Cuando estuve de regreso a la realidad, mi aire se escapaba de mis pulmones, mis pupilas se dilataban ante la exposición tan fuerte de la luz y mi consciencia se desubicaba a través del tiempo y del espacio.
No era capaz de mantenerme de pie. Parecía un pequeño trompo que me movía de lado a lado. En mi estado, era hasta incapaz de poder sentarme, es como si hubiera quedado invalidada por completo.
Pero ellas siempre han sido bastante generosas y entre todas nos hemos llegado a cuidar desde el primer momento.
- ¿estás bien? –pregunto Dalia, mientras salía a correr para atender mi estado.
Podía sentir como sus pasos pesaban por medio de la madera, como las tablas sufrían al tener que soportar de nuevo el peso de una bruja, pero para eso habían sido creadas.
Eso me hizo caer en cuenta de algo; sus pasos continuaron de largo. No se detuvieron en ningún instante. Fue como si la cabaña hubiese estado recelosa de Dalia y no quisiera que ella se enterase acerca del pasado.
Tendría que contárselo, pero ahora no tenía si quiera una pizca de aliento para hablar.
- ¿estás bien? –volvía a repetir la pregunta Dalia, pero esta vez ya cada vez más cerca de mí.
Pude a duras penas responderle negando con mi cabeza. Todo un logro fue aquel gesto, digno merecedor de un premio, porque todo luego, giro tanto, que perdí el control de todo mi cuerpo.
Ahí estuvo ella para sostenerme.
- Siéntate –dijo Alice con una voz arrulladora.
¡¿En qué momento había llegado?!, sus pasos tan silenciosos sobre una madera tan vieja helaron mis sentidos. Quizás fue por el déficit de mis habilidades o puede ser que por haber estado tan concentrada en Dalia, la descuide a ella.
¡No!
No trates de convencerte, Saray. No seas tan obstinada, confía en tu instinto.
Ella no es alguien normal. Esos movimientos tan sueltos, como una pluma que se mece en el aire, son propios de alguien que ha llegado a recibir un entrenamiento especial.
¿Y si ella también vio lo mismo que yo?, ¿sería capaz de contárnoslo o simplemente lo ocultaría?
Pero lo más probable es que si se le haya sido revelada cierta información. En estos lugares no existe el espacio – tiempo, por lo que pudo haber visto lo mismo que yo en cuestión de un segundo.
Eres alguien especial Alice y debo averiguar que eres y quien eres.
Un gran estruendo se escuchó a mi lado. La madera se hizo hueca para recibir aquel cuerpo tan pesado.
- ¡Alice!
Fue el grito que pego Dalia, quien me hizo caer en cuenta que se trataba de nuestra otra compañera. Había caído desplomada a mi lado.
Si estiraba mi mano, lo suficientemente despacio, para no realizar demasiados movimientos; podía sentirla. Evidentemente tenía pulso todavía, pero al parecer había quedado en un estado de shock.
Pero no había convulsiones, ni espuma saliendo por su boca.
¿Y si tal vez estaría fingiendo?
No podía juzgar nada porque mi vista no había decidido regresar todavía.
- ¿Cómo está su cuerpo?
- Rígido –respondió Dalia, trastornada.
De pronto, sentía que yo también iba terminando de perder el poco conocimiento que me quedaba y así, poco a poco las luces iban desvaneciendo, desintegrándose entre sí; en una especie de pelea final donde ninguna podía ser la vencedora.
Segundos después, mi cuerpo también cayo, rígido e inmóvil sobre la madera fría y desconsoladora.
Mi último pensamiento fue; ahí quedara Dalia, espero puedas protegernos de algún ataque.
Para cuando mi vista volvió a funcionar y mis ojos pudieron volver a enfocar la realidad, me hallaba dentro de una burbuja transparente, flotando alrededor de la cabaña y a mi lado estaba la famosa Alice.
- Casi que no llegas –refunfuño-. ¿Acaso te estabas resistiendo?
- ¿Cómo sabías que iba a volver a caer?
- Porque yo también vi lo mismo que tú viste la primera vez que pisaste la cabaña. Llegue hasta ustedes por pura inercia y te atrape mientras te desplomabas porque te escuche.
No podía desperdiciar otro beso en ella así tan a la ligera. Debía de tener la guarda baja para que surtiera efecto. Lo peor, es que tan solo funcionaría dos veces más sobre ella.
No quiero dudar más, es un hecho. Ella tiene un entrenamiento especial.
“Antes de esconderse el sol, pero antes de nacer la luna; hay un momento para las personas como nosotros”, fue su confesión de aquella noche.
