- ¡Cazadores!
- ¡Cazadores!
- Oriente.
- Occidente.
- Norte.
- Sur.
Nos habían rodeado. Por cualquier punto cardinal por el cual estuviéramos atentas, ahí se encontraban ellos a nuestro acecho.
Eran rápidos y voraces, en cuestión de un parpadeo ya estarían frente a nosotros.
Los cuervos seguían sobrevolando en círculos sobre nuestra cabeza, para nuestro mal, revelando nuestra posición, para nuestro bien, revelándonos la posición de los cazadores. Que ironía, pero al final terminaba siendo justo para ambas partes.
Por cualquier punto que intentáramos huir, ahí estarían ellos. Tenían ojos en todos los lugares, eran animales rastreros, de carroña, al igual que los cuervos.
Descendían de los cielos, de vez en cuando, para escarbar sobre la tierra y buscar entre ella la carne prometida. Sus ojos te infundían un miedo profundo y si te atrevías a mirarlos por mucho más tiempo de lo permitido, se acercarían hasta ti para arrancarte los ojos.
Esos ojos, ¿de quién otras personas serán?
Contábamos únicamente con las uñas restantes de Ameli, quien lo diría, nos sería de muchísima utilidad. Al final, ese era su objetivo.
Llegaron los cazadores de la zona norte. Es donde más cerca nos encontrábamos. Cinco en total y cada uno de ellos con su túnica de cuero para ocultar su rostro o más bien, sus expresiones de miedo y cobardía.
Si vendrían de cinco en cinco, para el final; tendríamos que enfrentarnos a dos con nuestras propias manos. El calor del sol me hacía reflexionar, cuantos cadáveres ya no tendría sobre mí.
Cuantas personas en el purgatorio no se encontrarán ya, miradas infundidas por el miedo a una edad muy corta.
¿querré echarme para atrás en estos momentos?, no te pongas a pensar en tantas estupideces en un momento como ahora.
Pero no me sentía como yo.
No estaba siendo yo.
Ya no era el sol quien me estaba mareando, ya no era el sudor de mi cuerpo el que me producía cierto asco, tampoco era el cansancio de haber cargado el cuerpo de Ameli. Pero me sentía pesada, a punto de irme.
No podía mover mis extremidades y mucho menos era consciente de mi alrededor. Todo se nublo de repente, como si un sueño profundo hubiera sido inyectado por mis venas, mis párpados pesaban, pero mi cabeza no me daba vueltas.
Lo último que escuche fue un “prepárate”, con un tono bastante decidido de Dalia y luego, fue como una bomba que explotaba en mis oídos y solo quedo una especie de pitido.
¿Ya se habría dado cuenta Dalia de mi estado?
¿Me estaría protegiendo?
Me siento desnuda frente a todos.
De repente un calor más abrasador que el propio sol envolvió todo mi cuerpo, me sentía fluyendo entre las llamas y ascendiendo hasta la estrella que lo iluminaba todo o descendiendo hasta lo más profundo de una humanidad que está perdida.
O quizás ya estoy ahí.
Iba perdiendo las fuerzas, mi propia conciencia comenzaba a desvanecerse, todo se había esfumado y me encontraba sola frente a la nada misma. Era un inmenso cubo n***o el que poco a poco se volvía más estrecho hasta comprimir todo mi cuerpo.
Flotaba.
Entre una gran masa negra.
Y el vacío propio.
Todo venía. Todo iba.
Todo aparecía y todo se destruida.
Y su cara. Por fin apareció su cara frente a mí.
Su cabellera se veía sucia, abandonada como su cuerpo mismo. Sus prendas, no, no tenía, su cuerpo era más morenotes que carne, su interior eran más cortadas que una parte sana y en su cara, un rostro que se contraía por el sufrimiento.
