Vittoria Una fina capa de sudor frío se pegaba a mi nuca bajo el maquillaje impecable. Los nervios, afilados como dagas, trataban de apoderarse de mí, de nublar la fría calculadora que era mi mente. Pero entonces, la mano de Stefan se posó en la espalda baja, justo donde el escote del vestido dejaba mi piel al descubierto. Su tacto no era un simple contacto; era una marca de propiedad, una descarga de voltaje que recorrió mi columna y quemó cualquier rastro de indecisión. Su palma, ancha y caliente, transmitía una seguridad primordial, la misma que había aprendido a desear y a necesitar en este mundo de sombras. Nada, absolutamente nada, podía salir mal cuando su sombra se fundía con la mía. Subimos las escalinatas de mármol de la mansión de Popov, un espectáculo obsceno de opresión d

