Reglas para lo imposible

1432 Palabras
Maye Conozco bien mis debilidades, sé dónde me quiebro y dónde me rompo. Compartirlas con Salvador nunca había sido parte del plan. Pero en el transcurso de una sola noche le entregué todo. Mis ataques de pánico, mi miedo a las alturas, incluso mi temor a salir con alguien; la forma en que me aferré a él más de lo necesario por el simple placer de tenerlo cerca. Él lo vio todo. Lo que somos ahora no existe; es una palabra que no aparece en el diccionario. Dos personas que se conocieron como desconocidos. Que se disfrutaron como desconocidos, pero que se han conocido como amigos. Dos personas que viven vidas muy distintas y que deben acatar las normas del lugar de trabajo. Y aun así, lo de ayer ocurrió. Le entregué toda mi fragilidad y él la sostuvo en la palma de su mano hasta que fui lo bastante fuerte como para recuperarla. No hay forma de que lo olvide. No hay forma de que quiera olvidarlo. Apoyo la cabeza entre las manos, apartándome de los pensamientos dolorosos y de los números en mi pantalla. Fuimos sensatos al detenernos ayer, al establecer reglas y límites. Apenas llevo dos meses de una pasantía de un año. Él es un padre soltero con una empresa que dirigir. El mundo solo vería una cosa. Entonces, ¿por qué se siente como si hubiéramos cometido un error? —Mayela. Levanto la vista. —¿Sí? —Te necesito para una reunión con un cliente. Nos reunimos con Nicour en —Eleanor mira su reloj— menos de treinta minutos, y Clive no pudo venir. Me encanta cuando cancela a última hora. Tomo mi carpeta y mi bolso, siguiéndola fuera de la oficina. Toby me dedica un pulgar arriba y un “suerte” silencioso. No hay ni una sola parte de mí que piense que él pueda ser el topo. Mi mirada se posa en la espalda de Quentin, pero pese a sus murmullos y su mal humor, tampoco creo que sea él. —¿Mayela? —Ya voy. Me apresuro tras Eleanor hasta la sala de conferencias de Estrategia. En aras de ahorrar tiempo y traslados, esta es una reunión digital. Montviva tiene todo un sistema de cámaras para este tipo de cosas. Cuando funcionan, claro. Eleanor se muestra cada vez más tensa mientras el técnico lucha con los equipos. —Nos están esperando —susurra con fastidio. —En cualquier segundo… —murmura él. Abro mi portátil y me preparo para tomar notas, reuniendo toda la información que tengo sobre Nicour. La puerta de la sala se abre. No levanto la vista, concentrada como estoy en los números de la pantalla. —¿Señor Almeida? —pregunta Eleanor—. No sabía que se uniría a esta reunión. —Sustituyendo a Clive —responde él. Arrastran una silla junto a la mía; un aroma familiar de colonia impregna el aire. Algo se me anuda en el estómago. Miro de reojo, pero la atención de Salvador está puesta en Eleanor y el técnico. Poder frío y sereno en su rostro. Aquí es un hombre hecho para salas de juntas y relojes de miles de dólares, sin rastro del apuesto desconocido del Salón Dorado ni del hombre atento del elevador de ayer. Vuelvo a concentrarme en Eleanor. —Listo —dice el técnico, apartándose. La pantalla del proyector parpadea una vez y luego aparecen los representantes de Nicour, sentados en una mesa de conferencias muy similar a la nuestra. Comienzan las discusiones, así que me sumerjo en la toma de notas, enfocándome en las palabras y no en el hombre sentado a pocos metros de mí. Es difícil, cuando él es todo en lo que puedo concentrarme. Eleanor le cede la palabra cuando él se digna a hablar, pero en su mayoría le deja llevar el control. ¿Ha venido a observar su desempeño? ¿O a observar el mío? Tal vez decidió que no he sido eficaz encontrando al topo y optó por tomar el asunto en sus propias y competentes manos. Es Salvador quien da por terminada la reunión. Mis manos siguen sobre el teclado mientras habla, la profundidad de su voz llenando la sala. —Ha sido bueno ponernos al día —dice—. Nuestro