capítulo 8

1402 Palabras
Aarón No podía centrarme en mi objetivo por culpa de la belleza de aquella mujer de ojos increíblemente azules. Es que mirarla era como nadar en lo profundo de un mar cristalino y sentir que cada vez inmersionabas más y se recortaba al límite, tu oxígeno... Era casi suicídico mirarla. Cuando mis manos habían caminado por la textura de su cuerpo, casi me da un infarto cerebral de la velocidad y la fuerza a la que bombeaba la sangre en mis venas y en mi cerebro, acumulándose finalmente en mi polla erecta. Su sinceridad a la hora de hacerme notar que el olor a deseo que sentí entre sus piernas cuando me agaché a sacarle las bragas, no eran imaginaciones mías, me dió luz verde para entrar a la ducha con ella. Metí mis pies dentro, sin atreverme a quitarme el boxer o la abriría de piernas allí mismo y la empotraría contra las baldosas hasta que se me fuera la vida dentro de ella. Su brazo lastimado protegía sus pechos de mi vista pero no de mi imaginación. Los veía una y otra vez en mi mente, rosados perfectos y del tamaño exacto que podía asegurar, cabrían en mis manos. Casi tuve que obligarme de una cachetada mental a apartar de mí, aquellas ideas eróticas o nos iría muy mal. No podía dejar de cumplir mi objetivo aquí. Ella y su belleza descomunal no podían hacerme caer en el pozo de la desesperación por tenerla. Me sentía posesivo cada vez que alguien la miraba y yo creía que la deseaba. Ella era mía. Y lo sería todavía más, porque así dios se presentara en la tierra y me dijera que no podía tenerla, lo desafiaría y la haría mía, desde su cuerpo hasta su razón. — Necesitas mover un poco el brazo para poder enjabonarte — le dije en su oído y la noté estremecerse bajo mi gutural voz — trata de apoyarlo aquí — sugerí tomándolo y sin lastimarlo, llevándolo hasta el aro que había en la pared para las esponjas, haciendo que sus pechos quedarán sueltos y rebotando a mi alcance visual. Ella no se veía capaz de contestar o sencillamente, prefería callar hasta que pudiese controlar sus instintos más básicos. Esos que yo ahora mismo no quería que controlara. Hubiese preferido que me pidiera que aliviara su excitación y así, degustar su cuerpo. Tomé una esponja rosada, y el pequeño bote de gel de baño de promoción de los hoteles, echando un poco del líquido en la esponja y ella me miró suplicante... — Tranquila. — No puedo Aarón — otra vez fue sincera y yo también lo estaba siendo al aumentar notablemente mi erección — ¿Me lavarías el pelo? ¡Dios ayúdame! Asentí y no sé si ella lo hacía para torturarme, o si de verdad necesitaba que lavara su cabello rubio cenizo. Deseché la esponja y usando mis manos, busqué un pomito de champú y vacíe su contenido en mi palma derecha. Cuando mis manos se hundieron en su cabello y masajearon su cráneo, me sentí feliz. Quería más de esto y lo quería con ella. Era muy liberador y novedoso verme así con una mujer, que cada segundo que pasaba deseaba más y me gustaba de forma infinita. No sé que me estaba pasando, pero cada cosa nueva que hacía con Samantha me obligaba a desear muchísimo más. El champú se deslizaba por su cuerpo escultural y yo estaba que reventaba de deseo por ella. Sus nalgas delante de mi m*****o, estaban tan cerca que si las abría un poco me darían el acceso adecuado a su entrepierna, idea que me tenía al borde de los gritos. Ella se recostó un poco sobre mi cuerpo y masajeé su cuello con mis manos llenas de champú. Bajé por sus hombros y aproveché que estaba relajada entre mis dedos para bordear la zona baja de sus senos divinos. Luché por no presionar mis dedos en sus pezones y verla, con los ojos cerrados esperando por mí, me sobrepasó. Ambas manos tomaron vida propia prácticamente y se pasearon por la piel de su vientre plano, enjabonando, ahora con la esponja el centro de su ombligo. Me acerqué