La piel de su rostro iba desprendiendo, caía como un papel arrugado, se desintegraba en cuanto tocaba la especie de suelo n***o que se posaba debajo de nosotras. Dejaba su carne a la simple vista humana. Todas las venas, todos los tendones, todo su interior se desbordaban por todos los lados.
Su carne, que alguna vez fue humana, fue abriéndose entre círculos y círculos para dejar ver su esqueleto. Se había convertido en una mezcla entre piel humana, carne y venas y un simple saco de huesos.
A este punto, Ameli se había vuelto irreconocible. Ya no se solía ver como la hermosa y empática chica que robaba los suspiros de los más hambrientos. Era necesario que te convirtieras en aquello.
Su cara, pero más que todo su aliento, causaban unas fuertes ganas de vomitar por toda la habitación. No podía soportarlo más, no lo aguantaba, sin embargo, algo me impedía que vomitara sobre mi misma. Era el único lugar donde podría caer todos mis desechos.
- ¿Por qué me hiciste esto?
- ¿Por qué me hiciste esto?
- Yo no me merecía esto.
- No me lo merecía.
- ¿Por qué lo hiciste, Saray?
- ¿Qué te hice yo para tener este destino?
- Dímelo, Saray.
Es la consecuencia que obtengo al haberle revelado mi identidad. La parte de ella que ha quedado en el limbo, nunca sentirá un resentimiento hacía mí, pero su cuerpo, que ha continuado penando en este mundo terrenal es consciente de la persona que le causo su muerte.
- No lo entenderías y mucho menos ahora.
Seguía sin sentirme yo, pero al menos debía mantenerme firme frente a sus acusaciones, si dejaba que su ira me invadiera también, sería capaz de tomar el control de mi cuerpo para así vengarse de Dalia.
Y era lo último que quería.
- Te consideraba mi amiga. Sé que yo era de las primeras personas que se acercaba a ti y mira como me has pagada.
Sus palabras ultrajaban en mi semblante emocional. Sabía por donde atacar para destruirme, pero aun así…
- Si me considerabas una amiga, no me estarías haciendo esto.
- ¡Sufrirás todas las consecuencias!
¡Sufrirás!
¡Sufrirás!
¡SUFRIRÁS!
Sus gritos eran desconsoladores, más aterradores que encontrarse con la propia muerte. Sus ojos invadidos por la ira se acercaban a mí, sus manos iban con la completa disposición de querer ahorcarme, desatar toda su ira sobre mi frágil cuello.
- ¡Sufrirás toda tu vida, Saray!
Y se desintegro, como el mar cuando arrastra consigo la arena hasta sus profundidades.
Todo volvía a estar en silencio. En completa oscuridad.
De nuevo, un grito ensordecedor.
Y
…
- Saray, despierta.
Escuchaba la voz de Don Gato. Podía sentir como las almohadillas de sus patas delanteras masajeaban mi cachete, con sumo cuidado de no clavar sus garras en mi carne.
- Ya está despertando –anuncio Don Gato, después de un largo maullido.
¿Estaré en la realidad?, mi visión iba regresando, a juego con varias pelotitas de colores. Purpuras, verdes, rojas, azules. Que explotaban y le daban color a los objetos que adornaban el lugar donde me encontraba.
Volvía a recobrar mis sentimos, así como las nubes cubrían cualquier rastro de una efímera noche lunar.
- Dale tiempo, tiene que recuperarse.
Solo podía discernir de la voz de Don Gato, sabía que estaría hablando con Dalia, pero todavía no era capaz de escuchar su voz.
Los rasguños, que antes no estaban en su cara, le hacía un buen juego con su vestimenta. Ahora parecía una autentica guerrera.
Es verdad. Mis últimos momentos volvieron a mí en una ráfaga de recuerdos. Los cazadores que venían de la zona norte ya habían llegado hasta nuestra posición y Dalia y yo estábamos preparadas para el combate.
Recuerdo también que los cuervos se pusieron de nuestro lado, no, eso es una proposición bastante arrogante para esos animales, de seguro alguno de los cazadores se atrevió a desafiarlo y encontró la muerte misma por su arrogancia.
