Fue una madrugada bastante estruendosa para mis pensamientos. Ciertas cosas que creía conocer resultaron ser erróneas, pero continuaba con la intriga de saber si realmente mi madre me amo desde un principio o solo me protegió porque soy necesaria para su hechizo.
Que hasta el momento no sé con certeza como transcurrirá.
¿Estaré cambiando las eventualidades que tendrían planeadas para mí y las demás chicas?
Solo soy una ficha necesaria en este juego, sigo siendo utilizada por las personas de mi mismo linaje.
Pero, hubo algo que me sobrecogió verdaderamente. Fue esa determinación de mi abuela por quererme proteger, después de odiarme tan profundamente en el momento de mi nacimiento, ofreció todo lo que para una bruja es importante con tal de cuidarme.
E incluso ahora, no sé porque siento dudas hacía la protección de mi madre.
Quizás fue un adiós el que me hizo falta y a pesar de haberlo visto gracias a Don Gato, me hacía falta escucharlo directamente de ella.
Sin embargo, sigue habiendo algo más que se lleva toda mi intriga. ¿Quién es la hija de Alice?, se supone que ha nacido el mismo día que yo, pero hasta el momento las chicas que he conocido cumplen en días diferentes.
Ni siquiera conozco cual es la bendición que guía a Dalia y Artemiss, tiene sus indicios de bruja sin que ella ni siquiera lo sepa y no quiero que lo descubra por el momento. Al menos Dalia es consciente y puedo contar con ella. Pero para Artemiss… su nobleza no aguantaría para todo lo que tenemos que sacrificar.
Debo conocer su identidad, es una ficha importante tanto en estos momentos como para el hechizo que conjuro mi madre y las demás brujas.
Cada vez son más las preguntas que se formulan en mi mente y no tengo rastro de alguna respuesta que pueda conducirme hasta la finalización del conjuro de mi madre o la destrucción de este mísero pueblo.
- Saray.
Un grito en seco me arrebato de mi ensimismamiento.
- Saray.
El grito se volvía más seco en cuanto lo tenía que volver a repetir, así que decido asomarme por la ventana de mi cuarto para verla.
Abrir tan estrepitosamente la ventana hizo que el viento revolviera violentamente todo mi cabello, haciéndome parecer como si estuviese recién levantada. Asome mi cabeza con indiferencia mientras que Don Gato se posaba sobre mi coronilla para ocultar mi despeluque.
- Estoy esperándote –zanjo Dalia.
- Ya bajo.
- Más te vale que ya te hayas arreglado.
Es verdad, hoy tenemos que llevar el cuerpo de Ameli hasta campo de calabazas. Será una tarea peligrosa, pues la luz del sol estará revelando nuestros movimientos constantemente y tendremos que tener cuidado con nuestras propias sombras.
Y sobre todo… esa cabaña. El hermano de Ameli. Esa ubicación que también se me fue revelado durante el sueño.
Ahí estoy segura poder encontrar más respuestas que me lleven hasta mi madre o bien, para la destrucción total de este pueblo. Tengo que estar preparada para lo que sea que me encuentre en ese lugar.
¿y si no está?
Es imposible, me aprendí el recorrido de memoria en los viajes con Ameli y mi abuela junto con mi madre tomaron el mismo camino para llegar hasta allá.
Puede que también encuentre una pista de los cazadores de mi abuela.
Decidí no contarle todavía a Dalia acerca de mi madre y mi abuela y sobre la posible y misteriosa identidad de la bruja que renació de entre las cenizas y recibió la bendición del sol.
Ni siquiera me atreví a preguntarle a Dalia acerca de ella. Es algo demasiado privado para una bruja, incluso si se lo das a la persona equivocada, puede utilizarlo en tu contra.
Los cuervos sobrevolaban el cielo, pero mucho más bajo que habitualmente lo hacen. Esto no será de ayuda en cierta parte, puede que alerte a los residentes sobre un muerto en la zona. Pero como era habitual en este lugar, todos son lo suficientemente individualistas como para preocuparse por los demás.
Vigilaban nuestros pasos desde lo alto y este día el sol tomo la decisión de ser un simple espectador también. Algo que no sucedía desde hace un largo tiempo, pero aquí estaba arriba de nosotras.
