allá. Doy el primer paso y la chica no duda en seguirme, sin preguntarme y sin rechistar, solo imitaba mis movimientos.   El camino de las escaleras parecía largo por el retumbante e incesante dolor que la chica sentía debajo de su abdomen, punzadas que la obligaban a arrodillarse en medio del escalón. Es imposible que este estado pueda sentir ese tipo de dolor. Pero lo siente. Y eso me ofusca. Entre enojo y compasión, decido hacerme cargo de su cuerpo lleno de dolor y cargarlo hasta el final de las escaleras y para cuando llegaron a la segunda planta, ahí estaba ella. La mamá de la chica estaba arrodillada frente a la puerta de la habitación de la chica agarrando el cerrojo entre sollozos de impotencia y arrepentimiento. -          ¿madre?, ¿madre por qué estas así?, es por mí, ¿verdad?, madre no llores, por favor, yo estoy bien, mírame. Pero su madre no estaba llorando únicamente por la enfermedad de su hija. La chica se zafó de mis brazos cayendo estrepitosamente al suelo, pero con las pocas fuerzas que sentía iba arrastrándose hasta su madre. Iba decidida a hablarle, por lo que no tuve más opción que sujetarla por la muñeca con fuerza. -          No deberías de ir. Sus ojos eran una pequeña bola cristalina a punto de romper en llanto. La puerta de la habitación de la chica chillo estruendosamente… sus zapatos lustrados resonaron entre la madera vieja y podrida. Un traje formal vestía el cuerpo de un señor que rondaba cerca de los 40 años de edad. -          Con esto te alcanzara para su medicina –resoplo la voz del hombre amargamente. La madre recibió el dinero con sus manos temblorosas. Sollozaba y al mismo tiempo pronunciaba algo inaudible para nosotras. -          Pero… Los ojos de la indefensa madre se alzaron hasta encontrar la vista del señor. Sus pupilas se dilataron y su quijada demostraba lo tensa que se hallaba. -          Solo piénsalo. Puedes ganar dinero para la medicina de tu tonta niña. Fue el suspiro más largo, que incluso la eternidad no logro alcanzarla. Su cuerpo empezaba a relajarse, sin embargo, se notaba que todavía temblaba. La madre de la chica se levantó con gran ímpetu y dirigió al señor hasta su habitación. -          Ella no es tonta –pronuncio con firmeza la madre antes de entrar a la habitación. El chirrido de la puerta ceso en segundos y el silencio reino en toda la casa. -          Nos vamos ya. La chica no parecía querer moverse del lugar. Su mirada se encontraba ausente y su cuerpo parecía inerte. Lo único que delataba un rastro de vida eran las lágrimas que rodaban sobre su mejilla. En medio del bosque, los ojos cristalinos de la chica volvieron a romperse en miles de pedazos. Arrodillada, los gritos de la chica penetraron el eco del bosque, las hojas se afligieron y el cielo se acongojo. Todo empezaba a caer lentamente. Los débiles movimientos de sus pies arrastraban consigo el peso de su vida. Las hojas que, incluso, le brindaban algo más de compañía; prontamente la abandonaron tras una ráfaga de viento que arrebato hasta sus lágrimas. Decidí continuar el camino, el chasquido de las ramitas quebrándose por nuestras pisadas resultaba un sonido algo relajante, quizás. Para cuando caí en cuenta de lo mucho que habías continuado caminando, nos encontramos frente a un hundimiento en medio de todo el bosque. ¿Esto siempre ha estado aquí en el pueblo?, en todo el centro, en medio de todos los árboles y densa vegetación se hallaba una cabaña con las ventanas rotas y por lo que veía en el estado de la madera, parece ser un lugar que lleva consigo varias décadas de memorias. El lugar ya empezaba a caerse en pedazos. Seguimos caminando hacía la cabaña, a ambas sinceramente nos estaba ganando la curiosidad, pero un impulso en mí me indicaba que debía de llevarla hasta allá, pero la chica iba debilitándose conforme se volvía más inclinaba la bajaba. Su cuerpo no resistía más el estar abriéndose paso en medio de la densa vegetación que sus piernas fallaron y con un paso en falso, todo su cuerpo descendió hacía el agujero como una hoja. Al llegar al borde de la cabaña; su cuerpo había recibido múltiples golpes y parecía