Las cobijas sobraban en mi cuerpo para el calor que estaba haciendo en esa mañana. Habíamos decidido levantarnos muy en la madrugada para iniciar con la exploración del bosque, pero el frío que ocasiona la ausencia del sol tomo la decisión por nosotras de volvernos a la cama.
Saldremos más tarde. Decidimos al final, sentía que el tiempo andaba de mi lado. Lo más sensato sería esperar, probablemente los cazadores dedujeron que saldríamos antes que el sol y al no hallar ningún rastro de nosotras, decidirían regresar.
Ahora la montaña de cobijas que me aplastaban el cuerpo, parecía, por lejos, la mejor idea que haya tenido en años. El sol traspasaba el cristal con una fuerza radiante. Al parecer, hoy también decidirá acompañarnos.
No sé que tan bueno sea el sol brindándonos su compañía, puede llegar a ser tan relativo como una gota de agua llenando un río, o un río desembocando en un mar.
Pero el agua bordeando mi cuerpo, me hacía sentir ligera, me brindaba una esperanza de que todo fluiría. Tenía que deshacerme de esta carga, por lo menos descubrir la otra parte de la realidad.
El baño termino ayudándome a nivelar la temperatura de mi cuerpo. Entre aquel calor, que yo creo que ni el mismo sol es capaz de aguantarse y la sutileza del agua, tan delgada y tan fría, le proporcionaban un frescor veraniego a mi cuerpo.
Todas estábamos listas. Dalia y yo no cambiamos nuestras ropas, más allá de que no teníamos una muda de cambio, Alice llevaba ahora una ropa más ligera que la que llevaba la noche anterior.
- Nuestro destino será esa cabaña, entonces –zanjo Alice, quien muy rápidamente se había apropiado de la situación.
Después de todo, es algo que también termina influyendo sobre ella. Toda confianza recibida, es bienvenida.
Pero seguía existiendo un paréntesis en su historia que aún no ha querido contarnos.
No había ningunas hojas otoñales, ni hojas carmesíes que amortiguaran nuestra caída desde la habitación del segundo piso, por lo que tendríamos que usar las escaleras; como personas normales.
- ¿Por qué no usan sus escobas? –pregunto Don Gato cuando le anuncie a las demás que saldríamos por la puerta principal y salieron de la habitación.
- ¿Qué conoces tú de esta casa?
- Poseo el mismo conocimiento que tú conoces, Saray –declaro Don Gato con severidad-. Trata de confiar un poco más en mí, hay cosas que ni tu misma madre o tu propia abuela me han revelado si quiera. No lo sé todo, Saray.
- Pareces una persona adulta regañándome.
- Porque realmente lo soy, querida –menciono muy burles mente Don Gato.
No podía hacer nada ante sus declaraciones. Don Gato siempre ha sido un padre y una madre para mí; sus palabras siempre me han hablado con la verdad y el pobrecito ha tenido que soportar muchas cosas de mí.
- ¿y por qué no usan las escobas? –retomo la pregunta Don Gato.
- Aunque me encantaría poder sentir ese viaje con la escoba, no podemos levantar sospechas.
Y tras un largo suspiro de ambos, salgo de la habitación. No podía negar el hecho de extrañar la sensación que produce cuando utilizas la escoba.
Eso sí que es algo realmente mágico.
Me continuaba sorprendiendo la exactitud de la casa, las mismas habitaciones, los mismos cruces. Todo era exactamente igual, con la pequeña y para nada sutileza del reemplazo con los materiales. Pero si no fuera así, sería la réplica misma entre mi viaje y la realidad.
Las chicas llevaban vario rato esperándome en el marco de la puerta y sus miradas desafiantes delataron que por otros minutos más que me hubiese llegado a tardar, me habrían abandonado.
El camino comenzaba siendo ligero. Mis pasos replicaban tal cual el camino que seguí en mi viaje.
Nos esperaba un viaje largo, en mi memoria esta haber llegado a recorrer varios metros o si acaso kilómetros con Ameli. No teníamos prisa.
Con el cantar de los pájaros y las pequeñas brisas que se escapaban del sol para refrescar nuestro cuerpo, se volvería un viaje bastante ameno.
Ahora podía distinguir con claridad; cuales eran los cuervos que realmente nos cuidaban y quienes estaban ahí simplemente para mostrarnos su superioridad.
Lo que debieron de haberse sentido como horas, lo estaba sintiendo como minutos y no fueron más que ramas pisadas, risas entre tres chicas y un cielo despejado con un sol radiante lo que me acompañaban.
