Elizabeth —Turno de noche, oh turno de noche, te odio, apestas —canta Rina mientras saca una gran cucharada de helado de su vaso para llevar de la cafetería y se la lleva a la boca. —¿Se murió el paciente? Lo único que Rina come durante un turno de noche es un helado, y solo cuando un paciente sufre un paro o muere. —No —murmura con la boca llena—. Logramos sacarlo adelante, pero por poco, y sigue inestable. Va a ser una noche larga con él, y tengo el presentimiento de que a eso de las cuatro de la mañana va a intentar repetirlo conmigo. Hago una mueca. Por eso me gusta atender partos. No es que estemos libres de tragedia—cuando ocurre, es devastadora: hablamos de una madre o de un bebé recién nacido—, pero aun así, la alegría que se siente es contagiosa. Es por eso que Rina está aquí

