Maye
Toby agarra la credencial de la conferencia que cuelga de un cordón alrededor de mi cuello y la gira de un lado a otro.
—Aun así se ve bastante bien.
—No se ve bien —protesto—. Parece que se hubiera caído dentro de una taza de café, porque eso fue exactamente lo que pasó.
—Bueno, más o menos combina con tu vestido. Es color blush.
—Se supone que es durazno. —Extiendo la mano y la apoyo en el hombro de Toby—. Aprecio mucho la charla motivadora, pero seamos realistas: voy a tener que abandonar la idea de enmarcar esto algún día.
Se ríe.
—¿Te imaginas al sociópata que haría algo así?
—¿Te refieres a mí?
—Si el zapato te queda —dice, apoyándose en la mesa alta de bebidas junto a la que estamos. No han pasado ni quince minutos desde que terminó el último taller y el salón de conferencias ya se ha transformado en un encuentro profesional.
—¿Dónde está Quentin?
—Haciendo networking —responde Toby, agitando la mano con desdén.
Alzo una ceja.
—¿Quentin? ¿Networking?
—Se le da bien el amiguismo cuando quiere. Otros, como yo, no tanto.
—Toby, eres la persona más sociable que conozco.
—Sí, y ese es justamente el problema. —Levanta su copa de vino hacia mí en señal de triunfo—. Soy incapaz de ser alguien distinto de quien soy, y en lugares como este a nadie le interesa conocerte de verdad. Solo quieren conocer a la versión de ti que puede ayudarlos a avanzar.
—Vaya. Eso fue sorprendentemente cínico.
Me dedica una sonrisa.
—Solo soy dos años mayor que tú, Maye, y aun así infinitamente más sabio.
—Y tan humilde —me río, alzando mi copa hacia la suya. Es la única bebida gratuita incluida en el paquete de la conferencia, pero ya veo a varios asistentes dirigiéndose al bar para pagar la segunda.
—¿Y bien? —pregunta—. ¿Qué te pareció tu primer día?
Imito secarme el sudor de la frente y él sonríe.
—Sí, Estrategia siempre es enviada a absolutamente todas las reuniones, por si acaso hay nuevas tácticas que captar.
—Eleanor me pidió que fuera a dos talleres al mismo tiempo. Cuando le señalé que no podía, prácticamente gruñó al teléfono.
Resopla.
—Sí, los jefes se ponen un poco intensos aquí. Este es el lugar donde captan nuevos clientes y también hacen un poco de lobby ellos mismos.
Mis ojos se detienen en una figura conocida al otro lado del hombro de Toby, a lo lejos. Quentin. Su mirada está fija en nosotros… o al menos en Toby. No hay rastro de su ironía habitual. En cuanto nota que lo observo, se gira y desaparece entre la multitud.
—Uh-oh —dice Toby a mi lado, con evidente deleite—. Tu cita viene en esta dirección.
—¿Qué?
—Luke, a las once en punto.
—No pensé que Ventas estuviera aquí.
—El amor siempre encuentra la manera —bromea Toby, demasiado alto para mi gusto, y entonces Luke llega hasta nosotros. Nos dedica una sonrisa amplia y se pasa la mano por el cabello corto.
—Claro que Estrategia estaría aquí —dice.
—Ya lo sabes. —Alzo mi copa hacia la suya. Hemos intercambiado algunos mensajes después del día que pasamos en Nueva York, pero dejé claro que solo busco amistad.
—¿Ventas también vino? —pregunta Toby.
—Sí, fue algo de último momento. No estaba planeado ni nada, pero cuando mi jefe me lo propuso, aproveché la oportunidad. —Se coloca a mi lado; nuestros codos se rozan.
—Por supuesto que lo hiciste —bromeo—. ¿Quién puede resistirse a jornadas de doce horas y credenciales colgando del cuello?
—No olvides la bebida de cortesía —apunta Toby—. Eso es clave.
—Pero solo una —digo—. No queremos que los asistentes se descontrolen.
Toby pone los ojos en blanco.
—Dios, no veo la hora de descontrolarme. Hay un bar al lado del hotel… así que ya sabes adónde migrará la gente cuando esto termine.
—Y mañana lo pagarán —dice Luke con una risa, mirándome—. ¿Crees que te unas?