no haberlo resistido, pues un ataque de convulsiones envolvía su débil organismo. A pesar de todo me dolía tener que quedarme observándola frívolamente, mis ojos se clavaban en la espuma que emanaba de la boca de la chica, mientras que ella con su mirada me pedía desesperadamente que la ayudara. -          Ya es hora de volver. Cada vez que decidía regresar, mi mano se sombreaba de un color n***o y en las yemas de mis dedos reflejaba todos los miedos con los que siempre había vivido esta chica y en su rostro se reflejaba la desesperación. Estiraba mi mano hasta su rostro para llevarla de vuelta, pero su determinación me sorprendió; frenando mi brazo en seco, sujetándolo con toda la fuerza que era capaz de hacer. Podía romper con su brazo, pero sus palabras me detuvieron frente a ella. -          Aún… no quiero regresar –pronuncio la chica con determinación. Sus convulsiones parecían cesar y volvía a tomar el control sobre su cuerpo. La espuma que quedaba sobre su boca la escupió sobre las hierbas. La cabaña que estaba a nuestras espaldas había llamado por completo mi atención. No recordaba algo como esto en el pueblo y ninguna parte de este lugar se me hacía familiar. ¿Esto siempre ha estado? Tengo que regresar rápido con Dalia. Sin embargo… a la chica le parecía familiar este lugar. Me sorprendió ver el ímpetu con la que se movía. A pesar de que sus pasos eran pesados, pisaba con suma firmeza sobre la maleza hasta que puso sus pies sobre la cabaña. Cada parte del lugar se veía viejo y podrido; con solo verla se podía escuchar como rechinaba de la vejez, su aroma era acre y muchas de las vigas que se resistían al paso del tiempo ya comenzaban a deteriorarse y a caer poco a poco. A simple viste no parecía haber nada, tan solo una decoración anticuada de hace mucho, miles de años. Probablemente esto estuviese aquí antes de que mi madre llegara a este pueblo. ¿Podría ser este el lugar donde se ha originado todo el mal? Sobre el suelo de madera que lloraba de dolor con nuestras pisadas, había trozos de cristales clavados en el y no reflejaban más que un charco de sangre que conducía hasta la más profunda de todas las habitaciones y sobre el suelo… La chica quedo estática al verlo. Era un niño, probablemente de cinco años y sobre su estómago había sido clavado un vidrio que traspasaba todo su interior. Por la posición donde estaba el vidrio, posiblemente sus pulmones fueron perforados. -          ¿Qué te ha pasado? –pregunto alarmada la chica. -          Oh… esto… -el chico se esforzaba por hablar. Por cada palabra que pronunciaba, un ataque de tos lo se apoderaba de todo su cuerpo, acompañado de un chorro de sangre-. Esto… no… es… nada… ¿Y este chico quien es? ¿Y qué hace aquí? ¿Quién se supone que es? ¿Un niño? ¡¿Un bebé?!   ¡¿Es un bebé?! Pero esto… pero si esto es imposible. La maldición que dejo mi madre sobre este pueblo no permite que nazca ningún niño. Pero él está aquí. Frente a mí. Y ella… Ya lo recuerdo todo. Ya recuerdo quien eres. El hecho de que este aquí significa que esta funcionando, pero… ¿y si él es su hermano? ¡¿Será su hermano?! Esto rompe con todo lo que conozco en estos momentos. -          No te esfuerces en hablar, espera.  –Las palabras de la chica me sacaron de mis propios pensamientos. Había mencionado que tendrían que ser más personas, pero dos en un mismo lugar no creí que fuera a ser posible. Los ligeros movimientos de la chica hicieron que los ojos del joven se clavaran en ella. Su blusa no demoro en tonarse del rojo de la sangre en cuanto fue puesta sobre el torso del joven ensangrentado. El pecho de la chica subía y bajaba con dificultad y el frio del bosque, junto con la humedad de la madera no demoraron en atacar sus débiles pulmones y la tos retumbo en el sistema de la chica, sin embargo… no dejo de presionar la blusa contra el torso del joven. Algo la impulsaba a querer salvarlo. Quizás era ansiedad de saber que el joven moriría pronto en aquel lugar oscuro y frío. De pronto, la hemorragia empezaba a ceder y los ojos de la chica no soportaban estar más tiempo despiertos… momentos después de detener toda la