A mí mente llegaban las palabras de Dalia momentos antes de entrar al combate y luego, todo fue una nube de oscuridad. Tenía la vaga sensación de sentir como mi cuerpo se desplomaba en el piso, eso explicaría mis raspones en los brazos.
Pero ya de ahí, no hay registro de nada.
Luego de varios minutos, logre reincorporarme en sí. Sentí una jaqueca impresionante, parecía un taladro que retumbaba en mi cabeza y todas las extremidades de mi cuerpo dolían, como si hubiesen estado tirando de ellas por un largo tiempo.
- ¿Cómo te encuentras? –se apresuró a preguntar Dalia, una vez me había sentado.
Todos los sentidos habían regresado a mí. Era de noche, por lo mínimo habían pasado unas cuatro o cinco horas desde el enfrentamiento.
- ¿qué me sucedió?
- Justo cuando los cazadores nos encontraron, por la adrenalina que sentiste en el cuerpo, entraste rápidamente a las alucinaciones.
Es verdad, cuando consumes el cuerpo en descomposición de otra persona, esos son uno de los efectos secundarios, ya luego lo que es reflejado es una mezcla de emociones entre ambos individuos.
- Siento una jaqueca terrible.
- Normal, considerando la forma en la que perdiste la conciencia.
Mientras escuchaba a Dalia, la habitación se me hacía algo familiar. Era bastante amplia, con una cama en el centro y un gran ventanal de lado izquierdo donde se sentó mi compañera.
Había sido construido de una madera de roble y la calidad de aquel material era muy fino, gracias a la luz del cielo, todo se reflejaba a través del piso de fuste.
¡Era la habitación donde Ameli decidió dar su paso al limbo!
- Dalia, ¿qué sucedió mientras estuve inconsciente?
Habían sucedido bastantes cosas mientras caí en las alucinaciones, a pesar de la fortaleza de Dalia, era imposible que saliera con vida conmigo entre sus manos. Al ver mi estado tan alarmado, me tranquilizo posando su mano en mi espalda.
- Tienes que calmarte primero.
- ¡Esta es la misma habitación donde estuve en mi viaje con Dalia!
- ¿Estas segura de eso, Saray?
Parecía haber desconcertado a Dalia de su tranquilidad, pero como siempre, sus expresiones eran irremovibles.
- Esta casa fue construida hace diez años aproximadamente.
- Eso es verdad –confeso una voz que atravesaba la puerta de la habitación.
De pronto la puerta se abrió con sumo cuidado, como quien teme de lo que hay adentro, quizás un perro que ha desatado su rabia y está mostrando sus dientes para denotar su hostilidad.
Una joven de cabello azul, cortado hasta sus hombros y con un capul desaliñado entraba con cierta tensión a la habitación. En sus manos sostenía una bandeja donde estaban posadas unas galletas con ciertos grumos y en algunos puntos un tanto quemadas y por otra parte, un vaso con leche.
- Pido disculpas por las galletas, nunca he sido buena con la cocina –confeso la joven.
- ¿Quién eres tú?
No tenía registro de su rostro. Conocía cada persona del pueblo, tenía una memoria fotográfica de cada uno de los ciudadanos, pero esta chica era nueva para mí.
La recordaría si la hubiese visto por algún lado, sobre todo por su perfilado rostro que a cualquiera le parecía encantador, pero, sobre todo, por su prominente cicatriz ubicada en su pómulo derecho.
- Pido disculpas, no me he presentado ante ti. Pero, quisiera saber tu nombre primero, es de mala educación preguntar el nombre de las otras personas, sin decir el tuyo primero.
No era arrogancia, había sido criada con una cautela plausible para enfrentarse ante el mundo.
- Me llamo Saray, hija de la última bruja que dio a luz en este pueblo.
