Tuve que actuar rápido, pues mi mente me había jugado una mala pasada y estaba asumiendo de antemano, que quien estaba allí, era mi primo Zach, cuando en realidad, la persona llevaba un pasamontañas y un abrigo que había dejado caer su gorro entre tanto golpe, dejando ver su pelo rubio oscuro.
— ¡Hey! ¿Quien eres? — yo gritaba, y cuando levanté el azadón para golpear su espalda, a quien le dí un golpe fue a Aarón, pues en ese preciso momento habían dado vueltas por el suelo y no pude apuntar bien.
— Joder...
El intruso se abalanzó sobre mí y me tiró por las escaleras. Sentí mi cuerpo golpearse en varios lugares y chillé asustada y dolida.
Su cuerpo cayó sobre el mío en el descanso de la escalera y pude ver como se levantaba pero Aarón que venía corriendo escaleras abajo tomó el azadón y le golpeó en dónde alcanzó, pues la persona salió huyendo y soltando un pequeño quejido, que podría asegurar que conocía aquella voz.
Aarón me dejó sola, tirada en el suelo en medio de la escalera y salió corriendo detrás de quién sea que nos había agredido y nos vigilaba desde lo alto.
Como pude, sintiendo un fuerte dolor en mi hombro, y dejando escapar un grito, coloqué mi mano para aguantarlo y me traté de levantar.
Caí varias veces, pero terminé consiguiendolo, sin dejar de sentir dolor subí hasta la zona de arriba, poco a poco y sintiendo un intenso tirón en mi hombro con cda paso que daba, escalón por escalón.
— ¿¡ Samantha!? — sentí los gritos da Aarón desde abajo y pude oir la escalera crujir bajo sus pies apurados que subían hasta mí.
— Aquiiii — le dije como pude, sin dejar de aguantar mi brazo y dejando salir las primeras lágrimas de dolor.
Lo ví llegar hasta mí y tenía sangre en una ceja, rodando hacia su ojo mientras él solo parecía preocuparse por mi hombro.
— Está dislocado — aseguró mirándolo por todas partes y allí donde tocaba, yo gritaba por el dolor — tengo que montarlo para devolverlo a su sitio Sammy, va a dolerte.
— Llévame a un hospital. Tú no eres médico — estaba un poco molesta.
Yo tenía el brazo estropeado y con un dolor infernal porque él tuvo la brillante idea de traerme aquí y nuevamente salía yo lastimada a su lado. Todo su maldito comportamiento repercutía en mí.
— No seas cabezota — se acercó a mí y yo retrocedí — puedo hacerlo Samantha por dios no seas idiota.
Y ahí estaba el carácter auténtico de él. Estaba tan molesta que incluso si quería ayudarme yo lo veía mal.
— Tú solo quieres lastimarme. Ahh, dios que dolor.
Y no tuve tiempo de verlo venir. Me tomó del codo y cuando quise por instinto soltarme de él, me estiró tanto y tan fuerte el brazo que se recolocó en su sitio y el dolor cesó, solo un poco.
— Ya está, lista — dijo sarcástico — ¿Ves que fácil era?
— Jode duele mucho todavía — había disminuido algo pero me daba punzadas hirientes.
Lo ví sacarse el blaisser de su traje y soltar su corbata para luego comenzar a quitar la camisa de su fantástico cuerpo.
No podía dejar de mirar como soltaba cada uno de sus botones y luego la sacaba con dificultad por sus hombros y brazos fuertes. La anudó entre sus mangas y me hizo una especie de cabestrillo improvisado.
— Cuánto más tiempo uses esto, más rápido pasará el dolor, déjame ponértelo.
Dicho aquello, me giré sin poder dejar de ver sus ojos y me colocó el intento de cabestrillo que había hecho por el cuello, para luego con cuidado, meter mi brazo dentro de la tela y dejarlo reposar allí.
Estaba tan cerca que podía oler su colonia y me daban ganas de besarlo. Me sentía siempre tan confundida con él, que tenía que hacer un gran esfuerzo para no caer en la tentación que suponía tenerlo delante, cerca y sexi solo para mí, que era su esposa.