Si estuviera con nosotras seríamos cinco.
No era consciente de lo mucho que había llegado a cambiar mi vida cuando las conocí a ellas. Fue un cambio en la estación de mi vida y pase de estar entre un invierno desolador, a un verano cálido.
Mi corazón comenzaba a sentir empatía hacia ellas y no lograba discernir si eso se volvería una fortaleza o en mí o me convertiría en alguien más vulnerable.
Total, solo seguíamos el camino.
Tenía la leve sensación que con Ameli solíamos llegar más rápido. Después de todo, estando en el limbo es una relatividad en cuanto al espacio y tiempo de lo que vivimos ahí.
Para ellos un, luego lo hago, quizás implicaría un lamento durante toda la eternidad. O quizás esa sea la mayor razón por la que están ahí.
El bosque iba volviéndose más denso. Como la humanidad perdida entre sus huellas. La vegetación era mucho más propensa y el único rastro eran las huellas de los animales que ahí habitaban.
- Nunca me atreví a adentrarme tanto en el bosque –confesó Alice.
- Es porque somos personas que le corremos a lo desconocido.
- Ciertamente lo es –respondió Alice.
Dalia iba atenta a cada movimiento que dábamos y sobre todo, a cada ruido que llegaba a escuchar. Quizás, era quien más se hallaba atenta de los tres.
Pero, a pesar de aquello, dejo pasar un elemento por alto.
Era verdad que el ambiente en este punto era algo más difícil de digerir. El aire se había vuelto helado, al punto de formar una neblina frente a nosotros.
Un dato que hasta yo misma pase por alto.
Pero fue el cielo nublado y tenso quien me dio la pista que Dalia no tomo en cuenta momentos atrás.
Los cuervos ya no estaban sobrevolándonos, ni si quiera el acompañante de Alice seguía con nosotras.
Esto nunca estuvo en el limbo.
Era verdad.
Nuestros cuerpos recorrieron el mismo camino una y otra vez, que hemos generado una especie de bucle.
- Muchachas, tenemos un cierto problema.
- No puede ser, nos perdimos, ¿cierto? –pregunto Dalia.
- No creo que sea eso, hace rato que debimos de haber llegado, ¿no, Saray?
Es incorrecto regresar sobre nuestros pasos, pues el pasado no perdona nuestros errores y es imposible continuar hacía el futuro, cuando en el presente todavía seguimos dudando, se nos castigaría por eso. Solo podíamos estar, hasta encontrar una solución.
Es cierto, hace rato que debimos de haber llegado. Antes de entrar al bucle, ya habíamos recorrido la misma distancia que aquellos días con Ameli.
Pero no llegue a visualizar alguna parte que reconociera y me hiciera recordar que ya estábamos a punto de llegar.
¿En dónde estaremos?
Todo me hacía sentir pequeña. Esa vitalidad con la que me sentí al despertarme comenzaba a desvanecerse lentamente de mí, pero ahora no podía perder el semblante.
La neblina se volvió tan densa, que de vez en cuando nos perdíamos de vista. A pesar de estar quietas en un mismo lugar, se borraba por completo nuestra presencia.
Cruzada de piernas, Alice se sentó sobre un tronco caído, notándose en su cara la frustración y la desesperación. Ya hasta tal punto, cualquiera de las tres era válido que se sintiera de esa forma.
- ¿qué estás haciendo? –observo Dalia.
- No quiero desperdiciar mis fuerzas estando parada, en estos momentos ni tú ni yo podemos hacer algo. La única que puede sacarnos de este aprieto es Saray, ya llegara nuestro momento de poder ayudar.
Y la invito a sentarse con toda la calma del mundo.
Podría sentir que poseía una cantidad desorbitante de tiempo, infinito quizás, pero obviaba el hecho que todavía seguía teniendo pendiente una invitación para ellos, muy especial.
Pero es verdad. La única persona capaz de sacarlas de esta situación soy yo. Ya he estado aquí antes, con Ameli, con mi madre y mi abuela.
¿qué es lo que hice mal?
¿tome el camino equivocado?
No. Lo recuerdo con exactitud, tomamos la misma ruta que con Ameli.
La ruta de mi abuela. Fue la misma.
Entonces, ¿qué estaba mal?
Había alguien que no quería que descubriéramos el misterio que rodeaba la cabaña. Estoy segura que algo más tuvo que haber pasado en el asesinato de mi abuela para que escondieran este lugar.
No. Sin duda había algo más.
La única pista que estaba dejando por alto, esa sería la que me daría la respuesta. Pero no lograba dar con ella y no podía contar con Dalia, todavía seguía sin llegar el momento adecuado para decírselo.
