Alexis Hoffmann —Hazme tuya, Alex… —susurró Kira con la voz entrecortada, vestida solo con un conjunto de encaje blanco que apenas cubría su cuerpo. Se acercó a mí con la seguridad de una diosa y la inocencia de una condena. Sus labios rosas, carnosos, se entreabrieron al sentir mi aliento. Sus ojos azules, tan claros como el hielo, me atravesaban sin piedad, brillando con una chispa de desafío. Tenía el cabello largo y ondulado cayéndole sobre los hombros desnudos, mechones que parecían enredarse entre mis dedos con cada caricia imaginada. Su piel era suave, luminosa, con ese aroma maldito que no podía quitarme de la cabeza. Y su rostro… su rostro era una maldita obra imperfecta. Una ceja un poco más arqueada que la otra, una comisura más definida. No era belleza estándar, no. Era com

