Es muy extraña la ocasión cuando una estrella decide acompañarnos en el día. El panorama para este pueblo siempre es opaco, nublado y grisáceo. Quizás la última vez que el sol llego acompañar este lugar fue con la llegada de mi madre.
¿Sería ese el nacimiento de una nueva estrella?
¿O el nacimiento de una maldición?
Soy partidaria que el conocimiento no se le debe negar a nadie. De boca en boca, se transmutan los saberes y negarlos a tu predecesor es un acto de suicidio contra tu propia evolución, sin embargo; en el caso de mi madre, aquella persona no sabe la catástrofe o el milagro, que cometió sobre todos nosotros.
Desde el inicio de nuestro linaje; el poder de nuestra sangre y la bendición de la luna siempre han estado muy ligados, no podemos realizar hechicería si no tenemos el permiso de la mayor estrella, para nosotros, en el momento de nuestro nacimiento.
Y para el nacimiento de mi madre, todos los astros quien sabe donde se ocultaron, pero fue conocida como la época de la neblina.
Desconozco si fue por esa razón que se originó este pueblo, ¿sabes?, en esa época toda la hechicería resulto estar fuera de control, no había estrella que las supervisara, ni luna que las bendijera. Fueron tiempos donde la maldad de las personas relució por su presencia.
Fue a la edad de dieciocho años cuando mi madre encontró este pueblo. ¿Cómo lo descubrió?, ni siquiera a mí me lo pregunten, porque es algo desconocido para mi entendimiento.
Solo una entidad conoce todos los secretos de mi madre y ese es Don Gato. Ya han intentado acabar con su vida, pero como se han dado cuenta, no es un simple animal y ni siquiera él me ha revelado su verdadera naturaleza.
Pero, el nacimiento de mi madre fue tan solo la pequeña punta del iceberg de todo lo que vendría a continuación. Para nuestra especie y para nuestra honrada familia.
Era un día despejado con un cielo azul brillante. Todo parecía dorado en las infinitas nubes que de vez en vez se colaban en el cielo y por primera vez, después de mucho tiempo una estrella gigante hizo presencia en tal inmensidad.
El sol.
Comenzaba el momento del parto y mi abuela sabía que el tiempo no indicaba algo más que otro mal augurio para estos tiempos. No obstante, nadie contaba con lo que sucedería aquel fatídico día.
Otra aparición más hizo presencia en el cielo esa tarde, una luna llena tan fuerte en su esplendor se hizo notar rápidamente en los ojos de las personas e inmediatamente lo entendieron.
Un nacimiento que nunca debería de ocurrir.
El azul del cielo fue desvaneciéndose al mismo ritmo que los inminentes y dolorosos gritos de mi madre, sus aullidos de dolor trajeron consigo que el firmamento se robara el color de los rojos claveles rebeldes de un campo santo.
Y todo ese azul se convirtió en un manto de sangre y al mismo tiempo de peregrinación.
Los pájaros ni se atrevieron a anunciar la llegada de un nuevo bebé a este nuevo, o más bien, de una nueva bruja, en cambio, quien se atrevió a dar esta noticia fue la unión del sol junto con la luna, formando el mayor eclipse de la historia de estas insignificantes personas.
Todo se oscureció de golpe, las gallinas dejaron de cacarear y los bardos abandonaron sus canticos y mi abuela anunciaba el nacimiento de una nueva tragedia.
- Esta niña es un error –gritaba mi abuela afanada-. Debemos de matarla en cuanto termine de salir de tu vientre.
- ¡No podemos hacer eso, mamá! –exclamaba mi madre con furia-. Ella es nuestra última gota de esperanza.
Y con la última gota de sudor que mi madre derramo por mí; le dije hola por primera vez a este mundo que tan hundido en la miseria por siempre ha estado.
Y la primera roca rompió la tensión entre mi abuela y mi madre entrando por la ventana. Ellos estaban aquí, dispuestos a dar su vida con tal de acabar con la vida de esa nueva bruja.
La maldición que caía sobre las personas por enfrentar el poder de las brujas es una generación incapaz de prosperar, hasta que el perdón no llegue a los oídos delas brujas.