Su sortija de matrimonio me alumbró el rostro al hacer contacto con un rayo de sol que se colaba dentro de la habitación y me devolvió a la realidad.
— ¿No será que me trajiste aquí para que me lastimaran? — pregunté alzando.una ceja inquisitiva — No te veo a tí muy herido y al final te fuiste detrás del intruso y vuelves con las manos vacías y sin decir una palabra. Es un poco sospechoso, ¿No crees?
Resopló cansado y se colocó el blaisser otra vez, dejando la corbata colgando de su grueso cuello. Mirarlo era morirse de las ganas de sentirlo haciendo fuerza para entrar en tu cuerpo... Madre mía cada vez estaba peor y él acabaría notándolo.
— Ni siquiera voy a responder a eso — argumentó incómodo y salió hacia el balcón donde minutos antes me había parecido ver una sombra que efectivamente allí estaba — necesito que revises el lugar y si vez algo que te parezca extraño me dices, quizás algo que falte o que sobre, lo que sea pero que nos dé pistas de qué pudo estar haciendo aquí, esa persona. No se me ocurre que pudo haber estado buscando.
Por más que quise ver, nunca encontré nada.
Todo parecía estar en su sitio y lo más extraño era, que todo se veía muy limpio para ser un lugar que estaba hacía rato deshabitado.
A ratos lo veía viéndome desde la distancia y en otros momentos era yo quien lo miraba a él.
Lo que se suponía sería una tarde bonita y en un gesto que quiso tener conmigo, se convirtió en un tremendo susto y muchas más preguntas acumulándose en el baúl de las respuestas.
El también tenía cierta herida en la ceja, que había limpiado con un trapo, pero no parecía dolerle o tal vez no quería darle importancia.
— Ven acá Samantha — sentí de pronto que gritaba desde el piso de abajo.
Coloqué en su sitio el cuadro del abuelo y la abuela que estaba mirando arriba y bajé por las escaleras hasta donde Aarón estaba.
No dejé de notar como sus ojos se perdían en los movimientos de mis piernas al bajar y pasé cierto trabajo, pues mi hombro aún, dolía si lo movía mucho.
— ¿ Conoces esto? — preguntó mostrándome un pañuelo que conocía perfectamente, pues yo misma lo había comprado y mandado a bordar como regalo de mi tía Salime.
— No me suena — mentí viendo la pieza entre sus manos y mirando como tenía incluso, el pequeño broche que el abuelo le había regalado, incrustados de esmeraldas en una esquina.
— ¿Estás completamente segura? — preguntó desconfiado y cuando fue a girar la tela, la tomé el pañuelo para evitar que viera las iniciales de mi tía, que solo harían que pensara que tal vez ella podía tener que ver algo.
— Lo estoy, pero prefiero quedarme con esto para enseñárselo a Bianca a ver qué piensa ella.
Yo sabía perfectamente que la persona con la que rodé escaleras abajo no era una mujer y Aarón tenía que saberlo igual pues habían luchado de hombre a hombre, sin embargo dejarlo ver esas iniciales podían incluso hacer que creyera que era Coleen quien estaba allí.
Yo averiguaría que demonios estaba pasando y mantendría un ojo sobre mi familia, para notar si había algún herido entre ellos, pues la persona que nos atacó, había resultado lastimada con el azadón.
— Voy a mandar a hacer una prueba de ADN al pañuelo y sabré si me has mentido Samantha — escupió en tono duro para mí — solo espero que de verás no sepas de quién es esto y aún así, la sangre en el azadón también la mandaré a examinar.
— Has lo que quieras — respondí altanera, esperando que gente que amaba no fuera a salir como autora de aquel hecho, porque me sentiría tan dolida y traicionada, que sería fatal — quiero irme ya de aquí.
Me miró inquisitivo y con los ojos achicados por la incertidumbre que le provacaba mi repentina urgencia por salir de allí, pero me complació.
No sin antes quitarme la pieza de las manos y esconderla en el bolsillo delantero de su pantalón.
El muy maldito caminaba delante de mí, todo sexy y varonil, cerrando las pocas ventanas y puertas que habíamos abierto.