No veía necesario escatimar en gastos en estos momentos. Presentía que conocería cierta parte de mi historia.
- He escuchado acerca de ti. Hija de la gran bruja.
- Lo supuse.
- Como era de esperarse de ti.
Ni siquiera dio tiempo que se marcara un silencio, pues los sonidos de sus finos pasos resonaron entre la madera y dejo sobre la cabecera de la cama la bandeja con la comida.
Su mirada era ciertamente vaga ante la situación, sin embargo, me sorprendió en el momento que se arrodillo ante mí, como lo hacían los caballeros en la antigüedad, con unos ojos llenos de pasión por lo que dirían.
- Es un placer por fin conocerla, Saray. Soy Alice.
- ¿Alice?
¿Alice?, ¿la misma Alice que se sacrificó por mi nacimiento?, ¿la niña a quien le concibieron la segunda oportunidad?, ¿la misma Alice?
- Así es. Mi nombre es Alice.
Ella misma parecía desconcertada por mi reacción, a lo mismo que Dalia.
Verdad que todavía no le había contado a mi compañera sobre mis sueños.
Para ese momento, Don Gato no aparecía por ningún lado, por lo menos para llenarlo de preguntas acerca de la identidad de la niña. Debe tener mi edad, debe tener la misma fecha de cumpleaños que yo.
Pero todavía no era momento de revelarlo. Debía de asegurarme primero quien era esta chica.
- Supongo que fuiste tú quien no has salvado, ¿no?
- No es muy difícil de adivinar –dijo con sarcasmo, reincorporándose de nuevo de pie-. Te imaginaba un poco diferente, Saray.
- Bueno, es una lástima que no sea como esperabas, pero mejor dime como sabías donde estábamos.
Al borde de la ventana se posaba un ave, que habitualmente siempre sobrevolaba por toda la ciudad. Pero era diferente a los demás, este cuervo poesía unos ojos pertenecientes a una persona.
- Tengo ojos por todos los lados –confeso, mientras que el cuervo volaba hasta su hombro.
Parecían bastante cercanos, pero no quise hondar en como o donde consiguió aquellos ojos.
- Además, que ustedes cuatro son bastante conocidas en todo el pueblo, después de haber celebrado el festival. Todo el mundo las tiene presentes.
“También ya me ha contactado Artemiss, sé de la remodelación que quieren hacer para el refugio que en el pasado estuvo construyendo tu madre, Saray.
- ¿Te nos unirás?
- ¡Por supuesto! –dijo extasiada-. Quiero ponerle fin a este patriarcado. Me interesa también ver como va a terminar la revolución que tienes en mente.
- ¿Qué sabes de la casa?
Que cambiara de tema tan de repente, dejo perplejas a ambas y siendo sincera, cuanto más supiera de este lugar era lo único que me importaba.
El cuarto no me revelaba ninguna pista, no me decía nada. No había absolutamente nada. La mirada cómplice de Dalia, me confirmaba que a ella también le causaba cierta intriga como Alice conoce de este lugar.
- Fue remodelado hace veinte años para mi nacimiento –confeso.
- ¿remodelado, dices?
- Así es. Esta casa es de las primeras que fue construidas en el pueblo. Esta bastante alejada de todo, por lo que se dice de ella.
- ¿Qué dicen? –pregunta Dalia.
- Que esta fue la casa construida por la primera bruja que piso estas tierras.
Dalia me miraba, como en busca de alguna respuesta. Pero la verdad es que nadie tenía conocimiento alguno sobre esta mujer. No fue mi madre e incluso ella desconocía esta información.
Al ver que no digo nada y no le devuelvo la mirada con una intención de respuesta, vuelve a mirar a Alice.
- ¿Quién fue el responsable de remodelar este lugar? –cuestiona Dalia.
- Fue remodelado por mi abuelo –confiesa sin dudar-. Él era uno de los informantes que tenía la madre de Saray, para poder saber la debilidad de los grandes peces.