¿sería esta alguna especie de mal augurio?
Por favor madre, bendícenos.
- ¿cómo entraremos a la casa de Ameli? –pregunto Dalia.
- Hasta donde tengo entendido, su padre sale a trabajar a eso de las ocho de la mañana, por lo que en estos momentos ya no debería de estar.
- ¿Será que no ha notado la ausencia de su hija? –cuestiono otra vez Dalia.
- Su padre no la necesita por las mañanas.
Dalia solo pudo pasar un trago amargo. Sacrificamos a nuestra amiga por el bien de las demás, tomamos su vida sin permiso y ahora no le daremos una sepultura para que su alma pueda descansar.
Como lo recordaba de ese día, era una casa de un solo piso, pero lo suficientemente amplia para que vivieran en su antigüedad cuatro personas.
Las ventanas parecían perfectamente cerradas, con barrotes de cristal y uno que otro vidrio roto, pero remendado con un vidrio temporal.
Esta debía de ser la forma en la que Ameli escapaba de casa. Pero ahora no había ni forma de salir y mucho menos de entrar a la casa.
La bordeamos con mucho cuidado de no ser vista por ninguno de los vecinos, que podrían delatarnos en cualquier momento. Para nuestra suerte, todos se encontraban trabajando, por lo que teníamos tiempo de sacar su cadáver.
No había una forma de entrar desde el suelo, todas las entradas se hallaban cuidadosamente cerradas; por lo que decidimos abrirnos paso desde el tejado.
Saltando desde las ramas de los árboles, logramos aferrarnos de los bordes de la casa para poder subir hasta el tejado. Con unos cuantos raspones, pero lo habíamos conseguido.
Para nuestra sorpresa y más que todo, para nuestra suerte, al fondo del tejado había una especie de mini lavadero que conducía hasta el interior de la casa.
Una corriente viscosa negra envolvía todos los rincones de la casa, haciéndola sentir con un ambiente pesado y no nos permitía movernos con facilidad. Debíamos tener cuidado, porque si esa corriente negra nos llegara a tocar, nos impregnaríamos de una energía negativa, induciéndonos a pensamientos suicidas.
En todos los marcos de las puertas se movía esta sustancia negra y no sé si nos querían avisar de algo o salvarnos de ver cosas que no deberíamos, pero lo cierto es que nos bloqueaban el paso a las demás habitaciones.
Recorrimos toda la casa sin poder entrar a ninguna habitación, excepto a la de Ameli, quien tenía colgado en la puerta de cuarto una especie de incienso que ya estaba a punto de acabarse. Inconscientemente también practicaba la brujería.
Su cuarto era el primero, según entrabas por el pasillo. Cerca de la sala y con un acceso directo a la cocina. Pero más que eso, un recorrido menor para su padre.
La puerta tenía una especie de cristal en todo el centro, lo que nos permitía ver lo que había dentro de la habitación. Y ahí estaba ella…
No había caído en cuenta que algo estaba mal. No lograba averiguar que era, sí; efectivamente esta era su casa, su lugar de residencia y fue al frente, en ese árbol la primera vez que nos conocimos, pero ni siquiera llegamos a intercambiar palabras.
No fue sino hasta que me atreví a entrar a su habitación que caí de cuenta de lo que faltaba.
En su viaje por el limbo, esta no era su casa donde se encontraba. Una casa de dos pisos, de madera, algo vieja ya; con similitud a la cabaña. Los cuartos eran más amplios y el suyo estaba ubicado en el segundo piso.
Seguía desconcertándome el hecho que Ameli conociera y tuviera alguna memoria de su madre, pues todas en este pueblo nacimos sin el acompañamiento de una, esa fue la primera parte de la maldición de mi madre.
Con nosotras acabarían las risas de esos señores.
Pero la condición era que no tuviéramos recuerdo alguno de nuestras madres, ni mucho menos que hubiéramos llegado a compartir con ellas.
Algo andaba mal.
Pues en mi sueño, mientras mi madre y mi abuela escapaban, en todo el camino no se encontraron con aquella casa de madera. Lo recordaría si así hubiese sido, pero no lo estaba.
No podía contarle todavía a Dalia sobre el sueño de mi nacimiento. Todas conocían la fecha del viernes n***o, la cacería de las ultimas brujas, pero nadie sabía como sucedió todo y no sé eso como podrían afectar a las demás.
