Entré en la empresa con paso decidido, ignorando las miradas que me lanzaban los empleados como si fuera una princesa caída en desgracia. Me daba igual. Hoy no venía a pelear por Damián, ni por la boda, ni por lo que todos creían. Venía por lo único que me importaba ahora: el refugio. Mi padre me había prometido ese dinero, y no pensaba dejar que se olvidara. Me dirigía a su oficina cuando la voz chillona de Verónica me interceptó como una daga en el camino. —¿A dónde vas? —preguntó, con los brazos cruzados y esa sonrisa de superioridad que me sacaba de quicio—. Papá no tiene tiempo para tus tonterías, Kira. Me detuve en seco, apretando los dientes. —No son tonterías, Verónica. No vengo a hablar de Damián —espeté, con la rabia contenida—. Nuestro padre me prometió una donación para el

