Freya miró a su alrededor con cierta confusión al no ver a nadie en el jardín. El lugar estaba tan callado y vacío como siempre, con los suaves rayos del sol de la tarde filtrándose entre las hojas de los árboles. La frescura del aire la hizo sentir un alivio momentáneo, pero la caminata había sido más agotadora de lo que esperaba. Al igual que otros días, su pierna le dolía más de lo que quería admitir, y se tocó la zona afectada, masajeándola con una leve presión. Para ella, una caminata que para otros habría sido normal se sentía como una ardua batalla. Sin embargo, lo que la sorprendió aún más fue la extraña sensación de decepción que invadió su pecho al pensar que Isabel probablemente solo la había llamado para hacerle una broma cruel sobre su incapacidad. Sentía una punzada de frustr

