Apenas cerré la puerta de mi habitación, me apoyé en ella, como si necesitara algo sólido que me sostuviera. Todo el camino de vuelta había ido en silencio, sin atreverme a mirar a mi lado, sin querer admitir nada. Pero ahora, a solas, mi cuerpo parecía no querer olvidarlo. Llevé los dedos a mis labios. Todavía los sentía arder. —Idiota… —susurré para mí misma. No era justo. No era justo que un imbécil como Alex Hoffman pudiera colarse así en mi piel, en mis pensamientos, en mis ganas. Ese beso no había sido solo un beso, había sido una declaración de guerra… y yo estaba perdiendo. No quería pensar más en él. No en su mirada, ni en su sonrisa arrogante, ni en esa forma de besarme como si tuviera derecho sobre mí. Me tiré sobre la cama con fuerza y me tapé la cabeza con la almohada.

