Maye
Sus manos suben por mis brazos, fuertes y seguras. —Saliste a una terraza en la azotea.
Me apoyo contra él. —Lo hice.
—Gracias.
—Vales un poco de miedo.
La risa entre dientes de Salvador me provoca escalofríos en la piel. —Qué cumplido, Mayela. —Sus manos se deslizan hacia abajo, sobre las mangas de su chaqueta, trazando mi piel desnuda debajo.
Echo la cabeza hacia atrás contra su hombro. —Te he echado de menos.
—No ha pasado tanto tiempo —murmura, deslizando su mano por el interior de su chaqueta para apoyarla en mi estómago. Su pulgar roza la parte inferior de mi pecho.
—Sí —digo—. Ha pasado.
Otra risa ronca, y luego sus labios rozan mi cuello expuesto. —Tienes razón. Y cada noche desde que estuve en tu apartamento, he pensado en cómo te sentías contra mí.
Mis ojos se cierran. Salvador…
—¿Sí?
—¿Cuáles son las reglas?
—¿Las reglas, cariño? —Desliza su chaqueta fuera de mis hombros y esta cae al suelo entre nosotros.
Incapaz de soportarlo más, me giro hacia él. —Me hablaste de las reglas en el salón dorado. ¿Qué hay de esta noche?
Salvador inclina mi cabeza hacia atrás, pasando un pulgar por mi labio inferior. —Sin reglas —murmura. Su beso es poderoso en su lentitud. Deliberado y metódico. La necesidad de la escalera sigue ahí, pero ahora está bajo control. Contenida con cuidado, pero rebosante bajo la superficie.
Salvador nos hace retroceder hasta que mis rodillas golpean el borde de la cama del hotel. Levanta la cabeza, con las manos sujetando mi cintura. —Maye…
—Lo sé —le digo, tirando de su cabeza hacia abajo otra vez. Porque lo sé. La necesidad recorre mi piel, un deseo que cala hasta los huesos. —Ven aquí…
Gruñe contra mis labios. Me levanta y luego estoy en posición horizontal, todo en un movimiento fluido, y Salvador nunca deja de besarme. Su mano se desliza bajo el dobladillo de mi vestido y encuentra la parte posterior de mi rodilla. La engancha alrededor de su cadera.
Estirados así, incluso completamente vestidos, nuestros cuerpos se alinean como si estuvieran hechos el uno para el otro. Como si fuera para lo único que hubieran sido creados.
Sus caderas se mueven una vez. Dos veces. Incluso a través de la tela, la sensación de él contra mí es suficiente para enviar un dolor sordo por todo mi cuerpo.
—Fuera —le digo, mis manos moviéndose por la extensión de su pecho. Necesito tocar su piel. Salvador se sienta sobre sus rodillas y se quita la camisa de un tirón, sin molestarse con los botones. Su pecho sube y baja con la fuerza de su respiración. Un rastro de vello danza sobre su torso.
—Maye —dice con voz ronca, sus manos hundiéndose en mis muslos—. Te necesito demasiado como para ir despacio.
Busco la cremallera en el costado de mi vestido. —¿Crees que te dejaría ir despacio?
Una sonrisa salvaje cruza su rostro y entonces él está ahí, quitándome el vestido ajustado. La tela se engancha en mis pechos. Me contoneo para ayudar a que se deslice y él gruñe, sus ojos siguiendo el movimiento.
Sus manos se demoran en mis tobillos, sobre las correas que sujetan mis tacones. —Estos se quedan puestos.
Asiento, estirada en la cama frente a él. —Lo que quieras.
La forma en que me mira es mi perdición. No hay nada que pudiera pedirme ahora a lo que yo diría que no, nada que no buscaría satisfacer. Su deseo alimenta el mío, y el mío inflama el suyo, un ciclo en el que no puedo esperar para perderme.
Salvador deja un rastro de besos por mi cuello, mi clavícula, con la aspereza de su barba rozando el contorno de mis pechos. Hunde su rostro entre ellos con un gruñido, sus manos buscando el broche del sujetador. Arqueo la espalda y suspiro con alivio cuando se suelta.
Salvador se apoya sobre un brazo, con los ojos en mi pecho mientras me quita el sujetador. Liberados, mis pechos suben y bajan con mi respiración, mis pezones endurecidos.
—He echado de menos esto, Maye.
