Hora de la limpieza.

1027 Palabras
—¡El señor prometeo es tan raro!.—Dijo sin importarle ser escuchada mientras descendía por las escaleras y a la vez iban en ascenso la damas desnudistas que lo acompañaban. La pelirroja la saludo de forma juguetona cuando se vieron más de cerca. Por igual aleteo sus manos con entusiasmo, para devolverle el saludo. —¿Esa es la payasita de anoche?. — Habló una de las tres, no supo cuál. No quiso voltear para ver de quien vino la burla, ni para comprobar que se reían de ella. Termino descendiendo y yendo directo a la cocina. Su estómago que no dejaba de gruñir; era más importante que las burlas de las desnudistas, de la vergüenza que pasó con el señor prometeo y sobre todo del seguro castigo que le esperaba. —¡Por fin apareces, muchachita!. —La voz exaltada de su Nana Sabrina, la hizo retroceder unos pasos, una vez traspaso el umbral de la puerta. —¡No te atrevas a volver a esconderte Lulú!. —El llamado de atención lo recibió avergonzada. Fijo sus ojos en el piso y volvió a avanzar. —Lo siento Nana, te juro que todo fue un mal entendido. — Se acerco al otro lado de la encimera, donde ella servía té en una taza de porcelana con diseño gótico.—El señor Prometeo exagera. —¡Atrevida Lulú!. —Grito el Messie chismoso, este apareció de la nada sonriendo, se alegraba de su desgracia.—¡Siempre supe que está (petite fille), sería tu mayor tormento, mi amada Sabrina. —¡Haz silencio Messie Malin!.—Su Nana le hablo fuerte y claro, al entrometido. Aprovecho y le saco la lengua, antes de que ella volviera a prestarle su atención.—¡Esto no te compete!.—Cuando su Nana volvió a mirarla, con sus ojitos angustiados, sintió más culpa. No aguanto, fue corriendo a abrazarla. —Te juro que solo fui al arroyo como siempre y encontré a las chicas desnudas, ya me iba cuando también apareció a mis espaldas el señor Prometeo, mostrando su enorme trompa. —¡Para niña!. —Su Nana tapo su boca, para frenar su lengua. —No tienes por que ser tan gráfica. —Alabado sea el señor y que perdone tu lengua venenosa, Lulú.—Las murmuraciones del Messie también las escucho. Antes de salir de la cocina fingiendo sentirse indignado por lo que acababa de decir. —No le hagas caso, está loco. —Lo se, solo deseo que tú me creas. —La volvio abrazar con más fuerza. —El señor Prometeo parece odiarme. Lo he podido ver en sus ojos. No sé porqué. Apenas nos conocimos ayer. —Son cosas tuyas.—La forma de decirlo de su Nana, con poco ánimo y separándose de ella para luego darle la espalda, no le daba buena espina.—Solo es recto. Así que intenta portarte bien. Eso incluye evitarlo a toda costa, mientras esté aquí. —Lo prometo. —Juro levantando su mano derecha.—Sere menos que un fantasma. —Bien. —Fue la simple respuesta que recibió.—Come algo, iré a llevarle este té al señor. Al parecer le hiciste disparar los nervios. Según me comunico. Se quedó boquiabierta al escuchar eso. Toda una mentira. « La que casi muere del susto al pensar que seria aplastada por una cama, mientras el brincaba con sus amiguitas, fue ella » . Recordaba los gemidos y los golpes que les propinó a las chicas, en sus horas de travesuras de apareamiento y gritos. Cerró los ojos, a la misma vez se retorció espantada por recordarlo con tantos detalles grotescos. —¡Ummm, horroroso!. —Musito, con un gruñido devuelta en su estómago vacio.—Mejor como algo. Los minutos en adelante los ocupo, devorando unas tortillas francesas y tostadas. En completa calma. Hasta que apareció Fabricio. Como de costumbre cuando deseaba darle un sermón sobre la obediencia y sumisión. Se sentó frente a ella, en el comedor dispuesto para los empleados. Dónde aún estaba sentada a medio termino de lo que estába consumiendo. —¡Ma petite Lulú!. ¿Qué voy hacer contigo?.—No contesto seguido.Tenia la boca llena.—El señor Almagro está más que molesto contigo. —Perdoname, por haberte provocado el mal momento. —No tienes por que. En dado caso...tu asumiras las consecuencias de tu imprudencia. —¿Ya el señor Prometeo eligió castigo, para mí?.—La cara de Fabricio le dijo todo, incluso antes de confirmarle en voz alta. —Se te acabaron los privilegios, mi niña. Te tocará trabajar en la casa como a todos nosotros. —Eso no es problema para mí. —Tomo un sorbo de jugo de melocotón para humedecer su garganta. Apenas trago, prosiguió.—Suelo ayudar a mi Nana en ocasiones —Sera diferente, el señor prometeo desea que te encargues de limpiar y mantener en orden su recámara. Trago en seco, no la quería ver y ahora resulta que tenía que ser su sirvienta personal. Se atiborró del resto de la tortilla hasta dejar el plato vacío; procedió a levantarse e ir a fregar el plato. Fabricio en cambio, siguió sentado y con el rostro cabizbajo. —¡Ok!. aprovechare mi último día de libertad para visitar a mi amiga. Mañana seré otra esclava servil, de la gran casa Almagro.—Lo expreso con diversión despues de un silencio incómodo entre los dos. —¡Te equivocas Lulú!.—Fabricio levantó el rostro, posando sus ojos algo cansados sobre ella.—Mejor busca los utensilios de limpieza. Empiezas a trabajar en unos minutos, petite. —¡No puede ser!.— Casi deja caer el vaso que recién habia fregado. —¡Es una orden del señor!. Así que tienes cinco minutos para organizarte y subir a limpiar la recámara en la que te encontré minutos atrás. No sé opuso. Con orgullo, limpiaria y dejaría resplandeciente, hasta el retrete del gran señor. Sabía que el la odiaba, la deseaba humillar. Más no se la pondría tan fácil. Le seguiría el juego, hasta ganarle sin que apenas el, lo llegue a notar.
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