Antonio se situó a los pies de la cama, abriendo los brazos, dejando que la luz de la mañana recorriera su cuerpo erecto y tenso. Sus ojos centelleaban con una promesa peligrosa. —¿Te creías que esto iba a ser solo un jueguecito de rodillas? —dijo Antonio, su voz bajando a un registro oscuro y vibrante— Ahora te vas a enterar de lo que es follar de verdad con el miedo en el cuerpo. Te voy a reclamar en esta cama hasta que olvides hasta tu nombre y me da igual quién nos esté mirando por esas cámaras. Berta se mordió el labio, clavando las uñas en las sábanas de Paco y Fina, sintiendo cómo un escalofrío de puro morbo le recorría la espina dorsal. —Entonces no hables tanto, Antonio... y demuéstramelo —le retó ella, con una sonrisa pecaminosa. Él no necesitó más. Se lanzó sobre ella, hacie