“Cuando se enteró de mi nacimiento, rápidamente rescato a mi madre y nos llevó a vivir con él, aunque eso le costara la vida.
“Antes de morir, nos trajo a mi madre y a mí a este lugar y empezó a remodelarlo él solo. En los años de su juventud fue uno de los mejores carpinteros, por lo que no le tomo mucho tiempo reacondicionar este lugar.
“Cuando falleció, o más bien, cuando le tendieron el atentado porque descubrieron que era un traidor, vinieron rápidamente hasta acá. Todo esto paso a principios de años, mucho antes de que Saray y tú nacieran.
“Para el momento que llegaron, mi madre ya había hecho lo suyo. Oculto la casa ante la vista de los simples animales y solo podría ser encontrada por el olfato de una buen a bruja.
“Eso nos dio más tiempo para vivir aquí y seguir llevando a cabo el plan de tu madre. Hasta el fatídico viernes n***o, del cual tampoco tengo información.
- Así que tu madre era una de las principales aliadas de la madre de Saray –anotó Dalia-. Eso nos lleva a un paso más cerca del plan de tu madre.
Pero yo no lo sentía así. Cada vez que sentía conocer a mi madre y todo en lo que su mente rondaba, llegaba algo nuevo para hacerme sacar de mis casillas.
- ¿Qué hay de tu abuelo?, ¿cómo conocía de este lugar?
- No conozco mucho de mi abuelo, incluso mi madre tampoco. Y todo lo que rodea a esta casa es un misterio. Lo poco que sé y que es lo que les acabo de comentar fue de los recuerdos que me heredo mi madre al momento de morir.
Entonces tampoco eres esa Alice. Mis esperanzas por encontrar una pronta respuesta simplemente se desaparecían en el aire.
- ¿A dónde se dirigen ahora? –pregunto con suma cautela, pues nos veía a ambas con cierta discreción y fue eso mismo lo que hizo que nos delatara.
Esta chica tiene un muy buen ojo. Hay algo que no nos está contando, de todas formas, tampoco siento que nos esté mintiendo del todo.
Con una mirada cómplice hacía Dalia, decidimos contarle nuestro plan y todo lo que sabíamos al respecto de la sociedad y frente a esta casa y la cabaña.
- Así que ahora nos dirigimos a la cabaña –zanjo Dalia, mientras que yo me terminaba de comer mis galletas. En realidad, me sentía completamente hambrienta.
- Si les soy sincera, chicas, en todo este tiempo que llevo viviendo acá, les puedo decir con total certeza que nunca he visto ningún hundimiento, ni ninguna cabaña.
- Yo me aprendí el recorrido. Cuando estuve en el viaje del limbo con Ameli, recorrimos el mismo camino, una y otra vez, así que me lo aprendí de memoria.
- Si no les molesta, podemos partir mañana en la mañana. Ahora ya esta muy tarde y posiblemente hayan mandado más cazadores en nuestra búsqueda. Es mejor mantenernos alejadas por esta noche.
Ambas accedimos, nos haría bien tener a una integrante más, ya que por el momento no podíamos contar con Artemiss.
Me pregunto si estará preocupada por nosotras, pero estará reclutando a nuevas chicas y para cuando lleguemos, contaremos con mucho más apoyo.
- Sígueme, Dalia. Te mostrare donde puedes pasar la noche.
Por lo que termino siendo unas buenas noches para las tres.
Estaba por aproximarse la media noche y podía sentir como Dalia ya había caído por el sueño. De todas formas, decido salir con los pies en punticas.
¿Cuál será su habitación?
Abro cuidadosamente las puertas de cada habitación, hasta que encuentro a Alice, durmiendo plácidamente sobre su cama. Indefensa y protegida, decido entrar a su cuarto.
Ahí la veía a ella. Con un pijama de tiras, no podía aguantarme más. Decidí besarla y ella estaba preparada para devolverme ese beso.