La bendición otorgada por las estrellas fue un atardecer. Ni tan catastrófico como el sol, ni tan poderosa como la luna. Una combinación entre fragilidad y misterio. Una bendición tenue, llena de oscuridad y desconfianza.
Eso es lo que era ella.
- Pronto lo descubrirás.
Confeso después de otro beso. Esta vez se me había detenido el corazón con la esperanza que me lo contara todo sin ninguna especie de rodeo.
Tan solo me quedaba una última oportunidad, un único beso. Era un hechizo simple que me enseño Don Gato en mis tiempos de niña para cuando quería sacarle información a alguna de esas personas.
Pero no funcionaba con todas las personas. Solo en aquellas que, a pesar de, me parecerían atractivas.
También existía otra forma de realizar este conjuro, sin importar si te parecería atractivo o no, pero es menos eficaz.
Sin embargo, con ella, resultaba siendo lo mismo. Pero, me dabas otra pista más. Realmente si conocías de esta cabaña y esta historia. Ya sabías de todo esto, ¿qué ganas haciendo todo esto, Alice?
El paso del tiempo no se hizo esperar, ni siquiera frente a la primera y más poderosa bruja que ha existido en todos los tiempos, Alice Kyteler.
No obstante, había algo que ni el tiempo se atrevió a tocar. Su característica belleza, tan radiante y deslumbrante, seguía igual de firme, como las estrellas en el firmamento.
Su hija ya sabía caminar, incluso leer; sorprendentemente más, conocía ya alguno que otro hechizo en esa lengua muerta que recitaba su madre.
Nunca la he llegado a subestimar y es por eso que su nombre está prohibido en el pueblo, incluso entre nosotras, hay quienes prefieren no escuchar el conjunto de palabras que forman su apellido.
Pero seguía siendo una persona quien irradiaba amor, comprensión y ternura. A diferencia de su primer hijo, esta, la pequeña Alice, a quien si le decidió dar su nombre, la trataba con dócil ternura.
Juntas continuaron cuidando de aquel jardín de amapolas, ahora con algunas margaritas y unas pequeñas rosas, que llevaban a vender al pueblo.
El caos todavía no había empezado, apenas si se asomaba por la ventana.
Junto con su pequeña Alice, llevaba las tiernas flores hasta el pueblo y era vendidas entre las calles y rincones de cada lugar. Formaron un pequeño puesto de floristería y aquellas noches donde todos se encontraban con todos, parecían muy lejanas ahora.
Todo parecía estar en una dócil calma. Tan falsa, como la sonrisa que les dedicaba a sus clientes. Los hombres no parecían esas bestias que en antaño se peleaban por poseerla y hacerla suya o por sus ansias de convertirse en padres por medio de su cuerpo.
Eran más que eso. Unas bestias que habían sido encerradas en sus jaulas y que, al momento de salir, destrozarían todo a su alrededor.
Su alma y si es que se puede llamar de algún modo, a aquello poseen en su interior, se había fragmentado en más de mil pedazos y Alice tan generosamente se los unió con la propia maldad que ella misma recolecto de esas noches.
Sería una sustancia blanca, pero al final decidió que no lo sería; sería más bien un signo de pureza y eso únicamente lo poseían las niñas.
Negro. Sería negra la maldad.
Pero no, tampoco.
Verde.
Azul.
Roja.
Pensó en todos los colores, pero nunca pudo decidirse, así que simplemente lo vertió sobre el alma pecadora de los hombres y se pudriera a su antojo.
Esa noche; en aquella luna, había sido la predilecta para que empezara el momento del show.
Cuando la máxima estrella estuvo en lo más alto del cielo, Alice tomaba por primera vez su escoba. Todo este tiempo la había tenido reluciente, pues era su elemento favorito en todas las noches por las sensaciones que le producía que la terminaban llevando hasta el cielo.
- Aquí vamos.
Surco los cielos cual cuervo que viaja a toda velocidad para comer carroña. No había gato, no había polvo mágico, tan solo una jovencita utilizando su escoba en su entrepierna para poder volar.
Y que mágica la hacía sentir.
Para cuando llego al pueblo, todas las luces estaban apagadas y cada uno de los ciudadanos soñaba con un momento cálido en su vida. Ciertamente, puede llegar a ser algo tétrico pensar en que puede llegar ser cálido en la humanidad, pues que tan humanos que somos y este juicio de moralidad que cuece sobre nosotros, un limitante no termina siendo para nadie.
¡Que ventanas tan fáciles de abrir!