más a ella y no rechazó el contacto... Esa fue mi señal. Dejé caer la esponja al suelo y bordeé sus caderas con el paso de mis manos, respirando en su cuello, llegué hasta sus ingles y las apreté sacándole un suspiro redentor. Eso me daba libertad de pecados y justo pensaba aprovechar la benevolencia de su cuerpo extasiado. Se restregó con sus nalgas sin quererlo y me obligó a morder su cuello. La mano sana vino hasta mí nuca y me tiró hasta su boca que se giraba para llegar a la mía. Hundiendo mis dedos en su humedad, jadeé en su beso metiendo mi lengua contra la suya y terminanos mordiendonos los labios a intervalos. La empecé a masturbar desquiciado y mi polla daba latidos de furia contra mi boxer que no le dejaba salir. Acomodé mi otra mano sobre la suya del brazo lastimado y entrelazados los dedos, nos hicimos preguntas confusas con los labios. Eran besos pasionales que nos ponían en la encrucijada de lo que estábamos haciendo o dejándonos hacer. Mi pulgar rozó su clítoris y presionó el puente encima de él haciendo que Samantha soltara un grito a boca abierta. — Me estás gustando y no deberías Aarón — dijo danzando sobre mis dedos que no le daban tregua. — Ya somos dos muñeca. Deja que entre Samantha, tómame profundo en tí. Aquellas palabras nunca debieron ser dichas. No sé si fue el ‹‹muñeca›› que tanto le molestaba y yo le decía por evitar un mi amor falso, o si fue el orgasmo que la devolvió a la realidad, pero el hecho fue que negó con su cabeza y pronunció aquellas palabras que ningún hombre en mi situación quiere oír jamás, salir de la boca de la mujer que le gusta... — Esto ha sido un error Aarón, salte por favor, yo me las arreglaré. Y así como todo empezó... acabó. Una hora después, ella estaba en el balcón bebiendo un refresco que había sacado del minibar y yo revisando en mi smartphone, algunos detalles de las inversiones de mi empresa. Había dejado la laptop en el coche y no quería bajar a por ella, pero hacían falta unos documentos que se habían quedado guardados allí, y no tuve más remedio que vestirme para bajar a por ellos. Una bermuda negra y un poulover del mismo color me taparon el cuerpo enfadado, por la calentura de hacía un rato, en la que la cabrona que veía su móvil plácidamente me había dejado. Ni siquiera le avisé que me iba, la frustración me impedía hacerlo, me había dejado jodido y contando los minutos para volver a estar cerca de sus pliegues otra vez. Iba en el elevador descendiendo cuando me llamó la persona que me había metido en todo esto. Hay favores que nos hacen la vida... para bien o para mal. — Estabas tardando en llamar — dije nada más contestar, recistando mi cuerpo contra la barra de apoyo del ascensor — ella está bien, no le pasó nada serio y la estoy cuidando lo mejor que puedo — respondí sincero cuando me preguntó por Samantha. En el fondo la cuidaba, porque ese era el trato, pero también estaba empezando a confiar un poco en que ella no pudo haber envenenado a su abuelo. Se ponía tan triste ante cualquier comentario de ese respecto, que era poco probable que ella lo hubiese estado envenenando. Pero aún así, era pronto para pronunciarse hacia algún resultado en especial. — Te mandé la foto del pañuelo y no me has dicho nada aún — le reclamé — ¿Tengo que preocuparme? — lo pude escuchar sonreír triste mientras el ascensor se abría para dejarme salir y me encaminaba posterior hacia el garaje a por mi laptop. Sin embargo, su repuesta me llegó al hueco más profundo del alma. Justo por ese pequeño detalle con el que sabía que contaba pero me negaba a aceptar para poder seguir por mi ansiado rumbo de soñar con conquistar a lauñeca rubia que tenía por esposa y me moría por tener como mujer. Samantha me había metido, tal y como esperaba... El pañuelo era de Salime Morrison.
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