Me daba pena que la casa del abuelo hubiese sido testigo de algo tan triste y no me haya dado la oportunidad de rememorar al menos en mi mente, cosas tan hermosas que habíamos pasado aquí. Su muerte aún dolía muchísimo.
Viendo a Aarón subir al coche, y abrir desde dentro la puerta para mí, me hizo pensar en la manera de resolver los misterios que se cernían sobre nosotros.
Subí como pude al coche y el se volvió a estirar por encima de mí para cerras la puerta. Su codo rozó mi cuerpo y me estremecí.
Finalmente me ví en la penosa necesidad de dejar que pusiera mi cinturón a través de mi cuerpo porque yo no podía hacer casi nada con el maldito dolor que me tenía el brazo controlado dentro de aquella tela improvisada.
Su aliento seguía siendo tan contagioso que daba ganas de olfatearlo desde el cuello, hasta el abdómen, bajar por su torso y llegar a su...
Me obligué a detener esos pensamientos lascivos e impropios de una mujer como yo, sacudiendo mi cabeza imaginariamente.
Nada más sentir como la llave hizo contacto con el encendido del coche, pronunció...
— Por hoy dejaremos las visitas a los demás sitios que teníamos previsto y cuidaremos de tu brazo.
Asentí notando la gentileza sincera en su voz, lo que hizo que me sintiera cómplice de lo mismo y le respondiera — y de tu ceja, tienes un golpe que necesita hielo en la frente o te quedará un moretón mañana.
Creo que ambos nos sorprendimos del civilizado y empático comportamiento de los dos, porque solo asentimos el uno para el otro y el condujo de regreso al hotel, con un silencio sepulcral que era de agradecer.
Supongo que ambos usaríamos ese tiempo para pensar en nuestras propias cosas, las conductas respecto al otro y las posibles teorías conspirativas personales que nos atormentaban a ambos en esta retorcida historia.
Sin prisas pero con ánimos de descansar y siendo perseguidos por el atardecer, llegamos al hotel dónde supuestamente pasábamos unos días de luna de miel, alejados de la familia.
Se suponía que si la prensa decidía acercarse a nuestras rutinas, debíamos estar siendo unos recién casados normales que querían pasar tiempo juntos y lejos de la familia, a pesar de no tener el tiempo necesario inmediato para viajar.
— Entremos desde el ascensor del garaje — propuso Aarón dándome una mano para bajar del coche — no queremos que se pregunten que hago sin camisa y tú herida.
Coincidimos en aquel ingenioso plan, sin dejar de notar lo fácil que era para él mentir y preparar estrategias para disimular.
Efectivamente nos subimos al elevador del sótano y en alguno de los pisos de nuestro ascenso, subieron personas que miraron extrañados nuestros aspectos... Supongo que no eran los mejores.
Aarón se giró hacia mí y me abrazó, escondiendo mi cuerpo en el suyo y ocultando su imagen entre los dos.
Cuando noté lo cerca que estaba de sus labios pestañé tímida y el sonrió de lado, sin dejar de verme a los ojos.
— ¿Y si te beso ahora que pasa? — aprovechaba cada oportunidad que tenía para repetir la misma pregunta de la cual siempre obtendría la misma respuesta — que te muerdo la boca.
Y no sé si eran mis ganas o sus labios, pero siempre que estábamos frente a esta postura, hacíamos lo mismo como si inconscientemente quisiéramos provocarnos el uno al otro.
Sentí sus manos apretando mi cintura y una de ellas subió hasta mi nuca, comenzando a guiar mi cuello hacia su beso...
— ¡Aarón..! — le advertí bajito y no terminabamos de subir los malditos pisos — no te atrevas.
— Oh muñeca — su otra mano se subió hacia mi pecho y lo bordeó en el centro del pezón por encima de mi ropa y por debajo del cabestrillo improvisado — no sabes cómo me gustan los retos.
Se fue acercando poco a poco a mis labios y pasó su lengua por encima de ellos, rápido y con temor de que se la mordiera. Sonrió. Resoplé. Y justo cuando mi seno estaba por ser apretado con más ímpetu, una extraña voz nos interrumpió...
