Vago por las calles de San Francisco sin rumbo fijo. Los ojos me pican por las lágrimas acumuladas en ellos y las piernas me duelen de tanto caminar. Me maldigo a mí misma por lo tonta que fui y por lo ingenua que aún sigo siendo. Cruzo la calle, mirando a los lados dos veces, cerciorándome de que ningún auto me venga a chocar. Un amable sujeto de unos cuarenta años y pelo rojo rizado me ayuda a pasar al otro lado de las atestadas calles de San Francisco, llevándome intacta al otro lado. —Gracias —le agradezco su ayuda, dándole una pequeña sonrisa. Estoy dispuesta a seguir con mi deprimente caminar, cuando oigo la voz de David a lo lejos. Está llamándome. Sin ganas de pelear con él o de seguir con esta estupidez de nuestro trato, me escabullo por unos callejones, saliendo a varias

