Llegué a la mansión agotada. El día en el refugio había sido largo, pero por alguna razón… no quería que terminara. Me duché en silencio, dejé que el agua caliente se llevara los restos del jabón canino y el recuerdo de la sonrisa de Alex cuando hablaba con Max. Ridículo. Ese hombre no debería hacerme sentir nada. Me metí en la cama sin siquiera cenar. Cerré los ojos. Dormí profundamente. Hasta que el teléfono sonó. Me desperté a medias, baje a desayunar por mi café la voz de la directora del refugio, sonaba al otro lado con un tono extraño. —Kira… cariño, quería contarte algo antes de que lo veas por redes. Ayer… adoptaron muchos perros. Fue una locura. Casi la mitad del refugio. Incluido Max. Me senté de golpe. —¿Qué? ¿Max? —pregunté con la voz rota por el sueño y la sorpresa. —Lo

