La sangre le hervía, con la rabia más visceral, su propia mente se contradecía. Por primera vez en su miserable vida sus puños temblaban. Hasta pudo experimentar la debilidad, cuando sus ojos se desviaron hasta sus bonitas piernas, luego en como se lamía los labios antes de suplicarle piedad, con dulzura persuasiva. Casi angelical.
—¡Hágalo ya señor Prometeo!. —Le grito la impertinente, con el pecho agitado. Esa otra visión lo atormentó más. Los dos puntitos sobre el abultado pecho que no dejaba de subir y bajar, con el ritmo de su respiración agitada, le revelaron que está no llevaba sujetador.
—¡Haz silencio impertinente!. Estoy pensando dónde darte los latigazos que mereces. Mi mayor deseo es que te duelan. —Hablo como un idiota macabro, guardando en su rabia otra alucinando con dos pezones.
¡Toc, toc!.
—¡Señor Almagro!, —El toque en la puerta, más el llamado. Hizo que bajara los brazos. Con la vista aún en la chica. —¿Puedo pasar?
—¡Adelante!.—La contestación al instante, se debía a su deseo de darle un castigo más largo a la pequeña espía.
Se empezó a poner los pantalones, con fijación en Lulú, sentada de forma infantil sobre la alfombra. Sin tan siquiera mostrar sobresalto cuando Fabricio entro por la puerta.
—¡Lourdes Ruperta Michel.— El vozarrón indignado del mayordomo y principal ser de confianza en esa propiedad la hizo levantarse con prisa. Muy brusca, tanto que le permitió ver como sus tetas se tambalearon debajo de su pequeña blusa floreada.
Un extraño cosquilleo lo hizo tragar en seco y a la vez sentir repulsión por el toque de deseo que experimento.
—No me avergüences, delante del señor. —Su asquerosa vocecita ñoña le recordó que la odiaba; no podía ser buena. Era tan maldita como su padre.—Son nombres feos.
—¡Llévate está jovencita, antes de que la azote!, como tenía pensado hacerlo antes de que llegaras. —Logro decir, mientras se colocaba el cinturón y volvía a verla con desprecio. —Lleva todo el día detrás de mi, espiandome e importunando a mis invitadas.
—¡Eso es mentira!.—Dio dos zancadas hasta ella. Al escuchar su negación descarada.
—Eres peor de lo que pensé. ¡Lourdes Ruperta Michel!.—La agarro del antebrazo atrayendola más a su cuerpo que casi le doblaba la estatura. —Alias Lulú. —Eso lo dijo en son de burla.
—Usted me odia señor Prometeo. Sabe muy bien que todo fue un accidente. Suelo ir a diario al arroyo. —No estába asustada. Podía oler el miedo y Lulú no lo estaba. Aparte le parecía muy coherente para su edad.—Es más, si no me encuentro con sus amigas, quizás es usted quien me ve bañando.
—¿Desnuda?.—La pregunta fue más sutil. Aunque aparentemente escandalosa para Fabricio, de volada se tapo los oídos. —¡Contesta antes qué me arrepienta de no haberte azotado!. Apretó más sus manos contra su carne tierna, jalandeandola un poco para hacerla escupir ese dato.
—No señor. —Apenas fue un vago susurro.
—¡Habla fuerte, Lulú!. —La movió con más brusquedad. Tanto que los anteojos redondos casi liberan sus ojos color miel, extremadamente atrevidos. Poniendo en peligro su poca cordura y paciencia.
—¡Hoy no!. Solo me baño cuando llevo ropa interior. —Cerro los ojos luego de aplastar su cuerpo, con una mirada que se oponía a desear a esa pequeña serpiente que habían criado en su hogar.
La soltó sintiéndose más que frustrado, un tanto desconcertado por la respuesta.
—¡Largo de aquí!.—Le grito cuando volvía a fijar su atención en ella.
Por suerte en esa parte fue obediente y corrió removiendo sus tetas en el aire. La siguió con la vista hasta que se esfumó, sin poder evitarlo. Por más que lo intento.
Segundos después, caminaba de un lado a otro, antes de sentarse en un sillón para ponerse la botas llenas de mugre. Las restregó sobre la alfombra cada una antes de ponerselas.
—Señor Almagro. Vine a comentarle sobre un percance que tuvimos con una de las chicas de servicio.—El escuchar a Fabricio, de repente lo devolvió a la realidad. El hombre no se había movido de la habitación, aún viendo la serpiente impertinente salir. —La tuve que inhabilitar, sufrió una lección considerable está mañana cuando venía de camino.
—¿De cuántos días estaríamos hablando?.—Siempre iba al punto, sin redudar.
—Unas dos semanas. —La repuesta le sembró una idea interesante que le ahorraria algunos euros; aunque eso era lo de menos, el dinero nunca fue un problema para el, a diferencia del deseo de vengarse.
—Entonces que su lugar sea ocupado por Lourdes Ruperta Michel. Alias (Lulú).
—Señor. —Lo miro con dureza cuando lo llamo bajo un todo de duda. —Sabrina la deja apenas ayudar. No le gusta que se distraiga de sus estudios.
—Pues que se quede bruta. La quiero trabajando. —Su ego deseaba darle una lección por atrevida.—Apartir de mañana se encargará del aseo de mi recámara, eso incluye el baño. Por hoy, solo me interesa que limpie está recámara.
—Como usted ordene señor Almagro.—Le gusto más esa sumisión. Fabricio bien sabía de su poca paciencia y el porque odiaba a la jovencita que no usaba ropa interior. —Enviare a Lulú a limpiar está recámara en media hora. —Finalizo inclinándose y luego desapareciendo de su vista.
A solas, empezaron sus propios demonios a atormentarlo. En especial, habia algo que lo inquietaba de una forma casi absurda.
—¿Será verdad, qué no lleva puesta ropa interior?. —Musito, algo perturbado por el descaro de Lulú.