- Algo anda mal, Dalia.
Sin embargo, no podía ocultar el hecho que existía una incongruencia en todo esto, pero, ¿cómo puedo explicarle que aquella casa no existe?
Todavía no estoy segura de ello.
- ¿qué pasa? –me interrogo Dalia, al ver que no me movía.
- Esta no es la casa que visité en el momento que tuve que llevármela al limbo.
- ¿Qué quieres decir, Saray?
- No estamos ni cerca de la cabaña de la que te comenté.
- ¿entonces Ameli como conocía de todo esto? –resoplo Dalia, frustrada.
- No tengo ni la menor idea, pero debemos encontrar esa casa. Aquí no podemos investigar nada.
- Tienes razón, mejor saquemos el cuerpo de Ameli rápido, antes de que esa sustancia toque la puerta.
- Tenemos hasta que se termine el incienso.
Su cuerpo desnudo se hallaba postrado en la cama, sus articulaciones estaban rígidas y sus piernas abiertas…
Al menos las cortadas de sus senos habían cicatrizado bien.
Probablemente fue su enfermedad la que le arrebato la vida de una forma abrupta. Su padre pensaría que su hija simplemente se desmayó después de la cena, de todas formas, nunca le prestaría la atención suficiente.
Su cuerpo apenas iba enfriándose. Todavía se podía sentir algo cálido, como quien se aferra con su última esperanza a la vida, pero sin llegarlo a conseguir. Se volvería más pesada conforme pasara el tiempo, así que no decidimos desperdiciar un segundo más y cargarla.
El recuerdo de su voz llegaba hasta mi memoria cuando volví a tocar su piel. “Ustedes no son mis amigas, las odio”, como me dolía pensar que en su lecho de muerte nos consideraba sus enemigas.
La sustancia negra iba adentrándose a su habitación, como quienes buscan algo que cazar. Sentía nuestra presencia y tenía las ansias de consumirnos.
Salimos corriendo con el cuerpo de Ameli cargada entre nuestras manos, mientras la sustancia negra y viscosa nos perseguía.
Menos mal no eran escaleras de mano las que conducían a la terraza de su casa, por lo que pudimos escapar con facilidad. Una vez en el tejado, no podíamos simplemente tirar su cuerpo al suelo, debía de permanecer en perfecto estado si queríamos que esto funcionara.
Dalia es quien más fuerza tenía de las dos, por lo que es ella quien se trepa primero en el árbol para recibir su cuerpo y sostenerse junto a ella, mientras yo lograba dar el salto hasta donde estaba.
Fue la primera en bajar del árbol y en recibir el inerte cuerpo de Ameli, acto seguido bajo también para ayudarla a cargar con su cuerpo.
Caminábamos con los sentidos bien alertas, entre las sombras, con la paciencia de un vagabundo y el silencio de un gato callejero.
Me parecía extraño que hasta el momento ni una sola persona había salido a la calle, o al campo, entre las matas que era donde estábamos. Solo había silencio y un sol que infundía un calor incipiente en nuestros cuerpos.
Hasta que los sonidos de los cuervos me arrebataron de mis propios pensamientos.
Revoloteaban en círculo encima nuestro, con sus ojos atentos a todos lados.
- ¡Cazadores!
- Oeste.
- Este.
- ¡Cazadores!
- Oeste.
- Este.
Nuestro cuerpo se paralizaba del miedo. Tan solo las brujas podíamos entender el dialogo de estos seres y cargando con Ameli sería difícil escapar de ellos.
- Maldición –expreso Dalia-. ¿No se supone que esa organización ya no existía?
- No de la misma forma que antes.
- ¿Y qué vamos hacer?
Seguimos caminando mientras se me ocurría alguna idea de deshacernos de ellos, sin la necesidad de derramar sangre. Si están aquí es porque sospechan de la presencia de una bruja, pero todavía no conocen nuestras identidades.
Si lo supieran, quienes se encargarían serían otras personas.
Tratamos de apresurar nuestros pasos, a medida que los cuervos nos indicaban la distancia en la que se encontraban los cazadores. Eran rápidos, sobre todo, muy voraces; pero lo más espeluznante de todo era que nunca nos hemos llegado a enfrentar contra ellos.