Le tomo varios viajes esa noche y con tanta sutileza que rapto a todas las niñas del pueblo para llevarlas a su cabaña.
- A ustedes todavía no les tocara vivir esta maldad.
Las miraba con cierta dulzura, realmente percibía una hipocresía demasiado grande en ella.
- Te he traído a tus hermanas, ¿te acuerdas que te hable de ellas?
- Devuélvelas.
- ¿Eh?, ¿de qué estás hablando, pequeña?
- ¡Que las devuelvas!, si vas a poner a las demás a vivir ese infierno, ellas también deberían de vivirlo.
- ¡Pero son tus hermanas!
- Sí, lo sé. Pero también son un sacrificio que tenemos que hacer si realmente queremos acabar con los hombres.
- Tendrás, entonces, que ayudarme a repartir los libros.
- ¿Acaso eres idiota, madre?, para eso fueron las flores que entregábamos entre los callejones.
- ¿De qué hablas?
- Me sorprende que seas mi madre.
Y la verdadera Alice, de quien todos hablan y quienes todos le tienen miedo estaba frente a mis ojos. Aquella criatura, más despiadada que su propia madre, era la reencarnación del verdadero mal en este pueblo.
De pronto, una cúpula gigante cubrió a los alrededores del pueblo. Unos vocablos recitados por la hija, más extraños que los de la propia madre, comenzaban a arrebatar el color en el pueblo. Grises.
- Grises. Sí. Los grises le quedarían bien a esta inmundicia de pueblo. ¡Nunca más volverán a conocer lo que es la felicidad aquí!
“Esa falsa felicidad con la que viven en este lugar, en vez de dejar salir su verdadera naturaleza oscura.
“Eres demasiado débil madre y en este mundo no hay lugar para ustedes los débiles.
“Criándome con un estúpido, aunque falso amor, que eso sí debo de admirártelo, pero igualmente te dejaste contagiar de ello. Caíste, más bajo que todos ellos, al abandonar tus nuevos principios por regresar a los antiguos.
“Ahora regresa a estas pequeñas niñas. Para ti tengo algo mejor planeado para cuando regreses. Vete.
Por conocimiento general, hasta por propia madre y mi abuela, se tenía la idea que fue Alice Kyteler quien inicio y trajo toda la maldad en este pequeño pueblo. Quien inicio con la brujería, que en cierto modo si fue así, pero al final ella no fue más que otro títere.
Y quien termino gobernando bajo las sombras, fue su hija y es de quien todos terminaron hablando en un futuro. Sin saber lo que realmente era o quien era, suplanto la identidad de su madre.
Un ser realmente extremadamente aterrador, que hasta su propia consciencia termina huyendo de ella. Alice. Sin tomar el apellido de su madre en realidad, simplemente Alice, trabajo desde las más temidas sombras.
Para cuando Alice Kyteler regreso a todas las niñas. El caos en el pueblo ya había comenzado y el primer instinto y más repulsivo de todos los hombres, salía a la luz.
Algo, que al ver con sus propios ojos, la lleno de asco y repudio, todavía más hacía ellos.
- Esto es lo que quería ver –dijo desde lo más alto-. El verdadero ser que escondieron bajo una construcción e idolotración de una falsa sociedad, haciendo todo bajo por debajo. ¡Déjenlo salir!, malditos seres asquerosos.
Todo volvía a ser un festín para ellos, no tardarían en saciarse por primera vez y empezar con su imperio, como yo he denominado, gente de traje y corbata con zapatos lustrados.
- Que repugnante es ver esto por primera vez.
Me causaba ciertas nauseas ver todo el horror nacido de aquellos seres. Verlo todo por primera vez me generaban unas nauseas repulsivas.
- No te vayas a vomitar aquí –anuncio amenazante Alice.
- Tú te llamas Alice.
- ¿Y eso que tiene que ver?
No perdía la compostura. Permanecía serena.
- ¿no serás acaso descendiente directa de aquella Alice?
- ¡¿Qué?!, ¿acaso te volviste loca, Saray?, ¿cómo carajos pretendes que esta niña loca va a ser de mi sangre?, con todo ese poder ya habría terminado con este pueblo de una vez.
Eso ultima si lo creía en ella. Sus ojos ansiaban poder ver todo el pueblo en llamas. Al igual que yo.
- Sé que desconfías de mí –confeso Alice-. Y tus instintos no te fallan al desconfiar de mi tan abiertamente. No les he terminado de escuchar todo.
- Habla.
- Esto ya lo he visto.
Mi cara de sorpresa no parecía ninguna novedad para ella.