Me encojo de hombros.
—Probablemente, pero no me quedaré hasta tarde.
—Eres tan joven —dice Toby—. Tan idealista, tan motivada. Recuerdo esos días.
Le sonrío.
—Perdón, olvidé lo cínico que te has vuelto.
—Soy lo peor.
—Bueno, quizá no lo peor —dice Luke—. ¿Escucharon a Almeida en el panel?
—Me pareció bueno —respondo.
—Claro que lo fue. Podría convencer a cualquiera de cualquier cosa cuando se lo propone —dice Toby—. Pero tienes razón. Su visión de la industria no era precisamente… optimista, al menos no para los que estamos abajo.
—Seguro que él la llamaría realista —digo.
—Eso solo lo empeora.
—Bueno, es un capitalista de riesgo —añade Toby—. Tomó el control de Montviva para asegurarse de que genere ganancias y, cuando lo haga, se irá. Ese es su papel.
Doy un sorbo a mi copa y adopto un tono casual.
—¿Crees que pase pronto?
Toby niega con la cabeza.
—Lo dudo, pero no puedo decir que sepa qué ocurre en la alta dirección.
—Él no está aquí, ¿verdad? —pregunta Luke—. No he visto a la Alta Gerencia desde el último panel.
—No lo creo —respondo, y he estado atenta. Salvador ha pasado el día en reuniones a las que no tenemos acceso, pero lo he visto avanzar por los pasillos y, por supuesto, hablar al micrófono durante el panel. La diferencia no podría ser más clara: yo, al fondo, tomando notas. Él, siendo entrevistado sobre el futuro de la consultoría.
Luke apura el último trago de vino y deja la copa con decisión sobre la mesa. Se inclina lo suficiente como para que perciba su loción.
—Deberíamos ir a ese bar pronto.
Emito un sonido ambiguo. Maldigo a Toby por sonreír a mi lado, por saber de nuestra cita y por encontrarlo divertidísimo.
Busco una posible salida con la mirada. Pero mis ojos se clavan en una pareja al otro lado de la sala abarrotada, una mirada que arde con intensidad. El ardor quema.
Salvador está aquí.
Su mirada va de mí a Luke, que está más cerca de lo que debería. No hay rastro de la cortesía profesional de los últimos días. A pesar de la distancia, puedo leer su rostro con claridad. Está ardiendo, está furioso y no es tan indiferente como finge.
Mi mano tiembla cuando dejo la copa.
Salvador se gira y atraviesa la multitud como si abriera el Mar Rojo, dirigiéndose a los ascensores.
Aparto la mirada a la fuerza.
—Vuelvo enseguida —les digo a Luke y a Toby. Si responden, no lo oigo; me abro paso entre la gente.
Como una polilla atraída por la llama, sé que no debería, pero no puedo resistirme.
Cuando llego a los ascensores, ya no está. Solo uno sigue en movimiento y, mientras observo, se detiene en el piso veintiséis.
El último piso.
Endurezco la espalda, entro en un ascensor libre y presiono el mismo botón. Las puertas se cierran detrás de mí y me concentro en respirar: dentro y fuera, dentro y fuera, con la mirada fija en cada piso que pasa. Los ascensores se me han hecho más difíciles que nunca desde que el del edificio se detuvo. Los he evitado siempre que pude, pero aquí y ahora no hay alternativa.
Puedo hacerlo.
No va a pasar nada.
No pienses en la posible caída.
El ascensor emite un sonido alegre al llegar al último piso y exhalo un suspiro tembloroso de alivio al salir a un pasillo estrecho. Un letrero señala a la derecha con las palabras Terraza en la Azotea grabadas en letras doradas.
Los balcones y las azoteas son mi kriptonita. Avanzo con cautela hacia la puerta de vidrio. Afuera está oscuro, es diciembre, hace frío.
¿Por qué había subido hasta aquí?
Me rodeo el abdomen con un brazo, abro la puerta de vidrio y me arrepiento de inmediato. El aire helado eriza la piel de mis brazos descubiertos.
Un paso sobre la terraza.
Otro paso.
Estoy lejos del borde, pero aun así lo veo, cercado y amenazante a la distancia. Una figura oscura está de pie con las manos sobre la baranda y la cabeza inclinada contra el viento frío.