Son personas que han sido entrenados para darnos la muerte de una manera súbita, sin titubeos. Son humanos que se han tomado el tiempo necesario para estudiar las técnicas de tortura sobre nuestro cuerpo.
Se me hela la sangre de tan solo pensar en aquello. Hacerme consciente de que cada vez estaban más cerca de nosotros tampoco ayudaba y las voces de las cuervos, muy a pesar, dejaron de ser una ayuda para convertirse en un martirio.
Ya, cállense de una vez, ya sabemos que están aquí, no necesitan repetirlo más.
Por favor ya cállense.
No soportaría ver rodar la cabeza de Dalia por el campo, o su cuerpo completamente mutilado, o siendo traspasada por una estaca.
Sin darnos cuenta, recorrimos inconscientemente la mitad del camino cuando llegamos hasta uno de los árboles más grandes del pueblo. El estar tan concentrada en huir, nublo mis pensamientos, si no es porque Dalia frena en seco, haciendo que mi cuerpo tambaleara y cayera de cara a la tierra.
El sabor a tierra en definitiva no era mi favorito y prefería estar mascando la bola de pelos de Don Gato que eso.
Últimamente he estado sintiendo mucho miedo, cuando antes no era así. En definitiva, si no hubiera sido por ellas, hace rato que hubiese muerto.
No puedo dejar que mis emociones me terminen por controlar.
- Saray –gritaba Dalia, mientras sacudía mi cuerpo para sacarme del trance del que me hallaba.
Hasta que logre volver en sí, después de varías sacudidas.
- Tengo una idea, pero implica quedarnos aquí a esperar a que ellos lleguen –dijo con cautela Dalia.
- ¿Qué tienes en mente?
- A este gran árbol –confeso con una sonrisa maliciosa.
Dalia no dejaba controlarse por sus impulsos. Me pregunto cual será toda la historia de su pasado para aprender a mesurar sus emociones de aquella manera.
- Necesito que estés despierta para esto, Saray.
- Lo estoy, lo estoy.
- Dejaremos el cuerpo de Ameli justo aquí –comenzó a explicarme su plan paso a paso, con cierta paciencia sin importar que estuviésemos a contra reloj.
Con suma cautela, mezcle mi cuerpo entre las hortalizas. Ante un ojo muy poco entrenado, quedaba prácticamente irreconocible, pero para su mirada asediada por la sangre, sería fácilmente reconocible.
Calma. Debes de permanecer la calma.
El viento se movía de forma tan escandalosa, como alarmada a sabiendas de los perros que nos perseguían.
Y con un movimiento imperceptible, llegaron tres personas con unas mantas de cuero que ocultaban todo su rostro. Parecían examinar el cuerpo, con una mirada fría, en un silencio que podía escucharse hasta el movimiento de las nubes.
No aparecían más, o quizás estarían escondidos.
- Fíjate, no tiene las uñas –declaro uno con voz gruesa.
Hombres, sin duda.
- Así que sí son brujas –menciono uno conteniendo la calma.
- Debemos estar alertas.
No llegaban más y sin dilatar el asunto, dimos el salto al vacío, enfrentándonos a la muerte misma. Sin armas, sin ningún tipo de conjuro, tan solo con nuestro cuerpo como armas y al mismo tiempo de escudos.
Saltábamos frente a nuestros depredadores así, sin más, pero con la esperanza de salir vivas de aquella contienda.
Ellos no demoraron en responder en cuanto nos tuvieron encima de ellos. Desenfundaron sus armas, unas espadas lo suficientemente largas para atravesar todo nuestro cuerpo.
¿No es eso lo suficientemente anticuado existiendo armas de fuego?
Mi cuerpo fue agarrado con fuerza y volé por los aires, hasta que el gran árbol se interpuso en mi camino para amortiguar mi caída.
A Dalia parecía irle un poco peor. Los dos cazadores se fueron encima de ella, pero no tenía tiempo de preocuparme por mi amiga, debía salvaguardar mi vida primero.
El cazador se abalanzo sobre mí, con espada en mano y por reflejo propio, aunque con cierta lentitud, alcanzaba a esquivar cada vez que lanzaba su arma hacía mí.