- Tienes que ocultarla, madre. Por favor.
- No pienso ser partícipe de este augurio –confeso mi abuela.
- ¡Por favor! –suplicaba mi madre-. Es nuestra última oportunidad de poder hacerlo, sabes todo lo que ha hecho esta gente sobre nosotros.
Pero mi abuela seguía negándose a continuar con tal acto.
- Sabes que entre nosotras las brujas no podemos negarnos, somos nosotras lo único que tenemos.
Y antes que mi abuela volviera a rechistar ante sus súplicas, la salvación parecía llegar frente a ellas.
- Ustedes dos váyanse –declaro Alice con seriedad-. Yo los distraeré para que puedan escapar. Saray tiene que vivir por el bien de nosotras.
Alice, la mujer que fue bendecida por una luna brillante como rojo carmesí y quien iba a dar a luz después de mi madre, apareció frente a ellas como el rayo de luz de una nueva aurora.
- ¡No puedo dejarte ir! –declaro mi madre ofuscada, ya conmigo entre sus manos-. No me permitiré perder a otra de las nuestras y sobre todo no pienso sacrificar a tu hija.
- Me temo que es necesario –dijo sin más Alice.
Era evidente para mi madre y mi abuela que al momento de ella cruzar la puerta, la vida de su bebé y la suya se convertirían en una ceniza capaz de arrasar con un pueblo entero. Con un pueblo que no tuviese la misma energía que este.
Instintivamente protegía su panza con las dulces manos con las que una mamá carga por primera vez a su hija, pero a pesar de su fuerte deseo de convertirse en madre, decidió abandonar uno de sus sueños para convertir sus plegarias en realidad.
La casa, si seguía en pie, era por la voluntad de resguardar a la primogénita de un eclipse lunar. Sin embargo, la bendición otorgada por ambas estrellas solo ocasionaría caos y al final solo quedaría la nada absoluta entre la vida, la muerte y el limbo.
Pero estos supuestos conocimientos solo serían unos vagos rumores, pues las brujas que nacían bajo la bendición del sol han traído la desesperación para sus propias almas desahuciada, sin embargo, nunca se ha tenido registro de una niña con ambas estrellas en su poder.
La mirada iracunda de mi abuela, mezclada con la desesperación entre sus pupilas, le suplicaban a mi madre que me asesinara, que pusiera fin al hechizo. Pues sabía que mi nacimiento implicaba el derramamiento de sangre de gente que no desearían.
Pero algo impedía a mi abuela arrebatarme de las manos de mi madre para acabar con mi vida y quizás era la idea de convertirse en abuela por primera vez y ver a su nieta a los ojos lo que afligían su corazón.
El recuerdo sobre mi abuela en esa tarde se nubla en mi mente, pues según lo que me ha contado Don Gato, ese día y por primera vez en nuestra historia; ella decidió abandonar su propia bendición.
Y es algo realmente imposible de hacer.
Y constantemente me pregunto, ¿cuál fue el pacto que tuvo que hacer mi abuela para poder hacerlo? O, ¿por qué hacerlo?
¿Me lo habrá dado a mí?
Es algo que siempre he dudado y que ni el propio Don Gato ha decidido contarme. Él también es alguien que es capaz de guardar los secretos al morderse la lengua.
- ¡ya es hora de que se vayan! –exclamo Alice desesperada momentos antes de abrir la puerta.
Su perfil era hermoso, una mujer con un cabello sedoso; mucho más florecido que el de mi propia madre. La puerta se abrió estrepitosamente y el clavel del cielo bordeo su silueta, era una rosa en su máximo florecimiento.
Su cabello crespo ardía de la furia y sobre todo, de la impotencia frente a la maldad de este mundo. Su semblante era firme como el horizonte y su ceño fruncido irradiaba el anhelo de un nuevo amanecer para ellas, un deseo que llegaría a ser posible con un nuevo nacimiento.
Pero ese no sería el mío.
- ¡Yo soy quien está a punto de dar a luz! –declaro con gritos suficientemente altos para que todas las personas fueran capaces de escucharla.
- ¡Ella es la bruja que traerá la nueva desgracia a nuestro pueblo! –replicaban algunos!