— ¿Bajan? — una rubia que pude ver por encima de su hombro cuestionaba aquello, viendo que el ascensor se detenía en el piso que habíamos marcado y ella quería seguir subiendo al suyo, en compañía del señor mayor y con marcada calvicie que la acompañaba.
— Si — dije yo, empujando un poco a mi marido que parecía muy feliz de estar donde estaba — que tenga lindo día — salí de allí y el idiota con el que estaba casada se quedó adentro mirándome.
Volví a entrar suspirando amargada y lo tomé del brazo sacándolo de allí, entre risas maliciosas suyas.
— Eres insufrible a veces — le reclamé caminando por el pasillo hacia nuestra suite.
— Me sufres porque no me disfrutas muñeca.
— ¡Ahrggg! Deja de llamarme muñeca hostia — protesté esperando que abriera él, la puerta de la habitación con el bendito código.
— Se está ensuciando mucho esa boquita respondona que sabe tan rico.
Lo empujé para pasar y él soltó una carcajada tan relajada que parecía estar frente a otra persona, sinceramente.
Muchos intentos por despojarme de mis ropas después, sentí sus manos en mi cuerpo.
— ¿Que haces? — le pregunté notándolo dentro del baño conmigo y en boxer.
— Ayudarte — alzó las manos en total rendición — prometo no sobrepasarme, solo te ayudaré a quitarte la ropa y a bañarte si quieres.
Lo miré a través del espejo que dibujaba nuestro reflejo y podía jurar al cielo que nos veíamos perfectos. Irónicamente tenía que reconocerlo.
— Estás sugiriendo algo demasiado personal y por demás, íntimo Aarón.
— Estamos casados Samantha, ya te he visto desnudo, he prometido no hacerlo algo s****l y creo que ahora mismo soy tu mejor opción.
Mis hombros cayeron rendidos ante la confirmación de sus palabras.
Pero se sentía tan extraño algo tan cercano con una persona tan nueva en mi vida... Aunque era más que cierto que tampoco era para tanto.
¿O si?...
Pues sí, era para tanto...
Sus manos paseaban por mis hombros lentamente, desechando con estudiada calma toda mi ropa, desde el cabestrillo imporvisado, hasta la tela de mi vestido.
Lo peor era, ver en el espejo como sus dedos se colaron bajo mi sostén y lo deslizaron despacio por la piel erizada de cada zona de la que se despedían.
Quitó el broche, mirándome intensamente y respirando agitado. No Lucia tan indiferente como ambos creíamos.
Su aliento me rozaba la nuca y mi ropa llegó hasta el suelo, quedando sobre mis pies desnudos.
Yo mantenía la posición de mi brazo lastimado y aprovechaba eso para cubrir ambos pechos pero me sentía incluso así, absolutamente desnuda.
Sus ojos increíblemente profundos miraban a través del espejo como sus manos bajaban por mis costados, hacia mi cintura deteniéndose en el encaje de mía bragas.
Hundió sus dedos entre la tela del elástico y mi piel y poco a poco, lo ví agacharse detrás de mí, hasta bajarlas por mis piernas y sentí miedo de que aspirara el aroma del deseo que se había acumulado entre mis muslos.
Levantó mis pies, uno primero y luego el otro, con suma delicadeza y me alejé de la tentación en la que estaba a punto de caer si seguía haciendome la que no sentía lo que sentía.
Caminé hasta la ducha, viendo como el se recostaba en el borde del lavamanos y no podía dejar de mirarme.
Entré con cuidado un pie, antes que el otro y cuando fuí a abrir la llave del agua, me quejé por el dolor que sentí en mi brazo.
— ¿Estás bien? — preguntó acercándose y asentí adolorida — ¿Quieres que te bañe?
Me aguanté del cristal que nos separaba y me quedé sin palabras cuando bajé apenada mi.mirada y ví su enorme erección tratando de acomodarse en aquel boxer gris de Calvin Klein.
— No pude evitarlo — dijo sincero.
— Yo tampoco he podido controlarme — su mirada se oscureció ante mi confesión y lo ví caminar hasta mí, casi asegurado lo que sucedería cuando cerrara la distancia entre los dos.