—¿¡En qué lío me acabo de meter!?.—Se preguntaba sin cesar y con poco aliento luego de correr casi medio kilómetro, de vuelta a la gran casa.
Su lengua reseca por la agitación y de paso babeo, al recordar eso que vió. Una cosa inmensa. Sabía dónde se colocaba pero le parecía más de un animal.
Más cerca de la casa, recordó su parecido con el aparato reproductor de Dodo, el semetal que tenían en el establo más cercano. Tanto ella como su amiga Carmelina le gustaba verlo copular con las yeguas.
Sonrió, mordiendo la uña hueca de su dedo meñique. Estaba entre la burla el miedo y el asombro, pero el miedo ganaba por mucho. Por esa razón decidió entrar con pasos silenciosos, por el área de la terraza. Prefería esconderse a enfrentar la ira del señor Prometeo
« ¡Me las pagarás! ». El grito amenazante que salió de este, minutos atras...se repitió en su cabeza, como si volviera a escupirselo con bestialidad.
Lo sentía por su Nana y esperaba que esté no la regañara. Aunque el señor Prometeo se veía muy mala persona y le daba la espina de que a ella la odiaba.
Acaricio una de sus colitas luego de destrozar su uña con los dientes, a la espera en el pasillo que conectaba con otro que daba a las habitaciónes de servicio. Hasta no dejar de sentir pasos aproximarse, no empezó a correr descalza hasta su pequeña recámara, la cual compartía con su Nana Sabrina.
Tomo una pequeña colcha verde y la tiró al piso, lo siguiente fue acompañarla, y empezar a empujar hacia el espacio oscuro debajo de la cama. No tardo en darse cuenta de que era una estupidez, debía mejor buscar otra recamara. Ahí sería fácil encontrarla.
Se levantó con agilidad, tomo la manta y salió de esa recámara. Todo estaba muy silencioso. Dándole a entender que el señor de la gran casa no había llegado y podía elegir un mejor escondite.
Cada peldaño de la escalera de madera la piso con calma, reprimiendo el alboroto con que solía hacerlo, hasta llegar a su meta y seguir de volada hacia el área de habitaciones, exclusiva para las visitas.
Eran muchas. Eligió una de esas. Sabía que ninguna de las amigas desnudistas del señor, se quedaban en ellas. Ella había ayudado a su Nana Sabrina a limpiar las recamaras, incluyendo a la del señor Prometeo, antes de su llegada.
Entro. Fue lo más raro que había presenciado en esa casa. Toda la habitación estába pintada de rojo, no la recordaba a si. Mas bien la recordaba de un blanco perlado, con tonos café en las cortinas y la ropa de cama.
—¡Cosa tan rara!.—Miro a la salida, tentada a irse. Más decidió esconderse debajo de la cama. Está, la volvería su morada hasta llegada la oscuridad o muriera de hambre. Lo prefería, a volver a presenciar el odio en sus ojos.
—Aqui nadie te encontrará Lulú. —Dijo en ese rincón oscuro. Resignada, mientras tentaba el bolsillo de su pantalón para sacar una paleta y lamerla a placer.
Las horas pasaban, presentía que había salido victoriosa ese día. De el escondite solo salió para ir al elegante baño de la recámara y tomar un poco de agua del lavabo...seguido fue devuelta bajo la cama, sin percatarse de la hora; ni se había fijado si existía uno de esos objetos en el espacio. El miedo a ser encontrada la ganaba.
Su estómago fue el siguiente en quejarse horas más tarde, le gruñía bastante. Cuando concibió la idea de ser valiente y salir. Su intento fue aplastado por el ruido de pasos, unos bruscos, otros delicados. Acompañados de risas coquetas.
Desde su ubicación contó con los pasos, después del ruido de la puerta al abrirse, observo en número, las botas sucias de estiercol y dos pares de pies delicados con perfecta pedicura.
Tapo su boca; los besos explotaban, a la par las prendas caían sobre la alfombra. Sobre ella se llevaba a cabo un trío. No hizo más que tratar de bloquear las imágenes que le llegaban. Los jadeos eran muy explícitos.
—¡Ahhh!. Están grande Prometeo.—Ahogo un grito, al escuchar la escena, las sacudidas.—Es gigante Prometeo.—Escucho replicar nuevamente a la chica.
Ella bien sabía que lo era, el ver ese animal casi le paraliza el alma del susto.
¡Pafff!, un golpe contra una piel se reventó en el espacio. Siguió reprimiendo sus ganas de explotar de risa.
Fue otro reto en su día. Las chicas casi la dejan sorda, tenían una competencia de quien gritara más fuerte, la cama por igual, chillaba como loca. Le pegó uno de los mayores sustos cuando sintió que casi le caía encima por los movimientos salvajes que se hacían sobre esta.
Tuvo suerte de volver a sentir todo en calma y escuchar lo que parecía el despacho poco sutil del gran señor.
—Han sido unas maravillosas perras, ¡a cambiarse!, las llevaré a cenar al pueblo. —Sonrió. Si el salía aprovecharía para ir por algo de comida. Moría de hambre. —Brigitte #1 tendrá postre extra, un regalo por lo bien que me la mamaste.
Se tapo los oídos, al escuchar esto último, celebrado por una de las chicas con aplausos.
—Es un vulgar de lo peor.—Al escucharse , cambio las manos de posición para taparse la boca.
Se dejó vencer sobre la manta, cerrando los ojos y esperando no haber sido escuchada.
—¡Saliendo!, nuestra noche promete.
—Volver a escucharlo hablar le dio esperanza, pero mantuvo los ojos cerrados, aún después de sentir la puerta, ser cerrada con un choque agresivo.
Se estrujaba un poco el rostro, más los ojos que estaban en plena oscuridad. Lo hacía sonriente hasta que sintió que algo empuño sus talones y empezó a ser arrástrada con salvajismo.
Revelando luz y el cuerpo semi desnudo del temible señor de la gran casa. Prometo Almagro.
—¡Por favor libereme!. No fue mi intención escuchar su juego con las chicas. —Se tapo la boca otra vez. No paraba de ponerse más en rojo.
—Te dije que me las pagarías.—Su crueldad estaba a flor de piel, no parecía querer apiadarse de ella, la arrastró hasta un extremo de la habitación, cerca de donde yacia su pantalón.—¡Te enseñare a respetarme y a huir de mi; del odio que siento por ti, maldita bastarda!.
Cuando las palabras más crueles salieron de el, no puso más resistencia y se quedó quieta cuando libero sus piernas con violencia.
Ya empuñando el cinturón en su mano derecha. Espero el primer latigazo. Sus ojos reventaban de rabia. Supo que era cierto lo que le habia dicho. En verdad la odiaba.