Bofetada de realidad

1420 Palabras
Maye Así que tenso mis músculos alrededor de él y presiono mis labios contra su oído. —Quiero sentir cómo te corres dentro de mí. Lanza un gemido ronco, sus músculos tensándose. Lo sostengo durante la fuerza de su liberación, mientras empuja con más fuerza contra mí, dejando marcas en la parte interna de mis muslos. Es la cosa más gloriosa que he experimentado jamás. Salvador, desecho de esta manera, desecho de la misma forma en que yo me he estado desmoronando durante semanas. Una pérdida total de control. Clavo mis dedos en la amplia extensión de su espalda como si pudiera retenerlo por la fuerza, fundirnos a los dos. Me está aplastando, pero creo que moriré si se mueve. —Mierda —susurra. Nuestros corazones retumban uno contra el otro, pecho contra pecho, su piel velluda contra mis pezones. Doy un suspiro profundo y reparador. Salvador debe sentirlo contra él, porque se levanta. —¿Estás bien? Asiento. Levanta una ceja inquisitiva, con el pelo espeso cayendo sobre su frente. El gesto me llega al corazón. —No me has hecho daño —insisto, apretando mis piernas alrededor de sus caderas. Habrá algo de dolor mañana, claro, pero nada incómodo. Salvador sujeta la base del condón mientras sale. Me encojo ante la falta de él. Es tan impactante como lo había sido su intrusión. Regresa a mi lado en unos instantes y se estira junto a mí en la cama. Me pongo de lado, pero me detiene con una mano en la cadera. —Todavía no —murmura, inclinando la cabeza hacia mi pezón. Todavía está tenso. —Pero… —Nunca te dejaría a medias. —Su mano baja por mi estómago, y oh Dios, está rodeando ese punto otra vez. Cierro los ojos ante las sensaciones que crecen dentro de mí. Había estado justo al borde antes, y ahora… Salvador me gira sin esfuerzo hacia un lado y rodea mis muslos con sus manos, separándolos. Inclinando la cabeza. Me rompo al toque de sus labios y su lengua, fracturándome y recomponiéndome mientras el placer ondula a través de mí. Él tampoco deja de tocarme. El ritmo simplemente cambia de rápido a calmante. Lucho por recuperar el aliento, mirando el techo blanco cáscara de huevo. Mi mano se enreda en su pelo espeso. —Espero que no hubiera nadie en la habitación de al lado. Ríe contra mi muslo, sus ojos diciéndome exactamente cómo se siente consigo mismo ahora mismo, y es bastante condenadamente bien. —No me importa si estaban. Le doy una sonrisa torcida. —¿Cómo es que siempre eres tú el que me la chupa? Yo también quiero intentarlo, ¿sabes? —Habrá tiempo para eso. —Se levanta de la cama y camina hacia el minibar. Me pongo boca abajo y lo veo servirnos a ambos un vaso de agua con gas. Admiro las líneas largas y fuertes de sus piernas. La extensión musculosa de su espalda, que se ensancha en hombros anchos. Cada centímetro de él habla de confianza y masculinidad, un cuerpo habitado por alguien que se deleita con la vida. Salvador me tiende un vaso de agua y me observa mientras bebo, sus ojos sin apartarse de los míos. Los nervios revolotean en mi estómago mientras ambos bajamos de nuestro subidón orgásmico. ¿Qué significa esto? Salvador se inclina y pasa su pulgar por mi labio inferior. —Tengo que decir que no me esperaba esto, Santurrona. Atrapo su pulgar entre mis labios y muerdo suavemente. Él sonríe. —No voy a dejar de llamarte así, lo sabes, por mucho que muerdas. Mis dientes se clavan en su pulgar y él lo retira con una risita. —Pagana. —Yo tampoco me lo esperaba —digo—. Para ser sincera, no pensé mucho más allá de llegar a la azotea. —Sobre eso —dice, dejando su vaso en la pequeña mesa entre dos sillas de cuero. Esta suite debe ser tres veces el tamaño de la mía—. ¿De dónde salió esa fobia? Apoyo la cabeza en mis manos. —Te