Kira Estaba en mi habitación, sentada al borde de la cama, mirando mi reflejo en el espejo sin reconocerme. Tenía los ojos hinchados, el corazón hecho un nudo, y en mi garganta una rabia que no sabía cómo tragar. Llevaba horas en silencio, pensando en Alex, en su forma de mirarme, de tocarme… y en cómo todo se vino abajo con la entrada de ese hombre: Laureano. No sabía si había hecho mal, si había sido imprudente o ingenua, si debía sentirme culpable o solo estúpida por dejarme llevar por un impulso. Solo sabía que me dolía. Me dolía todo. Y entonces, como una tormenta maldita, entró ella. —¡¿Estás feliz ahora?! —gritó Verónica, cruzando la puerta sin llamar. La vi en el umbral, con el ceño fruncido y los labios pintados de rabia. Me puse de pie, sorprendida, pero no tuve tiempo de de