sangre, cae inconsciente al suelo. Era momento de volver. No soportaba estar más tiempo ahí, ahora tenía muchas más preguntas que respuestas que antes y esta situación no ayudaba. Sentía que por mi pecho recorría una súbita ansiedad. -          Es hora de volver, chica. Mientras ella este inconsciente, quizás pueda averiguar algo sobre este niño. -          Ya vendré por ti. … El amanecer anunciaba consigo el comienzo de un nuevo día. Los rayos de luz iluminaban la cara de la chica a través de la ventana, los ojos cristalinos de la joven observaban con anhelo las hojas que poco a poco decían adiós a las ramas de los árboles. Todos caeremos, al igual que las hojas. En un instante, un pensamiento fugaz se robó toda la atención de la chica para dirigirla al joven que conoció la noche anterior. Decidida y sin esperar que la luna iluminara su camino, bajo en puntillas las escaleras y salió de casa. Algo en su interior le dijo que saltar de la ventana como lo hacía noches anteriores podría resultar en una mala idea. Que tú estés en estos momentos frente a mí es capaz de cambiar la realidad que conozco. Son de esos días en los que el sol es opacado por las nubes grises y el frío termina por marchitar todas las flores. Las hojas carmesíes crujían con las suaves pisadas de la chica, tan efímeras, que, así como una ráfaga de viento borraba su rastro, también podría hacerlo con su vida. Un diminuto rastro de sangre empezaba a marcar el bosque. Las manos astilladas de la chica por los roñosos troncos de madera, su cuerpo se veía frágil, como si en cualquier momento fueran a quebrarse. La chica no llego ni siquiera a la mitad del camino cuando perdió por completo la consciencia y el sol termino por ocultarse atrás de las nubes; no deseaba ver el tembloroso cuerpo de la joven y envió gotas de lluvia para cubrir su sufrimiento. Esa noche… la chica no despertó. Soy un simple espectador en estos momentos. Ni en la vida ni en la muerte nos encontramos en estos momentos. Pero siempre el precio de la vida es tu muerte. Y el precio de un pacto con la muerte. ¿Será esto? El calor que cubría el cuerpo de la chica fue el mismo que hizo despertarla a la mañana siguiente, como si sus órganos volvieran a funcionar. Adentro de la habitación todo era cálido mientras que afuera se desataba una gran tormenta. El fuego resplandeciente pronto se convirtió en un fuego cargado de furia y preocupación en los ojos de la madre de la chica. -          ¡¿Pero qué demonios estabas pensado ayer?! -          Yo… -al ver la expresión enfurecida de su madre, la chica enmudeció. -          ¡Podrías haber muerto! -          Yo… lo siento ¿así que esto es lo que significa tener una mamá? -          ¡Nada de lo siento! –expreso la madre furiosa-. ¡¿no ves todo el esfuerzo que hago por ti?!, ¡¿por qué eres tan desconsiderada conmigo?! Los sentimientos de la chica desbordaron por su rostro sin cesar. Sus ojos cristalinos estaban inundados en una marea de aflicción. -          Sé que soy una molestia para ti, mamá –susurro la chica. -          No hija… yo no quise decir eso… La joven chica interrumpió a su madre empujándola hasta la salida. Sus pálidos pies temblaban ante el tosco tacto de la madera, aunque podrida, se sentía lo caliente. -          No es necesario que digas más, quiero estar sola.  –Y Tras las súbitas palabras de su hija, la joven chica cerró con firmeza la puerta de su pieza. Tras el silencio era acompañado por las gotas de lluvia que caían sobre el tejado y se colaban entre las vigas de madera y terminaban por helar el cuerpo de la chica. El sol no atrevió a aparecerse en todo el día; aunque se sabía que estaría por ahí en algún lugar del cielo, decidió permanecer oculto tras las nubes hasta que estas decidieron dar el paso al manto plateado de la noche. Estaba ahí, frente a ella, tratando de resolver el acertijo en mi cabeza. ¿Cómo conoce ella la sensación de una madre? ¿Cómo es posible que ella tenga un hermano? -          ¡Lo sabía! –grito la chica-.  ¡Yo solo soy un impedimento para mi madre!, ella no es feliz conmigo… Es por eso que ella es la indicada para este ritual. Ella debió de haber nacido días antes de que su madre fuera la elegida para el festival. Entonces el hechizo de mi madre empleo la sangre de una mujer que acababa de salir de embarazo y de una mujer embarazada… -          Vámonos. Tengo que ponerle fin de una vez a esto y regresar. La chica dudaba ahora. Sus pies no podían mantenerse firmes y tenía miedo con cada paso que daba, pero una vez salto por la ventana y sintió cada una de las partes de su cuerpo como si estuviera volando junto con las hojas otoñales. Las hojas carmesíes tenían el destello plateado de las estrellas y cuando vieron a la chica caer, se hicieron a un lado y sus pies recobraron el sustento que perdió la joven hace años. Sus piernas fueron ligeras y el camino veloz. La lluvia adornaba su cuerpo. Deseaba sentir hace mucho la delicadeza de su cuerpo. No demoramos mucho en llegar hasta el hundimiento y… la cabaña seguía ahí con su aspecto abandonado y viejo. Descendimos con mayor velocidad en comparación a la primera vez, esta vez sin tropezarnos y todo en la cabaña seguía igual. Su olor, su aspecto y su río de sangre. Los estruendos que desprendían las nubes con un trueno fueron capaces de iluminar el interior de la cabaña acompañada del rojo de la sangre. La joven chica se exalto al ver al niño nuevamente tendido en el suelo, con el cristal enterrado en su estómago. No dudo en ir a auxiliarlo, apretando su blusa contra la herida del indefenso niño. -          ¡¿Có…mo?!, si ya había… -          Oh… esto… -el chico se esforzaba por hablar. Por cada palabra que pronunciaba, un ataque de tos lo se apoderaba de todo su cuerpo, acompañado de un chorro de sangre-. Esto… no… es… nada… -          Lo sé… lo sé… -La chica empezaba a desesperarse-.  Si ya te había curado, por qué de nuevo… -          Despídete de tu hermano, Ameli. -          ¡¿Cómo sabes mi nombre?!  -pregunto exaltada-. Nunca llegué a decírtelo. Conforme iba avanzando, era capaz de tomar la forma del pequeño niño que se encontraba tendido en el suelo. No sabía que era capaz de poder hacer esto. -          Vamos, despídete de él porque era la última vez que lo puedas ver. -          ¿Cómo sabes de nosotros? –Amelí empezaba a desesperarse. -          Porque soy tú. Y también era capaz de tomar la forma de su cuerpo, incluso de modificar mi voz para hacerla igual que ella. Tome su muñeca y la pose sobre las mejillas del chico que poco a poco se enfriaban. -          Prometo que te buscare, porque quiero conocerte –confeso Ameli. Las cenizas volaban por todo el lugar desintegrándose al mismo tiempo que su hermano y ahora en la habitación solo quedaban ellas. -          ¿qué cosa eres? –pregunto Ameli-.  ¿Qué hiciste con mi hermano? -          Nosotros somos efímeros, Ameli. Removí de mí la capucha que cubría todo mi cuerpo, me concedió el permiso para romper la regla por esta y única vez. Me mostré como soy frente Ameli. -          Soy yo, Saray. Pero como era de esperarse, no llego a reconocerme.    -          La vida es efímera, Ameli. La muerte… es eterna, como la noche. Lo estás viviendo, amiga.   -          ¿de qué estás hablando? –Titubeo Ameli mientras me veía acercar. -          Somos efímeros, Ameli… Mi mano cubría por completo su rostro. Todo su miedo al parecer se había esfumado y al parecer había encontrado una especie de paz. Bajo nuestros pies se formaba un agujero que llevaba a la nada, solo se observaba lo n***o del espacio y las estrellas de la noche y ambas caímos sobre el. “Nuestras pisadas son efímeras… al final del día las huellas que dejamos en el camino son borradas por el viento feroz de la humanidad y contra eso no podemos hacer nada” … No dejaba de atrancarme con la espuma que terminaba de salir de mi boca, los pelos atascados en mi garganta hicieron que me levantara rápidamente del regazo de Dalia para vomitarlo todo. La noche seguía brillando bajo nosotras dos. Las estrellas misteriosamente iluminaban nuestros cuerpos. Todo seguía igual. -          ¿Cuánto tiempo ha pasado? La tos no me dejaba hablar bien, pero una vez saqué hasta el último pelo de Don gato de mi interior, pude tomar grandes bocanadas