vas a reír. —Dudo mucho que lo haga. —¿Me prometes que no lo harás? —Lo prometo —dice Salvador, estirándose a mi lado en la cama. Respiro hondo. —De pequeña me gustaba trepar a los árboles. Grandes, pequeños, no importaba. Los trepaba todos. —Sin discriminación —anota Salvador con un gesto de cabeza—. Admirable. Le doy un golpe con el hombro y él se ríe, rodeando mi espalda desnuda con su brazo. Sus dedos trazan mi columna vertebral. —¿Qué pasó? —Bueno, me caí de uno. —¿Te rompiste algo? —No. —Eso es bueno —murmura—. Pero Maye, ¿por qué iba a reírme de eso? —Porque me caí desde un metro y medio. Sus cejas se elevan y yo niego con la cabeza. —Lo sé, no es nada. Trepaba árboles más altos que ese todo el tiempo. Pero después de eso, paré, y de alguna manera el miedo simplemente creció y creció en mi cabeza. Salvador presiona un beso en mi frente. —Todos tenemos cicatrices. No juzgaré de dónde vienen las tuyas. —Y qué diría… —El sonido estridente de mi teléfono móvil corta mi respuesta. Es discordante y agudo en esta pequeña burbuja que hemos creado. Salto de la cama y busco en mi bolso el ofensivo aparato, todo mientras Salvador me observa. Es Toby. —¿Hola? —¡Maye! —exclama—. ¿Dónde estás? ¡Dijiste que te unirías a nosotros en el bar! Alguien interviene, y entonces reconozco la voz de Quentin. —Por favor, ven a salvarme de tener que hablar con más extraños. Estoy agotado de gente extraña. —¿Has oído eso? —pregunta Toby—. ¡Quentin ha dicho por favor! ¿Dónde estás? —En mi habitación del hotel. —¿Qué? ¿Te encuentras bien? —Sí, sí, no estoy… —¡Bien! ¡O te unes a nosotros o vamos a buscarte! —Estaré allí en un momento —me oigo decir, alcanzando mi vestido descartado en el suelo—. Cómprame una bebida. Toby grita de alegría. —El bar de al lado del hotel. ¡Te guardamos un sitio! —Nos vemos pronto. —Cuelgo y busco frenéticamente mi ropa interior. Las voces de Toby y Quentin en mi oído han sido como una bofetada de realidad, un cubo de agua fría. Todo el centro de conferencias, por no mencionar el hotel, está plagado de gente que conocemos. Gente que está demasiado dispuesta a atar cabos y llegar a conclusiones precipitadas. —¿Te vas? —pregunta Salvador. Está tumbado en la cama, con un brazo tras la cabeza y una rodilla doblada, como si nada le molestara. Pero su rostro vuelve a ser ilegible. ¿Lo he puesto todo en peligro? No solo mi trabajo, sino a nosotros dos también. La amistad incipiente, la forma en que me miró en mi apartamento hace apenas unos días. Esa mirada ha desaparecido por el momento. —Sí —digo—. No podemos dejar que la gente sepa de esto. —Ellos no están en esta habitación de hotel con nosotros. —No, pero están en el hotel. —Me meto en mi vestido, y él me observa luchar con la cremallera en silencio. ¿Por qué demonios había decidido hacer esto en una conferencia de trabajo? ¿Me habría visto la gente seguirlo hasta la azotea? Me observa buscar mis bragas. Las había lanzado a un lado, pero la alfombra está desesperadamente libre de bragas. —Allí —murmura, señalando las sillas de la esquina. Mis bragas de encaje rojo brillante cuelgan del borde de una. Un rubor sube por mis mejillas mientras me las subo por las piernas y bajo el vestido. —Siento tener que salir corriendo así —le digo—. Es que, no quiero… —No quieres que sospechen nada —termina él—. Lo entiendo. Hablaremos luego. Le doy mi sonrisa más amplia, pero hasta yo puedo oír el leve pánico que matiza mi voz. —Gracias. Él asiente. —Vete. Así que lo hago, la puerta cerrándose detrás de mí con un golpe seco. El pasillo sigue vacío, y nadie me ve correr hacia los ascensores en un intento de salir de un piso en el que no tengo nada que hacer.
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