Una noche que duro hasta el amanecer.
Una noche que duro por más de un día.
Una noche que marcaría el final de una historia y el comienzo de otra desgracia.
Una noche que todos disfrutaron, pero que luego, todos lamentarían.
Una noche sin fin. Con olores y sabores. Una noche donde lo más salvaje del ser humano se desato.
Una noche con el olor a ella.
Una noche con un recuerdo grato e inolvidable.
Esa noche, fue quien dio paso al nacimiento de la primera bruja.
Todo transcurrió con normalidad cuando se alzó el sol sobre los habitantes del pueblo. La vida continuaba con tranquilidad, a excepción de aquella pareja, que su relación se desintegro en tan solo una noche.
Años de relación, para todo acabarse en tan solo una noche.
Fue él quien lo destruyo todo, e incluso así, tuvo el descaro de cuando llegaron a la casa, reclamarle a ella sobre lo que había hecho.
- ¿cómo te atreviste a hacer eso? –pregunto indignado el hombre.
Sin embargo, obtuvo una mirada de indiferencia y desprecio por su parte.
- ¿acaso no piensas hablarme, Alice Kyteler?
Alice Kyteler… ese nombre… ¡comienzo a tener respuestas!
- ¿te crees merecedor de tener alguna respuesta de mi parte?
- Claro que sí, ¿cómo te atreves de hacer lo que hiciste?, ¡con todos esos hombres y mujeres!
- Realmente que eres un ingrato, Johann. Cuando te ofrecí todo mi tiempo, mis sueños y mis esperanzas, esta es la forma que tienes para tratarme.
- ¡Escúchame!
- ¡Cállate, maldito mal nacido de la tierra! –lo interrumpió con violencia-. Sobre ti caerá el mayor de los juicios.
Y con sus fuertes palabras, sentencio la vida de Johann y la de todos los hombres y mujeres de aquel pueblo.
Camino por horas, sus pasos eran inexactos, sin saber con exactitud a donde podría llegar. Hasta que apareció frente a ella, el paraíso deseado.
Frente a ella; unos árboles gigantescos que ocultaban tras ellos, un enorme cráter. El viento se sentía, era un aire gélido y un día gris; la estación de otoño comenzaba ese mismo día.
Las hojas ya comenzaban a caer de los árboles, para formar el camino de la reina.
Reunió con suma delicadeza, las hojas más hermosas dentro de todo el bosque y manchándolas con su sangre, marcaba el inicio de una nueva estación.
El otoño.
El rojo carmesí.
Y formo con todas esas hojas, una corona, anunciando la llegada de la reina. Quien gobernaría sobre todos ellos.
Con sus propias manos y valiéndose por ella misma, fue quien construyo en un solo día aquella cabaña, que en sus inicios parecía tan acogedora y apacible, para ahí pasar sus siguientes meses, pues había quedado en embarazo.
Y por adelanto, su sexo sería un varón.
El varón que cargaría con todos los pecados de aquel pueblo, que sin saberlo, ellos mismos comenzaron a hundirse en la miseria
Dentro del pueblo, todo continuaba transcurriendo con normalidad. Tanto hombres como mujeres, cuando veían a Alice pasar por el pueblo, siempre le pedían que repitiera lo de aquella noche; su cuerpo para todo el mundo.
Instintivamente se hizo público acerca de la infidelidad y como la trató Johann la última vez que hablaron e inmediatamente todos los habitantes comenzaron a odiarlo, ya no lo soportaban.
Alice repitió por varios meses esa misma noche, un día a la semana les daba el lujo a todos los ciudadanos que disfrutaran de su cuerpo, hasta que la barriga comenzó a hacerse cada vez más prominente y los rumores no demoraron en esparcirse.
¿Quién sería el dichoso padre?
Era un hijo de todos, solía decir ella. Pues todos los hombres dejaban un poco de ellos dentro de ella.
Y para sorpresa de ellas también; todas las mujeres quedaron embarazadas al mismo tiempo que ella.
- Son hijos de todos, para todos.
Solía decir ella con entusiasmo, entre una sonrisa sombría y unos ojos llenos de rencor. El mundo para este punto ya estaba acabado.
Pasaron los meses y nadie volvió a ver a la sonriente y amable Alice Kyteler, ahora veían a una chica sombría, lleno de odio hacía la vida humana, sobre todo hacía los hombres. A cada persona lo miraba por debajo de los hombros, con desprecio e indiferencia.
Y pronto dejaron de ver a Alice Kyteler por las calles. Nadie sabía de su paradero, ni siquiera su ex pareja conocía rastro alguno de ella. Había desaparecido de la faz de la tierra.