de aire. Los ojos de Dalia estaban fijos en mí y con gotas de lluvia que caían sobre su rostro, soltó para abrazarme. Era la primera vez que veía alguna expresión sobre su cara. La chica que parece no tener ninguna reacción la estaba teniendo conmigo. -          Tenía mucho miedo –confeso Dalia una vez termino el abrazo-. No dejabas de convulsionar… hasta llegaste a sangrar por la nariz, sabes lo peligroso que puede llegar a ser este tipo de cosas. -          Es lo que implica hacer un pacto con la muerte. -          Lo sé, pero de todas formas me he preocupado –admitió Dalia avergonzada. -          ¿Cuánto tiempo llego a pasar? -          Unas dos horas como mucho… -confeso Dalia. -          Ya veo. Mi expresión se tornaba más oscura conforme los recuerdos iban llegando a mi memoria. ¿Cómo Ameli tenía consciencia de su madre si realmente todo lo que le mostré fue de sus deseos? Si Ameli nunca la llego a ver, ¿cómo es capaz de recordarla? ¿Cómo es consciente de su hermano? ¡La cabaña!, seguramente ahí encontraríamos todas las respuestas que necesitábamos. -          ¿Saray? -          Ameli tenía un hermano… -          ¡¿Qué?!, ¡Eso es imposible! Sin titubear comencé a contarle a Dalia con sumo detalle todo lo que el inconsciente de Ameli me había mostrado en su camino al limbo. Sobre su madre y su enfermedad, como fue abusada, el lugar donde vivían y la cabaña que vistamos y sobre todo, de su hermano. -          En estos momentos, Ameli está muerta, ¿verdad? -          Así es… y tendremos que traer su cuerpo hasta acá para enterrarlo y así el hechizo funcione en su totalidad. -          Y tenemos que hacerlo antes de que vuelvan a dar fruto estas calabazas –anoto Dalia. -          También tendremos que ir a explorar la cabaña. -          Vayamos mañana, ahora ya esta tarde y acabas de regresar del limbo. Las estrellas parecían estar de nuestro lado esta noche, pues no se han despegado de nosotras ni un solo segundo. Algo extraño considerando el lugar de mala muerte donde vivimos. Sin embargo, no guiaron todo el camino a casa. -          Ten mucho cuidado de camino a tu hogar –señalo Dalia. -          Lo tendré. Una vez cerró la puerta, el suspiro que siguió después fue como una descarga de adrenalina para mí. Como siempre, contaba con mi fiel acompañante para regresar a casa. Don Gato subía a mi hombro cuando su día había estado exhausto y yo desearía hacer lo mismo que él. Pero cuando llegué a la entrada de mi casa… Un hombre con traje elegante parecía estar esperándome. Su espalda era ancha y firme, sus zapatos pulcramente como de costumbre, ¿cómo no iba a reconocerlo? Sam. En cuanto se percató de mi presencia, no demoro en darse la vuelta y devorarme con su mirada lasciva.  Don gato se puso a la defensiva de inmediato y sus maullidos no se hicieron de esperar. -          Aguarda don gato. Desde ese momento no me había vuelto a titubear la voz, pero no voy a negar que seguía sintiendo miedo ante su presencia. -          ¿Qué hace una linda jovencita como tú en estas altas horas de la noche? –expreso Sam mientras acariciaba un trozo de mi cabello. Dos pasos hacia atrás fueron suficientes para que entendiera nuestra distancia o más bien, estaría de un buen humor. -          Espero que estés cuidado, Saray. -          ¿A qué has venido? Mi pregunta fue acompañada por un maullido de Don gato que lo hizo sonar amenazante. -          Vengo a traerte la respuesta de los altos ejecutivos tras la proposición que me hiciste ese día. Aguante lo más que pude la respiración para que mi cuerpo no decidiría colapsar de nervios y verme vulnerable ante él.  Un sobre rojo se hallaba frente a mis manos. -          Ahí está la respuesta –exclamo con gran éxtasis-.  Léelo cuando me vaya. Parecía tener prisa esa noche, sin embargo, tomo de su tiempo para acariciarme la oreja. -          Nos estaremos viendo pronto, Saray. Su espalda iba alejándose con toda la elegancia con la que esa gente había enseñado a caminarle y para cuando ya no estuvo visible, mi cuerpo cayo de rodillas al suelo. Había sido aceptada.  
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