Y si supieran de lo desgraciados que son ya. Realmente no hace falta ninguna maldición, pues el ser humano es desgraciado por naturaleza.
- ¡Nosotros sabemos lo que significan las estrellas para ustedes! –gritaban con ira, una ira que era opacada por el sufrimiento de todas ellas.
- ¡Brujas!
- ¡Brujas!
- ¡Brujas!
Sus amenazadores pasos tendrían el poder de apartar las nubes y despejar el sangriento cielo que se mecía sobre ellos; sin embargo, era mayor el poder y más sincero el deseo de las brujas, su determinación se hallaba tallada por el firmamento de estrellas que una noche se posó en el nacimiento de la primera de ellas.
Piedras, ramas, incluso hasta antorchas volaban por encima de su cabeza para atraparla en un sufrimiento.
Las primeras zonas de su cuerpo que fueron apedreadas fue la garganta y su boca, para que no saliera de ella ninguna maldición. Después de todo, es un pueblo que sigue gobernado por el miedo y el salvajismo, por la hipocresía y la falsedad.
¿Qué más se podría pedir?
A pesar el tiempo que les estaba consiguiendo y de todo el dolor que su cuerpo estaba logrando soportar, mi madre y mi abuela no eran capaces de abandonarla. Sus cuerpos inmóviles por la desesperación iban a llevarlas a un colapso.
- ¡AHG! –tanto fue su dolor, que después de tener las cuerdas vocales destrozadas por la humanidad, aún se percibían sus gritos de dolor y agonía.
Aquel grito fue el que saco del trance a mi abuela.
Su piel tersa volvió a brillar frente las amenazas de la sangre, sus ojos color miel transmutaron al color del eclipse, reflejando la poderosa herencia de nuestra familia. Mi abuela ha sido de las pocas brujas que fue capaz de conjurar sus propios hechizos a la edad de los cinco años.
Y ahora, a sus ilustres veintiocho años volvería a sacar a relucir los dones que estuvo puliendo durante toda su juventud. Conjuros que nadie entre ellas sabía a excepción de ella.
- ¿qué crees que estás haciendo, madre? -pregunto mi madre, volviendo en sí después de ver a mi abuela amarrarse su lustrosa cabellera.
- No dejaré que muera en vano –exclamo mi abuela.
No hacía falta escuchar a Alice para saber el sufrimiento por el que estaba pasando. El mayor don que poseía mi abuela, era su capacidad de ver a través de sus ojos el sufrimiento de las personas por las que sentía un gran apego y no quería ver como una de las grandes compinches de la hermandad iba a ser atravesada por un gran pincho de madera desde su entrepierna hasta salir por su boca, para luego ser calcinada.
El destino de Alice siempre fue estar entre las llamas, del cielo o del infierno, le toco el fuego de la ignorancia y del miedo.
Era su navaja purpura la que sostenía con firmeza cerca de su muñeca y cuando volvieron a escuchar los gritos delirantes de Alice, mi abuela paso el filo tan cerca de sus venas formando un denso circulo con su sangre.
- Rápido, tráeme de esas vendas.
Mi madre me dejo frente a mi abuela mientras buscaba de los vendajes que fueron conjurados por Alice y ahí la veía a ella, realizando una especie de pentagrama donde en el centro dibujaba los símbolos del sol y el color carmesí de la sangre lo envolvía entre llamas.
- No dejaré que esos mal nacidos se salgan con la suya así sin más.
La trifulca de afuera se escuchan los gozos de haber atrapado a una más de las brujas con las que tanto se divertían ellos por las noches. Y se escuchó el primer trozo de madera siendo calcinado y la imagen de Alice y su desesperación le helaron por completo la sangre.
- Por las llamas entre las que tuviste que caminar en vida y las cenizas que forjaras ante tal injusticia, por el abandono que llevaste por tu propia familia y la esperanza que creaste con tu nombre, tu hija resurgirá de entre sangre y fuego de las personas que te han decidido cazar hoy.
“Su carne servirá para tu hija y sus almas se postrarán como alimento, sus plegarias y sufrimiento como motivo de vivir y un dulce carisma la volverá confiable.