Sin embargo; tampoco pareció afectarles mucho su desaparición, todo el mundo estaban conflictuando entre sí, para saber quienes serían los padres de dichas criaturas. Había quienes no se harían responsables por nada, mientras que otras los hacían responsables a todos por los múltiples embarazos.
Mientras tanto, Alice se encontraba alejada de todo el mundo en la cabaña que había construido. En su tiempo de aislamiento decidió plantar y cuidar de un pequeño jardín de amapolas, que floreció rápidamente por todo el campo.
De ese jardín ya no queda ni siquiera un pequeño rastro.
Seguía siendo la misma Alice de siempre. Tan humanamente posible, pero solo con ella misma, porque ya nadie merecía de aquella buena nobleza que albergaba en su corazón y que tiempo atrás lo machacaron sin tanto desprecio.
Pasaron los nueve meses hasta que llegó el momento de dar a luz. Todas en el pueblo estaban preocupadas, pues no poseían los conocimientos bastos para llevar adecuadamente un parto y en el proceso, llegaron a fallecer muchas de las mujeres del pueblo, junto con sus hijos.
Mientras tanto, Alice, había preparado todo en su cabaña para hacer un parto perfecto. Pero, más que un parto, aquello era un ritual de iniciación. Con las velas al lado de su v****a y plantas de estramonio acolchando el suelo, estaba todo preparado.
Y antes de que se asomara por primera vez la cabeza del bebé, Alice pronuncio unas palabras en una lengua que hace mucho tiempo se había considerado muerta.
¿Cómo conocía ella todo aquello?
Sin duda; no era la primera bruja en todo el mundo, pero si, en ese desdichoso y arrogante pueblo.
La luz del sol asistió a su parto. Por chisme, por simple curiosidad, pero los rayos del sol apuntaban directamente a sus partes, como para bendecir a la criatura que a punto estaba de nacer.
Varón.
Fue un pequeño y desnutrido niño quien cultivo y nació desde lo más profundo de sus entrañas.
Su mirada de repudio lo decía todo y apenas fue colocado en la colcha de las plantas de estramonio, el sol se ocultó tras las nubes, con el miedo a ras de el de lo que acababa de presenciar y acerca de quien le había ofrecido su bendición.
- Más te vale que te ocultes para siempre –amenazo hacía la gran estrella-. No quiero verte iluminar sobre este inmundo pueblo.
Todas las mujeres que dieron a luz en esa tarde, sin excepción alguna, sus hijos fueron varones.
Bajo la luz de la luna esa misma noche, el resto de las mujeres dieron a luz y por primera vez después de muchos meses, apareció Alice Kyteler.
Se veía amable y apacible, la gente creía que era por el embarazo que le había afectado tanto que ella misma se obligó a retirarse de la sociedad.
Con su característica amabilidad, reunió a todas las mujeres que aún estaban a punto de dar a luz. Lo tenía todo preparado, en la plaza del pueblo tenía un gran jardín de amapolas y flores de loto y posiciono a las mujeres en cada zona, suavemente adornaba con las flores.
Decir adornada es tratar de ocultar las verdaderas intenciones de Alice Kyteler.
Estaba a punto de nacer la primera generación de brujas. La más temida y poderosa generación, que llego hacer sentir miedo en las pieles de todas las personas, sobre todo, en la de los hombres.
Fue después de esa generación que se creó la organización de cazadores, pero estar diciendo estos datos era dar saltos a la historia, mejor dicho; simples suposiciones.
Pero algo si era cierto, esta fue la generación de brujas más temida y fuerte de todas.
Era luna llena. Un cielo completamente despejado y el manto de estrellas acompañando a la luna en aquella radiante noche.
Ninguna mujer pereció aquella noche y la luna las ilumino durante todo su parte, ofreciéndoles su bendición a todas y cada una de las dulces niñas que nacieron de esas mujeres tan fantástica.
Se veían rejuvenecidas y aliviadas de sus dolencias de estar cargando con ellas una criatura durante nueve meses.
Nadie se atrevió a protestarle a Alice Kyteler, el porque no había estado durante la tarde, asistiendo al parto de las demás mujeres, donde sus mayores primogénitos varones dieron a luz y gran cantidad de ellos encontraron la muerte después de nacer.
Muchos hombres se sentían orgullosos de sus, evidentemente, primogénitos varones y ahora sí que todos querían hacerse cargo. Sin embargo, en la noche, fueron muy pocos aquellos los que llegaron a sentirse con una felicidad absoluta por el nacimiento de sus niñas.
Y Alice Kyteler, grabo en su memoria el rostro de los hombres que llegaron a sentirse orgullosos por sus primogénitas mujeres. Sería fácil recordar sus rostros, pues eran pocos. A ellos los tacharía de la lista.