Las miraba de reojo de vez en cuando, sentadas tan tranquilamente, sin imaginarse que podría ser lo que nos esté esperando en aquel lugar.
Repetía constantemente en mi memoria, los recuerdos que poseía acerca de este lugar.
Hasta que una chispa efímera me dio la respuesta que tanto había estado buscando.
Es verdad.
A pesar de que el recorrido fuera el mismo, eran épocas diferentes.
Para cuando viaje con Ameli, la casa donde vivía seguía siendo visible, con sus pedazos de madera cayéndose por todos lados. En el momento que mi abuela y mi madre pasaron por acá, no recuerdo haber visto la casa de madera.
En el momento que yo nací, Alice ya vivía acá, su madre pereció ese mismo día, por lo que la casa permanecía oculta.
La estación era la misma, otoño, con sus hojas color carmesís; que fue teñida por el rojo de todas las almas en pena.
Pero ese día que yo nací, no era otoño. El planeta no estaba ni cerca de llegar a esa estación.
Para ese entonces, este lugar ya había sido oculto y… ¡mi abuela conocía este lugar!
Que haya decidido morir en ese lugar tiene un significado más oculto. La muerte de mi abuela tiene que ocultar demasiados secretos.
¡Esa es la forma en la que podemos acceder a este lugar!
- ¿Alguna trajo una navaja?
Pero ambas negaron con la cabeza. La magia de antes es muy distinta a la de ahora, más que todo por la falta de información que poseemos.
Sin embargo, eso no podía ser ningún impedimento para poder continuar con el viaje y con toda la ira que llevo acumulando durante años; la desate de un solo mordisco en los músculos hipotenar, llegando a desgarrar la arteria ulnar y los demás nervios de mi brazo izquierdo.
Se escuchó un “clac” y ambas quedaron perplejas ante el chorro de sangre que caía de mi mano. Mi dedo pulgar había quedado inamovible, pero al menos los restos de mis dedos podía seguirlos moviendo.
Continúe el camino, manchando todas las hojas alrededor con mi sangre. Mis pasos se volvían más livianos y la neblina iba disipándose.
El aire regresaba a ser ligero y la luz del sol emergía de entre las sombras para calentar sobre nuestro cuerpo. No obstante, las nubes grises de un otoño incipiente cubrieron el azul del cielo.
Las hojas cambiaban rápidamente de color, de un verde vivo a un naranja que las aproximaba a su eminente muerte. Ese era su ciclo, los arboles quedarían sin sus compañeras, para pasar un invierno en soledad.
Pero ahora, el otoño llenaba el suelo con sus características hojas, montones de ellas, marcando el camino que debíamos de seguir si a nuestro destino queríamos llegar.
Volvía a sentir aquella vitalidad que el desasosiego me había robado. Era hora de por fin descubrir la verdad.
Mis piernas sentían el semblante serio que tanto me caracterizaba antes de conocerlas a ellas. Dalia podía notarlo, sentía como regresaba a mí la determinación que necesitábamos.
Fui marcando el camino con mi sangre. Era la única condición que pedía el hechizo para poder hallar la cabaña.
Sobre el cielo; el único animal que nos brindaba su protección era el cuervo de Alice. Las demás aves decidieron abandonarnos.
Por muy majestuosa que puedas llegar a ser, incluso la verdad puede llegar a darte más miedo que cualquier otra amenaza.
Y por fin estábamos ahí. A un paso de comenzar a descender por la colina y entrar a la cabaña.
Su apariencia se había demacrado con el paso del tiempo. Los años habían tratado con violencia la madera, se veía frágil, a punto de disolverse con el viento.
Muchas de las vigas ya se habían caído a pedazos y no quedaba nada más que ruinas a su paso. Sería difícil poder moverse entre sus adentros, pero todavía ciertas zonas seguían en pie.
Se rehusaban a darse por vencidas.
Fui la primera en descender por la colina, con la misma prisa que la descendí en mi viaje con Ameli.
Se veía imponente. Triplicaba mi tamaño y los vidrios rotos esparcidos por el suelo daban la amenaza de no entrar en ella.
Estaba marchita, más que por el paso del tiempo, probablemente sea por todos los acontecimientos con los que cargaba encima.
La sangre que cubría las habitaciones se reflejaba a través de los cristales. Sin duda, era una advertencia de que no entráramos o tendríamos nuestras consecuencias.
Respiré tan hondo como pude, hasta llenar mis pulmones de aire.
