Es de día. La casa está viva, despierta, ordenada… pero esa habitación no. Las cortinas pesadas apenas dejan pasar la luz. El aire es denso, tibio. Gael enciende una sola lámpara, la de la mesa auxiliar. La luz no invade: acaricia. Valentina aún está sobre él. El contraste la descoloca: la claridad del día contra esa intimidad cerrada, casi clandestina. Ella parpadea. Sus pupilas tardan en acostumbrarse. Su cuerpo no. Gael no la toca todavía. La mira. La mira como si el tiempo le perteneciera. — Mírame. — Dice bajo. Ella obedece. Siempre obedece cuando él usa ese tono. El vestido cae suave sobre su cuerpo, pero ya no protege nada. No hay sostén. La tela delgada revela lo suficiente como para que él sepa exactamente qué efecto tiene sobre ella. Gael levanta una mano y la