“Y es así como tu hija se alzará sobre toda esta gente y no acosta de tu muerte. Porque tu sacrificio no será en vano y la nueva esperanza llegará de la mano de Saray y del nombre que las estrellas decidan ponerle a tu hija.
“Con este último grito de sufrimiento, tu hija verá por primera vez la luz.
Y el cielo se oscureció. Los claveles volaron lejos, las nubes se arremolinaban en el centro y la oscuridad sumía a ambas poderosas estrellas.
El manto plateado empezaba a brilla y de entre las tinieblas un sol brillante comenzaba a resurgir.
- ¡Hay otra bruja dentro de la casa! –exclamaron los aldeanos enfurecidos, pero dentro de su ira se escuchaba ese miedo que siempre han sentido frente a lo desconocido y eso le impedía a sus cuerpos que se movieran.
Una vez el cuerpo de Alice fue calcinado hasta la saciedad, un fuego abrasador comenzó a arrasar con la vivienda.
No fue un fuego que comenzó creciendo poco a poco, no; era incontrolable, como la ira de todas ellas y el paso hacía el jardín de las amapolas fue obstruido por el último esfuerzo de Alice junto con el de mi abuela.
Fue así como ambas, conmigo entre los brazos de mi madre, logramos alejarnos de un inminente peligro y refugiarnos en el bosque.
- ¿acabas de…
- Cállate y sigue corriendo –la interrumpió mi abuela-. Si nos paramos ahora es probable que nos atrapen.
El camino del bosque las dirigía hacía un lugar inesperado y desconocido por todo el mundo. Era temporada de verano, pero las hojas se comenzaron a tornar de un rojo carmín brillante, hojas otoñales caían sobre ellas.
- ¿Qué se supone que estás haciendo madre? –pregunto mi madre cuando se percató que mi abuela no había usado los vendajes para detener la hemorragia de su muñeca.
Y sin previo aviso, mi madre y mu abuela habían llegado al mismo al mismo lugar donde tuve que despedirme de Ameli y con un paso en falso, mi madre cayo rodando hasta la cabaña conmigo en brazos, haciéndome la cicatriz que ahora tengo en el brazo.
Unos pasos sonaban a lo lejos, imperceptibles para mi madre, pero perfectamente audibles para mi abuela, quien aún seguía encima y rápidamente le indico a mi madre que entrara a la cabaña.
Estaba igual que en el viaje, con los cristales todos por todos lados, la madera chillaba con cada pisaba y su olor acre invadía nuestras fosas nasales.
Rápidamente me vendaron el brazo que me estaba sangrando, no sin antes mi abuela recolectar un poco de mi sangre en un frasco que encontró por la cabaña abandonada.
- Voy a necesitar tu lengua, tu ojo y una de tus vertebras –zanjo mi abuela.
- ¿Qué planeas hacer? –pregunto mi madre.
- Nuestra muerte es inminente y lo sabes muy bien, no podemos dejar a Saray sola, no mientras sea una bebé. Necesitará de un guía para que pueda forjar sus poderes.
Mi madre escuchaba en silencio mientras que, con la navaja especial de mi abuela se rebanaba la lengua y cogía el coraje para clavarse aquel filo sobre sus ojos.
- A pesar de ser la bruja más poderosa de todas, ¿cómo es posible que no hayas pensado en esto?
Y mi madre le entrego su lengua y su ojo, solo faltaba su vertebra. Se tumbó boca abajo en la fría y helada madera de la cabaña y fue mi abuela quien llevo el proceso de extraerle su vertebra dorsal.
Solo faltaba la vértebra del animal que se convertiría en mi guía y el afortunado resulto ser un pequeño gato n***o que paseaba por el lugar en busca de refugio, quizás en algo de comida y un poco de calor.
Todo lo extirpo con una piedra sobre uno de los cuencos y luego de vaciar todo el interior del gato, introdujo toda esa mezcla en su cuerpo.
- Con mi alma bailando entre las filas del abismo, te la ofrezco como ofrenda para que guíes a mi nieta en este mundo tan carnal. Pero no seré yo quien posea este cuerpo, sino que lo hará mi hija en el momento de su muerte.