equipo tendrá una nueva estrategia de negocio para presentarles dentro de un mes. —Quedamos atentos, señor Almeida. Gracias por su tiempo. —Por supuesto, Howard —responde Salvador—. Hablamos pronto. La conexión se corta y un silencio repentino se impone. Él tamborilea los dedos sobre la mesa. —Nicour es uno de nuestros clientes más importantes. —Y recibirán nada menos que lo mejor de nosotros —promete Eleanor. Cierro el portátil y miro de uno a otro. Salvador no me ha dirigido ni una sola mirada desde que entró en la sala. ¿Es solo profesionalismo? —Excelente —dice, poniéndose de pie, pero Eleanor lo detiene con un carraspeo. —Ya que está aquí, ¿podría pedirle un favor para la conferencia en Boston de esta semana? Él vuelve a sentarse, alzando una ceja. —¿Sí? —Estoy segura de que recuerda a nuestra trainee junior, Mayela Umaña —dice, asintiendo hacia mí—. Sé que Estrategia solo tiene autorización para cuatro asistentes a la conferencia, pero ella tiene mucho que la avala. No tengo más que elogios para su trabajo y me gustaría incluirla también desde mi departamento. Guau. El elogio me calienta las mejillas, pero sostengo la mirada de Salvador con la misma firmeza. Sus ojos son insondables, impenetrables. Ni una señal de que me reconozca más allá de la cortesía. —Eso haría que su departamento fuera el más numeroso que enviamos al evento —dice. —Lo sé —responde Eleanor—, pero vale la pena. Una oleada de calidez me recorre el pecho. Los elogios de su parte son raros, y aquí está, defendiéndome sin reservas. Salvador empuja la silla hacia atrás. —Muy bien. Irá a la conferencia en Boston, señorita Umaña. —Gracias, señor Almeida. —Agradezca a su supervisora de prácticas —dice con sequedad, asintiendo hacia Eleanor. Otro golpe de su colonia me alcanza cuando pasa a mi lado y, sin siquiera un adiós, desaparece por la puerta. Esta se cierra tras él con un aire definitivo. Abro la boca, pero Eleanor me detiene con una sonrisa ladeada. —No me agradezcas todavía, Maye. Será mucho trabajo. —Me gusta el trabajo duro. —Sí, lo he notado. Esa es parte de la razón por la que te quiero allí. Necesitaremos todas las manos disponibles. Asiento, tomando mi portátil. Eleanor sonríe. —Nunca he conocido a alguien tan diligente tomando notas. —Me sirvió en la universidad y me sirve ahora. —Desde luego. Recoge sus papeles y se pone de pie. Un ceño frunce sus labios. —El señor Almeida no suele ser tan… seco. Me concentro con todas mis fuerzas en parecer agradablemente interesada. —¿Quién sabe qué molesta a la dirección? —Quién sabe, en efecto —dice, negando con la cabeza mientras su corte bob se balancea—. En fin, será excelente en la conferencia de todos modos, estoy segura. —¿Alguna vez no lo es? Eleanor me lanza una mirada sorprendida. —En efecto, Maye. A veces yo misma me lo he preguntado. Cuando regreso a mi escritorio, las manos me tiemblan. No de miedo ni de nervios, ni siquiera de anticipación. El revoltijo de emociones dentro de mí es demasiado amplio para clasificarlo. Ayer me sostuvo como si yo fuera todo lo que quería. Ayer, todo lo que yo quería era él. Y aun así, nos detuvimos. Por mí, por este trabajo, por mi carrera, por mi sentido de valía. Él no es alguien que salga con mujeres, pero no puedo olvidar las palabras que se me quedaron grabadas: la forma triste en que habló de por qué las mujeres lo desean. No puedo olvidar cómo es con su hijo. ¿Me equivoqué? —¡Acabo de oír la buena noticia! —dice Toby, apareciendo junto a mi escritorio con su silla rodante—. ¡Te vas a Boston con nosotros esta semana! —Otro par de manos disponibles —dice Quentin desde su escritorio, sin darse la vuelta. —Y otra alma lista para salir de fiesta el jueves por la noche —Toby hace un pequeño baile en su silla—. ¿Estás lista, Maye? —Sí —respondo con voz débil—. Nací lista.
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