- Evidentemente-. Continúo hablando-. Yo sola no tengo el poder para afrontar a los hombres o incluso, terminar con el hechizo que lanzo Alice Kyteler y continuo su hija o darle una continuación a lo que hizo tu madre. Eso únicamente lo podrían hacer tres personas.
“Una de ellas, sin lugar a dudas, eres tú. La hija de la tercera bruja más poderosa que ha pisado este pueblo y nieta de la segunda bruja más fuerte y con los conjuros más desorbitantes jamás creados.
“Tu familia es un misterio para mí o para todos en este pueblo. Unas mujeres extranjeras que llegaron hasta acá. En primer lugar, no logro si quiera entender como traspasaron la cúpula que creo Alice, pero de algo si estamos seguras y fue que no lograron salir a través de ella.
“La segunda persona capaz de detener esto, es a quien tu abuela le asigno su bendición. La primera mujer a quien el sol decidió otorgarle su camino por completo y quien renació, igualmente, con la bendición del fuego.
- ¿cómo que completamente?
- El sol ya había sido guía de otras muchas brujas. Es por eso que se conoce de sus malas mañas, por decirlo así, por sus desastrosas consecuencias. Pero nunca había prestado o guiado a ninguna bruja como lo llego hacer con tu abuela, evidentemente las consecuencias fueron mucho más graves para ella.
- Conoces mucho.
- Lo dices porque todavía no te he contado acerca de mí.
- ¿y quién es la última persona capaz de ponerle fin de una vez a todo esto?
- Es la propia descendiente de la sangre de Alice. Solo que… con el paso de las generaciones, el poder de su propia sangre ha ido decayendo. Puede que la Alice de ahora no sea ni un cuarto de poderosa a comparación de estas dos.
- ¿y dónde está la Alice de ahora?
Era consciente de lo estúpida que sonaba aquella pregunta, si ella conociera su paradero, seguramente ya la habría convencido de ponerle su punto y final a esta historia.
- No lo sé. Nadie lo sabe. Hay un punto en esta historia dentro de la cabaña que se borra.
“Cuando estas tres poderosas brujas se junten, serán capaces de acabar con esta aberrante vida.
La burbuja terminaba siendo resistente y bastante divertida para dejarte caer. La superficie era lo bastante firme, pero al mismo tiempo, podías sentir sus olas.
- Es un problema que ahora no tengamos ningún rastro de su descendencia.
O tal vez puede que yo sí conozca de algo.
- Puede que tal vez tenga una pista y tenga mucho que ver sobre las personas que ocultaron esta cabaña.
- Ahí hay otro punto más, por si no habías caído en cuenta.
- ¿De qué hablas?
- Es obvio que esta cabaña fue oculta por un hombre. Un hombre que era capaz de usar la magia.
- No creo que eso sea posible, Alice, mi abuela conocía muy bien como activar la ubicación de este lugar…
“Aquí fue encerrada la esposa del rey. Bueno, de quien mandan en este miserable lugar, ya sabes quien es.
- Aja –respondió sencillamente Alice.
- Fue encerrada porque tuvo una primogénita.
- ¡¿Qué?! –por primera vez veía a Alice perder la compostura.
Sin embargo, nuestra conversación se vio interrumpida cuando Alice Kyteler regreso de entregar de vuelta a todas las hijas.
Llego directamente al baño, a vomitar; no fue capaz de soportar toda la verdadera naturaleza tan ruin que esconde la cara de un hombre.
Sus ojos se salían de orbita, no me podía decantar por si estaba perturbada o más bien encantada por haber sacado a la realidad tal cosa tan asquerosa. Su sonrisa perdía el sentido, al igual que ella.
- Ahora, madre. – Alice, su hija, agarraba con firmeza una navaja con un filo morado-. Es hora del paso final hacía la locura.
Su propia hija, a quien ella misma había dado a luz y criado con tanto, la apuñalo en el estómago, paseando su navaja por todo el pecho de su madre, dejándola completamente abierta, mientras que sus ojos encandilados y su boca con unas palabras indescriptible, le denotaban un final para ella.
- ¿qué estás haciendo? –pregunto Alice Kyteler con sus últimas fuerzas.
Alice arrastro a su madre hasta la parte de atrás de la cabaña y clavo un largo palo de madera, entrando desde su entrepierna y saliendo por su boca, para instantes después prenderlo en llamas.
- Contigo inicia esta maravillosa era, Alice Kyteler. Tu abdomen ha quedado reducido a cenizas y, ¿sabes lo que eso significa?, los hombres solo podrán tener hijos varones.