No pasamos mucho tiempo con el ataque y esquiva, cuando visualice una abertura en su posición de ataque para acercarme mucho más a él y simplemente clavarle una de las uñas con tierra y gusanos en el cuerpo del cazador.
- Que tu carne sea una maravillosa ofrenda.
Y en el lugar que fue clavada la uña se formó un circulo verde y fue expandiéndose, como enfermedad terminal invadió todo su cuerpo y cuales células hambrientas, no demoraron mucho en devorar la carne fresca.
Para cuando regrese mi mirada hacía Dalia, el cuerpo de los dos cazadores se mezclaba entre la carne podrida y un alma en descomposición.
La tierra parecía temblar mientras que los gusanos brotaban de sus escondites subterráneos. Centenares y centenares de aquellos bichos amantes de la carne muerta. El recuerdo de su cuerpo ahora era una pila de gusanos disfrutando de ellos.
- ¡debemos darnos prisa antes de que lleguen los demás! –gritaba Dalia-. Rápido, ayúdame a cargar con el cuerpo.
Ya era medio día y el sol se hacía de notar cada vez más. En lo más arriba de todo, poseía la vista de todo lo que pasaba, a quienes veía y que secretos decidía guardar, en cualquier momento podía decidir sobre nosotras cegarnos por completo.
Estar en esa posición debe requerir una gran devoción y una mente fría. Mantenerte en ese cargo a sabiendas que muchos también lo anhelan, no puedes confiar en nadie, ni siquiera en ti mismo o en la versión de tu pasado.
- Saray –menciono de repente Dalia.
- ¿Qué sucede?
El calor se sentía ya en todo mi cuerpo. El sudor que recorría todo nuestro cuerpo nos hacía parecer como si hubiésemos salido de alguna especie de lago.
Mi visión empezaba a nublarse, me sentía mareada y se notaba en mis pasos, eran inseguros, temblorosos.
- Oye, Saray –volvió a decir la voz cansada de Dalia-.
- Ya estamos por llegar.
Reconocía los alrededores, sin duda, ya estábamos cerca.
- Saray, no puedes empezar a dudar de tu determinación-. Zanjo Dalia-. Eres la que más debe de mantenerse firme.
- ¿Qué quieres decir?
- Te he visto dudar en varios de tus movimientos y eso nos podría estar constando la vida. Nuestras vidas dependen de ti, Saray.
Me había dejado sin palabras, pero hizo que mi espalda volviera a estar recta y a pesar del cansancio, me hizo seguir adelante.
- Nosotras decidimos seguirte porque tienes una determinación muy fuerte, Saray. No lo pierdas ahora.
Y con su frase nos daba la calurosa y grata bienvenida al más grande campo de calabazas. Si quiera me causaba un gran repudio mencionar el nombre de este asqueroso pueblo, por lo que no lo haré.
Hicimos un último esfuerzo para llevar el cuerpo de Ameli hasta el centro del campo.
- Solo tú puedes hacerlo, Saray –me animo por última vez Dalia.
Mis dientes no eran tan afilados para ese entonces, por lo que era una tarea que llevaría su tiempo, sin embargo, el sol todavía seguía dispuesto a prestarnos de su luz.
Y fui desgarrando su blanda carne con mis dientes. Su mano, sus orejas, sus intestinos. Iba desmembrando a mi propia amiga con mi boca. Espero, por favor, que algún día puedas perdonarme de todo esto.
Mientras tanto, Dalia recogía del campo las diversas bolas de pelo que Don Gato, tomo de su valioso tiempo, para dejarnos preparadas.
El sabor de su carne estaba, por lejos, de volverse mi favorita. Era un suplicio, algunas mordidas debía de hacerlas con la nariz tapaba, pues su olor nauseabundo se manifestaba hasta en mis adentros.
Quedaré con un aliento hermoso durante un largo rato.
Fuimos envolviendo las partes del cuerpo que despedazaba con los pelos de Don Gato. Esa sería la máxima sepultura que tendría su cuerpo para descansar.
Volvimos a enterrar de nuevo las bolas de pelos, esta vez con las partes de nuestra amiga. Con el paso de los minutos llegarían hasta lo más profundo de la tierra, la llenaría de una nueva vida; de una mucho más espantosa que la que vive en estos momentos.