Sentía ligeras mis piernas, al mismo tiempo que sabía y notaba que me sostendrían de cualquiera eventualidad.
Y fui la primera que decidió dar el paso hacía la cabaña. Ambas se habían quedado atrás mío. Estaban asustadas, lo podía notar en su rostro y lo podía entender, ni siquiera yo me sentía preparada para descubrir lo que se encontraba en la cabaña.
Para cuando di la primera pisada en la madera de la cabaña, rechino en un grito de dolor y…
¿En dónde estoy?
Todo se ve tenue.
Es como si estuviera dentro de una burbuja.
- ¡Suéltenme!
Dos hombres de traje llevaban a rastras a una mujer. Su vestido fue rasgado por la violenta bajada de la colina y dejaba al descubierto su barriga.
La cabaña se veía demacrada, seguramente en sus últimos años de vida.
- ¿Cómo te atreves a darle una primogénita mujer al rey?
- ¡Pero que sea una mujer demuestra lo fuerte que es! –protesto ella.
- ¡Cállate!
Y un fuerte golpe la mando hasta el rincón de la habitación.
- Te quedarás acá hasta morir – anunciaron.
Pero el cuerpo del niño ya estaba ahí. Debía ir mucho más atrás.
Sin embargo, tampoco podía ignorar esto. La primogénita del rey es una mujer y esto es relativamente reciente.
¡Esto es de nuestra época!
Es por ello que han decidido ocultar la cabaña. ¿Mi abuela estará involucrada en esto?
Pero antes de poder obtener más respuestas, retrocedí más en el tiempo.
Era una joven pareja la que habitaba en el bosque. Todavía ni existía el pueblo como tal, tan solo unas simples casas recientemente construidas.
No parecía haber maldad alguna entre las miradas de las personas.
Sé que es ella. Algo me decía que era ella. Su cabello la delataba.
Era la primera bruja que llego a habitar en el pueblo.
¿Por qué me están mostrando esto?
Fueron ellos quienes construyeron aquella gran casa. Se veían felices y tenían en mente ser una familia bastante numerosa, hasta ese punto, ella nunca había llegado a usar la brujería. ¿Quisiera sabría lo que es?
Pero no tenía dudas de que fuera ella.
Sin desviarme del tema, se veían una familia feliz.
Sin embargo, una felicidad infinita también llega a ser una desdicha para el ser humano.
Era un miércoles en la noche cuando descubrió que su esposo le estaba siendo infiel en una casa de damas de compañía.
Lo descubrió sin querer, tras su habitual paseo nocturno para apreciar la belleza de la vida, lo vio a él. Con la mirada de quien cuidaba de sus pasos para no ser descubierto y decidió seguirlo.
Su corazón se rompió en mil pedazos cuando lo vio acostarse con la primera mujer.
Y luego otra, tras otra, tras otra.
Parecía una bestia encarnizada en lo que hacía.
Vio todo el espectáculo de esa noche, con ojos fríos y calculadores. Todo su amor se desvaneció después de la media noche.
Sabía que llorar no le serviría de nada en ese momento, ¿Cuántas noches no lo habrá hecho?, pagándole con la misma moneda sería la única forma de ver su sufrimiento.
Y siguió con otra, cuando entro ella al club.
Todos los hombres y las mujeres se le quedaron viendo. Sabían con exactitud quien era ella, pues era considerada como una de las mujeres más hermosas y empáticas de todo el pueblo.
La mirada de su esposo se petrifico. No fue capaz de decirle ni una sola palabra.
Empezó a desvestirse y tanto hombres como mujeres estaban al pendiente del show que les estaba ofrecieron.
La blusa lejos de su cuerpo y sus pantalones quien sabe a donde habrá caído. Tan solo quedaba en ropa interior para cuando se subió en la barra donde servían su trago.
En su mirada se veía toda la maldad que quería hacerles sentir, pero más que todo, a su esposo la venganza que iba a sufrir.
Se despojó de su brasier y fue caer a la cara de uno de los hombres más fornidos del pueblo.
El rumor no tardo en esparcirse, la mujer más bella de todo el pueblo se estaba desvistiendo frente a ellos en el club. No hizo falta si quiera de mencionar nombre alguno, cuando todos sabían de quien se trataba.
- Seré de ustedes esta noche, tanto para hombres, como para mujeres –declaro con severidad-. Quien desee cogerme, que venga y lo haga y me coja de la forma más animal que pueda, que desate todo sobre mí. Demen todo su esperma, sus besos, cada uno deme su pene y las mujeres, demen lo suyo, ¡que esta noche soy de ustedes!