Esa noche no se escucharon gritos de entusiasmo, más bien murmullos y negación ante tantas mujeres que nacieron bajo la luz de la luna. Se sentían ofendidos, ardían de ira y fue ahí cuando comenzaron a corromperse.
- ¿y tú que tuviste? –pregunto el aldeano más fornido hacía Alice Kyteler.
- Un varón –contesto desganada Alice.
Todos quienes alcanzaron a escuchar su anuncio regresaron su mirada sobre ella. Volvía a tener de nuevo la mirada de todos los hombres sobre su cuerpo. Obtuvo de nuevo lo que quería, tenerlos sobre la palma de su mano.
¿Por qué tienen que ser tan simples?
- Simplemente ustedes me enferman –susurraba para sí Alice.
- ¿y quién es el afortunado padre? –preguntaron al unísono.
- ¿quién quiere serlo? –respondió con vago interés.
Y todos los hombres por un momento quedaron en silencio. No sabían que responder ante su pregunta, o más bien, quien fuera el primero de darle una respuesta, le seguirían los demás hombres tras él y se formaría una gran pelea.
¿Quién no querría ser el padre de esa criatura?, viniendo de la mujer más hermosa del pueblo.
Y cayeron en su trampa.
Todos comenzaron a pelearse por la custodia de ese niño. Una gran trifulca se formaba en medio de las mujeres que acababan de dar a luz. Sin embargo, un fuerte llamado, de la misma Alice Kyteler, capto su atención.
Subida desde la tarima más alta dio el anuncio que tantos esperaban. ¿Quién sería el elegido?, el dichoso padre que llegaría a criar aquel niño. Su primogénito que tanto lo llenaría de orgullo.
Se podía reflejar eso en los ojos de cada uno de los hombres. Como me repudian ustedes. Pensamos ambas. Seguía estando en aquella pequeña y transparente burbuja observándolo todo.
Sin embargo, los hombres que acompañaron a las mujeres a sus casas y decidieron hacerse cargo de las niñas con gran orgullo, se ganaron el respeto y por tanto, la admiración de Alice Kyteler.
- ¡Viviré sola con el niño! –anuncio de primeras Alice. No se escuchaba absolutamente nada, quizás, era eso lo que menos les importaba a los hombres, tan solo querían saber quien era el dichoso padre.
Todos parecían unas estatuas. Así era como los quería tener, bajo su mando.
- El padre de ese niño es… Johann –anuncio al final.
Y todos, más que enfurecidos, quedaron completamente sorprendidos ante la revelación. Nadie se esperaba que el hombre quien le fue infiel y al final fue quien peor la trato, llegara a ser el afortunado padre de aquel niño.
Pero nadie dijo ni una sola palabra. Esa noche, todos estuvieron con ella, fue unos todos con todos, así que cualquiera podría haber sido.
Evidentemente, Johann no se hallaba entre la multitud. No le interesaría aquel gran suceso que estaba ocurriendo y que, sin imaginárselo, cambiaría la vida de todos.
La noticio voló hasta los oídos del joven y ni siquiera yo fui capaz de descubrir como fue su reacción. Sin embargo, tomo su tiempo para ir hasta la plazoleta del pueblo.
Todos seguían en silencio, como esperando alguna otra noticia que les lanzara Alice Kyteler y en cuanto sus ojos lo vieron llegar, lanzo de nuevo otro anuncio.
- ¡pero no se desesperen, mis queridos hombres! –los ojos de Alice Kyteler ardían en furia mientras veía a su ex pareja y le dedico una sonrisa macabra antes de continuar con sus palabras-. ¡Volveremos a realizar esas noches donde todos pueden tenerme!, para que alguno de ustedes sea el siguiente afortunado padre.
Todos quedaron de lo de absortos ante su decisión. ¿Volvería a ser la misma Alice Kyteler del pasado?, aquella que derrochaba de su amor y de su ternura a todos los seres del planeta.
- Pero tendrá que pasar un tiempo antes de que vuelva hacer eso –volvió hablar y todos quedaron al pendiente de sus palabras-. Mi cuerpo debe de recuperarse tras estos nueve meses de embarazo.
Y todos parecieron acatar sus órdenes.
Cuando bajo de la tarima, todos aquellos hombres que la deseaban, le formaron un camino por donde ella iba pasando, dirigiéndose hasta Johann.
- Felicidades, eres el padre de mi criatura.
- No pienso hacerme cargo de tu hijo, maldita zorra.
- ¿acaso crees que lo digo porque te necesito?, ¿alguien tan perro como tú?, no confundas las cosas, sencillamente di el anuncio por decencia, nada más.
