El silencio que siguió a nuestra tormenta en Rusia era más elocuente que cualquier grito. Nadie cuestionó el ataque; el miedo, como una niebla tóxica, se había adueñado de todos. El mensaje estaba grabado a fuego y sangre: traicionar a los Volkov era firmar su propia sentencia de muerte. La voz se corrió con rapidez viral, susurrando quién ostentaba el verdadero poder. Stefan y yo regresamos al hotel, nuestros cuerpos aún vibrantes con los ecos de la destrucción, mientras mis Halcones se ocupaban de los restos, barriendo las evidencias como si fueran hojas secas. La adrenalina no me abandonaba; era un torbellino electrizante en mis venas, un latido sublime y feroz que resonaba en mis oídos. Tomé la mano de Stefan, sus dedos entrelazándose con los míos con una familiaridad que aún conseguí