Me atrevo a dar un paso más.
—¿Salvador?
Gira la cabeza.
—¿Maye?
—Sí.
Suelta la baranda y se pasa una mano por el cabello. El viento sacude su saco.
—Cristo, ¿me seguiste hasta aquí?
—Sí. Ta-da.
Su boca se curva apenas, pero dura un segundo. Luego se quita el saco y me lo coloca alrededor. Está tibio por el calor de su cuerpo y me envuelve por completo.
—Gracias —murmuro, aferrando la tela—. ¿Por qué estás aquí?
Niega con la cabeza, mirando más allá de mí, hacia el perfil suave de Boston, menos abarrotado que el de Nueva York.
—Te vas a resfriar.
—Parecía que algo te preocupaba.
Su boca se tensa en algo que no es una sonrisa.
—Alguien, más bien.
Mi estómago da un vuelco.
—Oh.
—Fuiste tú. —Aprieta la mandíbula—. Te vi con el otro aprendiz y los celos me golpearon como un puñetazo.
—No es… Salvador…
—Lo sé —dice—. No tengo derecho, Maye. Me dijiste que no podías ir por ahí conmigo. Y además, ustedes solo estaban hablando. Sé que los celos son irracionales, pero aun así viven dentro de mí.
—No lo quiero a él.
Cierra los ojos.
—Toda esa gente allá abajo, todos queriendo hablar conmigo. No por mí, sino por lo que represento. Y la única persona con la que quería hablar eras tú, pero acercarme a ti era impensable. De eso también tuve celos. Ellos podían reír y hablar contigo y yo no.
—Estoy aquí ahora.
—¿Por qué? —pregunta—. ¿Por qué me seguiste hasta aquí?
—Somos amigos.
—Amigos, sí. Amigos. Y aun así pienso en ti todo el tiempo. En cómo te sentías en mis brazos, en tu sabor, en los sonidos que hacías. Te deseo tanto, Maye, y no puedo tenerte, y eso me está volviendo loco.
Se me corta la respiración; cada palabra es un golpe contra mi determinación.
—No te dije que quisiera ser tu amiga porque tampoco quiero eso, Salvador. Me acuesto esperando que me llames y me pidas que me reúna contigo en el deli. Camino por los pasillos del trabajo esperando cruzarme contigo. Pienso en ti todo el tiempo.
Sus ojos se clavan en los míos, agudos y concentrados.
—Yo tenía el control antes de ti —me acusa.
—Yo también. Y lo arruinaste todo para mí.
—No puedo decir que lo sienta.
—Yo tampoco —susurro.
Cierra la distancia entre nosotros y apoya una mano grande en mi mejilla. Inclina mi cabeza hasta que bloquea las luces de la ciudad.
—Quédate conmigo esta noche —dice—. Solo nosotros dos en mi habitación del hotel. Podemos ser simplemente nosotros. Mayela y Salvador, no quienes somos en el trabajo.
La nota cruda de necesidad en su voz hace vibrar la misma cuerda en mí, invitándome a unirme a la sinfonía. Y cuánto quiero hacerlo.
—Sí —murmuro.
Su mano baja para tomar la mía. Abre la puerta de vidrio y nos devuelve al calor interior. Salvador se detiene junto al ascensor.
—¿No tomaste las escaleras?
—No —niego con la cabeza—. No quería arriesgarme a perderte.
Entonces me besa con una intensidad que me deja sin aliento, magullando mis labios con la fuerza. Saboreo su gusto, la solidez de su cuerpo contra el mío. Cada terminación nerviosa parece electrocutada por su contacto.
—Dios, te deseo —murmura.
Mis manos se hunden en su camisa.
—Yo también te deseo.
—Esta vez tomamos las escaleras.
Su mano se enlaza con la mía y empezamos a bajar por escaleras vacías. No deberíamos caminar así en público, pero la idea de soltar su mano se siente como perder un m*****o.
No vamos lejos. Abre la puerta del piso veinticuatro y avanzamos por un pasillo de puertas idénticas.
Salvador abre la última.
—Mi suite.
Lanzo una mirada rápida al pasillo y confirmo lo que ya sé. Nadie nos ve. No hay nadie que nos observe, que me vea, nadie que difunda rumores. Entro y él cierra la puerta detrás de mí.