Mi risa entrecortada se apaga cuando inclina la cabeza para succionar uno de mis pezones. Cada succión propaga un fuego líquido por todo mi cuerpo. Se acomoda entre mis piernas y su dureza vuelve a presionar contra mí.
—Salvador… —suplico, hundiendo mi mano en su espeso cabello.
Él cambia, tomando mi otro pezón en su boca. Pero me escucha, porque su mano se sumerge bajo la cinturilla de mis bragas.
Mi respiración se vuelve temblorosa mientras me envuelve con su mano, sus dedos separándose, acariciando. Muevo mis caderas contra su mano buscando más fricción. No me la da. No, en su lugar me quita las bragas por completo, lanzándolas a un lado.
Una vez más, estoy desnuda frente a él en una habitación de hotel mientras él está a medio vestir.
Pero esta vez, no pierde el tiempo jugando. Salvador se baja la cremallera y su erección brota libremente.
—Estoy tan excitado por ti, no tienes idea. —Abre su billetera, sacando un envoltorio de aluminio—. ¿Sabes cuántas noches me he corrido solo pensando en nuestra noche juntos en el Salón dorado?
Sacudo la cabeza, pues la imagen que evocan sus palabras me seca la garganta. —Cuéntame.
Se coloca el preservativo con un gruñido bajo. Una línea de vello sube hasta su ombligo, con los músculos tensos bajo su piel aún bronceada. —Muchísimas. He estado excitado y maldiciéndome por haberme ido tan pronto como lo hice esa noche —dice—. Por no haberme tomado el tiempo de follarte más de una vez. Pensando que, si lo hubiera hecho, no te ansiaría como lo hago.
Me incorporo, buscando sus brazos; los músculos duros como rocas se mueven bajo mis manos. —No habría sido suficiente —digo—. Una, dos veces. Te habría querido de nuevo.
Toma mi boca en señal de acuerdo. Es un beso para devorar. Un beso para sellar.
Un beso para reclamar.
Sujeta mis muslos y los separa, acomodándose entre mis piernas. Gracias a Dios por las camas altas de hotel y los hombres altos, porque el ángulo es perfecto. Sujeta mis caderas y las usa como palanca, enterrándose dentro de mí con una fuerte embestida.
Jadeo ante la sensación repentina, pero el sonido queda ahogado por el gruñido ronco de Salvador. Sus ojos se cierran en una dicha dolorosa mientras se detiene, enterrado hasta el fondo.
—Salvador —murmuro.
Él sonríe y me mira, porque sabe exactamente lo que está haciendo al negarnos el movimiento a ambos. Pero dos pueden jugar a este juego.
Arqueo la espalda, deleitándome en la forma en que sus ojos siguen el movimiento. La forma en que se agrandan cuando cubro mis pechos con mis manos. Gruñe ante la vista y flexiona sus caderas, empujando con fuerza dentro de mí.
—Preciosa —masca, sus dedos hundiéndose en mis caderas mientras entra y sale.
Arqueo más la espalda. —¿Sabes lo bien que te sientes dentro de mí?
Empuja tan profundamente que me saca el aire del pecho. Estiro la mano a ciegas y agarro el edredón, aferrándome mientras él responde empujándonos a ambos más cerca del abismo.
Nunca un hombre me había sacado de quicio de esta manera. No hay lugar en mi cabeza para dudas o pensamientos, solo esta conexión y el placer creciente. Engancha mis rodillas bajo sus brazos y se inclina hacia adelante, hasta que quedo doblada a la mitad y su cara está a centímetros de la mía.
—Oh, cielos —jadeo—. Eso es profundo.
—¿Demasiado profundo?
Sacudo la cabeza y él reanuda sus embestidas, con las caderas moviéndose como un pistón contra mí. Los músculos de sus brazos se tensan, abultándose a ambos lados de mi cuello. Me agarro a su cuello y beso la piel caliente. Le digo exactamente lo que estoy pensando en ese momento.
—Puedo sentirte tan adentro.
Gruñe en mi oído. —No puedes hablarme así de sucio, Maye, o no voy a durar nada.
Rodeo su espalda con mis brazos. Mi cuerpo está cerca del punto de ruptura por el placer y la intensidad, tan cerca de mi propio clímax, pero no puedo evitarlo.
Todavía quiero ser el mejor sexo que haya tenido jamás.