Mi madre se quedaba perpleja al ver la determinación de mi abuela, ¿en qué momento había cambiado de parecer al querer proteger a su nieta?
Y sé, quisiera estar segura de ello, que fue en el momento que dibujaba el pentagrama y nuestros ojos se encontraron, su mirada era fría pero llena de compasión, era dura debido al paso de sus años y las experiencias por las que ha tenido que vivir, pero en su interior era un ser de mucha bondad y amor.
Así era mi abuela.
Y de vez en cuando, con las historias que me cuenta Don Gato, me gustaría alguna vez poder hablar con ella de la misma forma en la que lo hago con mi madre.
- No me mires así –exclamo mi abuela-. Esto lo estoy haciendo por el bien del conjuro, nada más.
Pero mentía.
El conjuro quedaba casi listo. Solo faltaba el último factor que era el agregado de mi madre. Sin embargo, todavía no podía realizarse.
- Llévala hasta el refugio, la biblioteca –le ordeno mi abuela-. Y deja el cadáver del gato al lado de ella, aléjate de ella lo máximo posible para que los cazadores no la encuentren.
- No me podré despedir de ella –menciono suavemente mi madre cuando creció su lengua nuevamente.
- Es lo que hay –zanjo mi abuela-. Ahora vete, yo distraeré a los cazadores.
Tanto para mí, como para mi madre fue un completo misterio la forma en la que los cazadores asesinaron a mi abuela. Ella le prohibió a Don Gato que hablara en exceso de ella, sobre todo le impido que hablara sobre su muerte.
Pero algo si es claro y es sobre su belleza tan deslumbrante con la que modelaba día tras día y de la cual los cazadores vivían enamorados de ella.
Me puedo imaginar su indignación en cuanto la atraparon entre varios.
Mi madre corrió lo más rápido que pudo, mientras que mi abuela nos ganaba tiempo a ambas. De ella, solo me queda ese leve recuerdo de sus brazos sujetándome con fuerza y susurrándome con clemencia que la perdonara por el destino que me habían preparado.
Pero me quedo más con el recuerdo de ese calor que me provocaban sus abrazos. Esos cálidos y efímeros abrazos.
Llegamos rápidamente al refugio y gracias a mi abuela, ninguno de los cazadores no seguía todavía.
Mis ojos se cruzaron por primera vez, después de mi nacimiento con los de mi madre, pero no logre ver nada a través de ellos. Era completamente prohibido que mostrara algún rastro de sentimiento hacia mí si querían que todo saliera a la perfección.
Me resguardo en lo más profundo de la biblioteca, bajo unas vigas caídas que en el centro formaban el triángulo de la vida, una especie de cuna para una bruja primogénita del eclipse recién nacida y dejo el cadáver de Don Gato a modo que fuera una especie de abrigo para mí.
Sin decirnos adiós y sin volver a ver sus ojos miel, mi madre siguió su camino, dejándome desolada ante el incierto futuro que me aguardaba.
Hasta la fecha desconozco como fue la brutal muerte de mi madre, pero sé que se llevó a varios cazadores consigo hasta la tumba.
Ese día fue conocido entre nosotras las brujas, como el viernes n***o. Para ellos, fue un viernes de salvación y resurrección.
Sin ninguna pista, no he logrado averiguar quiénes fueron los cazadores asesinos que les arrebataron la vida a mi madre y mi abuela, pero en el momento que lo llegue averiguar, a su familia le arremeterá un sufrimiento que no se pueden imaginar.
Supongo que paso como mucho, una hora desde que mi madre me dejo resguardada en el refugio y los ojos de Don Gato se tornaron de un color miel para luego volverse un amarillo incandescente.
Y por medio de sus maullidos le hizo compañía a la Saray bebé, quien la meció hasta que la venciera el sueño y la acompaño durante toda su infancia, hasta ahora.
…
Desperté sudando de aquel sueño que me permitió ver Don Gato, junto con la muerte. No podía contener mis lágrimas, ni los temblores de mi cuerpo, en medio de la oscuridad de la madrugada llego Don Gato para calmarme con sus ronroneos.