Y desde ese momento, Johann y ella se convertirían en enemigos públicamente.
Alice Kyteler siguió su camino de largo, frenando a todos los hombres que iban tras ella.
- A partir de aquí continuare sola –pronuncio sus palabras con cierta calma-. Ya volverán a saber de mí.
Y su silueta se desvaneció en el bosque siempre parecía estar en la temporada de otoño.
Nadie volvió a saber acerca de Alice Kyteler durante meses. No pudieron aguantarse las ganas de volver a sentir la sensación de su piel y su increíble e inconfundible sabor, que salieron a buscarla.
Sin éxito alguno, pero a partir de ahí, las cosas comenzaron a ponerse cada vez más raras. Los hombres que se adentraban en lo más profundo del bosque, no regresaban a sus casas. No se volvía a saber nada de ellos, es como si se borrara cada rastro de ellos.
Hasta que volvió aparecerse en el pueblo un año después del nacimiento de todos los bebés. Era media noche y todos quedaron sorprendidos al verle. Nunca nadie sospechoso de ella acerca de los hombres que desaparecían, pensaban que simplemente el bosque sería tan grande que no encontraban el camino de regreso.
Esa noche, aquella velada; fue la más larga que nunca habían vivido en sus vidas. Tanto para ellos y ellas, como para Alice Kyteler. Desataron todas sus ganas que tenían sobre ella, fue uno tras otro, incluso, fue en grupo, varios hombres al mismo tiempo quienes la penetraron sin cesar.
Dejando todo dentro de ella, encima, había por todos lados. Todos deseaban ser el afortunado que la pudiera dejar embarazada.
Sin embargo, pasaron cinco años sin que nadie lograra embarazarla. Ni a ella, ni a ninguna otra mujer en el pueblo. Era como si todos hubieran quedado infértiles.
El sol no había vuelto a brillar con tantas ganas como en antaño. Era tímido y no se alejaba de estar tras las nubes. Sentía miedo a pesar de ser una gran estrella.
Era su día de cumpleaños. Alice Kyteler nunca se preocupó por darle un nombre a su hijo. Siempre lo llamaba por usted, no obstante, si lo crio con respeto, amor y admiración. Era un buen chico, a pesar de que nunca había sentido el amor de su madre.
Todas las nubes hacían del día uno nublado, el sol no fue capaz de irradiar su luz en aquel día.
Era el momento.
Las gotas de lluvia, después de mucho tiempo, comenzaban a caer. Una lluvia que se convirtió en una tormenta a los pocos minutos.
Los truenos caían cerca de la cabaña, llegando a destruir cada cristal que había en la casa.
Ya era momento de comenzar con el río de sangre.
Los cristales rotos se clavaban sobre el suelo de la cabaña. Solo quedaba una única ventana templada y estaba en la habitación de su hijo.
Entro a su cuarto con unos suaves pasos, casi imperceptibles. Su niño dormía plácidamente sobre su cama, ni los truenos de aquella tormenta eran capaces de despertarlo, sin embargo, aquel cristal roto que su madre, Alice Kyteler, rompió con sus propias manos, hizo despertarlo.
- ¿qué sucede, mamá?
Su madre no menciono ni una sola palabra. Tan solo podía ver el brillo de maldad en sus ojos a través de tanta oscuridad.
Cayo otro trueno. Esta vez al frente de la habitación del niño.
Eh iluminada por la luz, clavo el gran pedazo de cristal sobre el vientre de su hijo.
Fue una sola penetrada. No lo saco para volverlo a introducir, tampoco lo removió dentro de sus tripas. Era una muerte lenta. Se iba poco a poco. Comenzaba a desintegrarse.
El momento de la muerte para llevárselo ya había llegado. En el limbo permanecería como parte del pago.
Y tras sus palabras pronunciadas en un lenguaje completamente muerto, sello su pacto con aquello.
Al día siguiente regreso al pueblo y solo estuvo con único hombre. Sin que nadie se diera cuenta, sin un solo ojo observando.
Para quedar embarazada.
Y nueve meses después nació su verdadera heredera. Alice. La descendencia de su propio linaje.
Y ahora que me pregunto, se debió de haber mantenido aquel linaje, pero, ¿Quién de todas ellas sería?
Fue después del nacimiento de Alice que el conjuro comenzó a hacer un efecto sobre los hombres y ya no eran como tales hombres, sino unas cosas desalmadas.
Para cuando la burbuja exploto y regrese al presente, Dalia y Alice habían encontrado los huesos del niño, el cristal, la sangre, todo sorprendentemente seguía ahí.
Mi piel estaba helada, mi mirada fría. Pero debía de contarles a ellas todo lo que había visto.